Bajo las faldas

 Por: Juan Carlos Orrego 
 
Tengo la impresión —o la certeza, más bien— de que mi mamá, mi suegra y no sé cuántas señoras de su respetable condición ven en nosotros, los jóvenes padres, una especie defectuosa y errática. Con todo el afecto del mundo debo decir, sin embargo —aunque quizá solo se trate de un despechado gesto en defensa propia— que el sentimiento también funciona en sentido inverso. Ojalá los párrafos que siguen basten para justificar lo que a muchos parecerá una insufrible herejía.
Hará cosa de tres años y medio, cuando mi hija se aprestaba a disfrutar de su primer paseo escolar sin padres, mi mamá dejó traslucir un especial nerviosismo y, luchando en su cabeza contra imágenes dantescas de infantes caídos en piscinas sin fondo o de buses rodando por un filudo barranco, conceptuó que mi esposa y yo éramos “muy guapos” al conceder el permiso. Por supuesto, lo de “muy guapos” fue un eufemismo: mi madre tenía en mente la idea de que corríamos un riesgo innecesario. Un par de años después, cuando la misma niña fue a pasar la noche en casa de una tierna condiscípula del primer grado elemental, mi suegra perdió el sueño pensando que su “ñaña” había encallado, como una barquita desventurada, en una casa desconocida donde acaso habría pedófilos o violadores. “No sean tan frescos” fue lo que nos dijo, cejijunta, cuando supo que habíamos autorizado la prolongada visita.
La tesis de la generación que nos trajo al mundo —o de buena parte de ella— es que nosotros somos los campeones de la irresponsabilidad, a sus ojos materializada en nuestra “capacidad” —otro eufemismo— para desprendernos de nuestros retoños en circunstancias específicas. Porque no solo les irrita que los dejemos ir solos a ciertos lugares siniestros, sino que no ven como natural que constantemente los confiemos al cuidado de otras personas —las abuelas incluidas— o que, entre esposos, celebremos pactos para pastorear alternativamente los hijos y salir cada uno por su lado. Fieles a un estilo de crianza timorato y cuadriculado, tienen como ideal del comportamiento paterno aquel en que la madre calienta sus pollos las 24 horas del día en tanto el cónyuge se la pasa en la calle buscando gusanos para regurgitar en el pico de los pequeños hambrientos.
La defensa más fácil que podría ensayar para justificar mi “frívola” conducta sería aquella, trillada, de que los tiempos han cambiado y que ambos progenitores, además de criar, deben quemarse las pestañas en la universidad y, luego, batallar fuera de casa por un sueldo. Pero también está de por medio la defensa de un modo de vida: uno en que la paternidad obsesiva no anula la vida personal (de modo que, por ejemplo, la madre tiene derecho a tomarse sus cervezas de los viernes) y en que cada miembro del clan ha de aprender que, en su momento, escogerá una trocha para surcar, bajo su propio riesgo, la selva de la vida. No puede uno desear otra cosa cuando, al escudriñar lo que pasa ahora en los hogares más cercanos, descubre un hatajo de hijos treintones y cuarentones que todavía no se deciden a abandonar el amparo de las faldas maternas… ¡Lo que vale haber ido a los siete años, solito, a Comfama de Rionegro!
Debo decir —y para tranquilidad de la generación aquí zurrada— que este alegato de hijo calavera no quedará impune. Es muy posible que, dentro de un par de décadas, mis hijos columnistas —porque parece que se trata de un gesto hereditario— tomen la pluma para demoler, en este mismo periódico, mi pedagogía del desprendimiento; desarraigados a la fuerza, me recriminarán por no haberme parado al pie de la piscina, y jurarán entregarse a mis nietos con la dedicación de sus abuelos. En suma: la sentencia, siempre cumplida, del eterno retorno.

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