Benedetti XVI

 Por: Juan Carlos Orrego 
 
El pasado 17 de mayo, en Montevideo, murió Mario Benedetti. Cuando me enteré del hecho sentí lo que se siente cuando se nos avisa que ha fallecido un viejo pariente con el que alguna vez compartimos muchas cosas pero a quien, hacía ya mucho tiempo, habíamos condenado casi al olvido. Experimenté una melancolía mezclada con algo de orgullo y remordimiento, y pasé revista a mis recuerdos de lector, concluyendo, para alivio de mi tierna pena y de mi afán periódico de escritura, que no podía hacer nada mejor que dedicar esta columna al novelista, cuentista y poeta uruguayo.
Empecé a leer a Benedetti a los 16 años, y dejé de leerlo a los 18. Sin embargo, sospecho que se trata de un ciclo natural, verificable en uno de cada tres ciudadanos hispanoparlantes: entonces, el fin dorado de la adolescencia y el temible inicio de la interminable adultez hacen que uno se rinda ante los poemas de fácil sensibilidad de Benedetti, quien, por los años que menciono, se hizo mi aliado no solo para acallar mis simulacros de crisis existencial sino para galantear con éxito en mis aventuras de gallinero. Porque no hay verdad más clara que esta: Benedetti, más que un gran poeta, es una oportuna caja de chocolates. Con palabras menos dulces, un amigo me dijo en estos días, casi al borde de la lágrima funeraria: “¡Las viejas que me levanté gracias a este man!”.
Claro, no se trata solo de ofrecer el cumplido frívolo de quien apenas compró besos con poemas. La verdad es que el Benedetti novelista, autor de obras como “La tregua” —triste profecía de la trágica jubilación que nos espera al cabo de algunas décadas— o “Gracias por el fuego” —inteligente crónica de un suicidio—, convenció —y convence— mi hambre de lector, inspirándome, hoy todavía, el suficiente respeto como para desempolvar anual y devotamente los libros suyos que engrosan mi biblioteca. Lo mismo puede decirse del agudo zurcidor de cuentos, maestro inigualable en la detección de las manías cotidianas y, por ello, patrono de columnistas. Sin embargo, el poeta… bueno, el poeta terminó siendo un frenético productor de palabras, incansable como un radio y banal como un desayuno de cereal con leche (cuando entré a la universidad y vi que todos llevaban bajo el brazo los libritos de poesía de Benedetti, sentí ese sonrojo penoso de quien se creía único por llevar bluyines).
Nada hay tan poco original como ser lector de Mario Benedetti. Sin embargo, eso a nadie le importa —y así debe ser; si ahora escribo esta columna quejosa es solo por cumplir de alguna manera con esta tarea mensual—, como quedó probado en el concurrido, sentido y solemne sepelio que le tributaron miles de sus lectores de Uruguay y el mundo. El que se vio por televisión no parecía el entierro de un escritor sino el de un Papa: el cadáver estaba expuesto en una lujosa sala palaciega, acomodado entre un amplio edredón cuyos encajes hacían pensar en gracias celestiales; lo único visible era la cabeza, que asomaba grave y contundente entre la nube de tela, y sobre la cual concurrían las miradas amorosas de todos los deudos, ninguno de los cuales dudaba de la grandeza del finado ni se apesadumbraba por ser apenas el millonésimo entre sus adoradores. La última vez que se vio tanta pasión funeraria fue cuando las exequias de Juan Pablo II.
Murió, pues, Benedetti, uno de los mejores escritores del segundo renglón de la literatura latinoamericana. A su tumba no se llevó el Premio Nobel —nunca lo mereció—, pero sí los corazones de la humanidad sensiblera (la mitad más uno de los vivientes, incluyéndome). Paz en la tumba del Julio Flórez de los uruguayos.

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