Beatriz Saldarriaga de Posada

 

Beatriz Saldarriaga de Posada

 

 
 

Beatriz Saldarriaga de Posada sabe que los recuerdos permanecen vivos, pero para no dejar duda, ella consignó todas esas memorias de su vida en un texto que reúne capítulos como uno titulado: Medio siglo de violencia. Para ella El Poblado de hoy es como Hong Kong, lleno de edificios.

 
   
 
 
 

Beatriz Saldarriaga de Posada se acuerda cómo en los inicios de El Poblado, la gente acostumbraba dar vueltas por el parque, una vida de pueblo donde la parva fresca era llevada hasta las casas todas las mañanas.

 
   
 

Memorias
Retrato de una vida, son las vivencias de una familia en Medellín en el siglo 20, yo viví prácticamente todo el siglo 20, nací en 1927. Empecé a ver películas viejas, y pensé: cómo es posible que aquella hermosura de tiempo, no lo vaya a plasmar en algo. A raíz de esas películas me nació la idea de escribir este libro, un compendio de lo que era la vida en Medellín, habla de lo primero que comíamos, el diario que la muchacha del servicio iba a comprar todos los días a la tienda, de los muchos proveedores que teníamos en las casas, la parva la llevaban fresca todas las mañanas, habla también de espectáculos, vida de familia, es muy personal.

Medellín y El Poblado
De Medellín hacia El Poblado se salía por la calle San Félix, para llegar detrás de San José, por lo que hoy es la Avenida Oriental, donde había una calle estrecha para pasar a la calle El Convento, al pie de la Iglesia de San Antonio, y así salir hacia El Poblado, demás que por lo que hoy es Palacé, después pasando por Pintuco, y salir a la parte de abajo del Parque de El Poblado. Cuando nosotros estuvimos en Villa Carlota ya no existía tranvía. El Parque era un espacio chiquito con su respectiva iglesia. En el costado sur, donde hoy es el Centro Comercial Aliadas, existían unas casas viejas, en una de estas, los hermanos Mesa -José, Juan y Luis- abrieron una fábrica de materas de barro, y durante mucho tiempo surtieron a todo Medellín. También recuerdo que en esa zona, en toda la esquina, quedaba la salsamentaria Excelsior, y una casa grande, de bahareque, de ventanas arrodilladas, con un patio en la mitad, era de la familia Posada, una morada tan grande que iba de cuadra a cuadra.

Una manga extensa
En esa época en que vivimos en Villa Carlota, en El Poblado todo era fincas, todos los ricos de Medellín venían a temperar aquí, la zona era una manga extensa con unas fincas hermosas, crecían pomos, mangos, guayabos, las quebradas eran inmensas y no habían perdido su cauce, sus lados estaban arborizados, entre estos unos carboneros, originarios de Medellín, y hoy en vía de extinción. Cogíamos guamas ahí a las orillas de las quebradas. Toda esta arborización atraía muchos animales, mucha culebra, cantidades de ardillas, hasta miquitos saltaban por ahí; uno desde las partes altas, porque nosotros tuvimos una finca en esa zona, veía unas fincas grandes rodeadas de arboledas, muchos frutales, y ganado.

Saliendo de Medellín hacia El Poblado, había una finca donde nació el abuelo de mi esposo, don Nolasco Posada Lalinde, por donde hoy es el Ástor. Vendían leña y después ingresaron en la exportación de café. Donde hoy es Hato Viejo, quedaba la finca Villa Lucía, de don Paulino Londoño; también estaba la finca de los Lalinde, en el barrio Lalinde que ellos mismos fueron urbanizando; Castropol, era otra finca, de la familia Restrepo Naranjo, una casa vieja alta, zona que también se fue parcelando.

El primer supermercado
No había supermercados, nos surtíamos en las tiendas o íbamos a la Plaza Cisneros, ya con la llegada del primer supermercado, La Candelaria, en la hoy calle 10A, que en ese entonces no tenía paso, era ciego el camino para ir a La Candelaria o Avenida El Poblado, había que dar la vuelta por la plaza (Parque de El Poblado). Otro recuerdo que tengo es de la iglesia, la de moda en los años 50, todos los matrimonios eran en la iglesia de San José, con parqueaderos amplios en toda la plaza, no había que buscar donde parquearse como ahora con toda esa congestión vial, uno se parqueaba en cualquier parte, dejaba el carro en cualquier lugar, tanto que nosotros alquilamos una finca en La 10, que en ese tiempo era la 11, y parqueábamos el carro ahí no más, había doble vía, de subida y bajada. En ese entonces esa zona se llamaba el barrio La Aurora, que comenzó con la casa de don Ramón H. Londoño, que cubría todo ese sector, lo que hoy es la Zona Rosa.

El primer edificio
Me acuerdo mucho del barrio La Aurora, que a pesar de irse abriendo era tranquilísimo, mis hijos estaban en el colegio y tenían muchos amigos, en la calle 10 jugaban fútbol de forma tranquila con los hijos del doctor Miguel Briñón y unos primos. Además de jugar fútbol en la calle, hacían fiestas, daban serenatas, no había problema de ninguna clase. Después en la época en que mi marido, Ricardo Posada Ochoa, fue Alcalde de Medellín, de 1959 a 1960, vivimos en Laureles y subíamos a temperar a El Poblado, en una casa por los lados de El Tesoro, un lugar delicioso, tranquilo, un clima ideal, no había contaminación de ninguna clase. El primer edificio que se construyó, es el blanco que está al frente de Pomona, ayer La Candelaria; en ese entonces decíamos qué tontería la de la gente venirse a vivir a El Poblado, sí es para temperar, hacer fincas.