Ayacucho entre tranvías

Como Puente de Bocaná, Quebrada Arriba o El Cuchillón se conoció este sector del Valle de Aburrá que después,
por sus aires diáfanos y situación privilegiada, se llamó Buenos Aires
Por Saúl Álvarez Lara
“En Buenos Aires no hay parque”, me sorprende Eduardo Valencia, músico y antiguo habitante de este sector. La falta de un espacio verde y arborizado, como existe en otros barrios de la ciudad, me abrió las puertas de un mundo: el de la calle que desde sus primeros días fue puerta de entrada, polo de desarrollo, ruta de tranvías, inspiración de poetas y escritores, columna vertebral y también parque, a su manera. La calle Ayacucho se convirtió en personaje. Si hablara, cuántas historias contaría. Agreste e inesperada en sus primeros años; bulliciosa y plena de energía en el tránsito a la modernidad y, ahora, entrado el siglo 21 y en vísperas de que el tranvía la recorra de nuevo, es otra vez la calle joven, inesperada y excitante de la comuna 9.


Calle Ayacucho, sector Buenos Aires, en 1903. Fotografía Rodríguez (1889-1995). Cortesía Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto

Antes que Prado y Laureles, Buenos Aires fue el barrio por excelencia de Medellín. La calle Ayacucho, su eje, se hizo inevitable porque todo —alegrías, tristezas y bullicio— pasó por ella; sus vías afluentes hicieron las veces de parque donde la vida de barrio, con sus celebraciones, bazares y procesiones, transcurrió en el buen aire que se respiraba en sus alturas… “En lugar de andar ‘juniniando’, nosotros íbamos Ayacucho arriba y Ayacucho abajo”, recuerda Valencia.

 
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En 1919 don Tomás Carrasquilla escribió en su libro Medellín: “… se prolongó hacia arriba, obra de cuadra y media y todavía extramuros, la calle Ayacucho. Un ciudadano Rave levantó por ahí una venta con billares. ‘Buenos Aires’ rezaba su letrero enorme. ¡Y tú que lo dijiste! ¡Eso fue como un sortilegio ineludible! Vecinos y no vecinos acudieron. Quiénes, solar; quiénes, casa; éste, quinta; aquél, ventorro; arbolado del Municipio, iglesia los fieles, pronto cuajó aquello como por arte de encantamiento.

< Paseo Buenos Aires en 1914. Fotografía de Benjamín De la Calle Muñoz (1869-1934). Cortesía Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto

‘Buenos Aires’ por sus alturas y sus vistas, con su rambla y sus calles adyacentes y sus vertientes al Santa Elena; ‘Buenos Aires’ con su éter, su Gerona y su Basílica, será siempre, en este suelo andino, el paseo sin rival.

Otros camellones han surgido; muchos surgirán todavía; ¡pero tú Buenos Aires, hermoso y saludable, dominarás siempre, imponente y soberano…!”.

A mediados del siglo 19 el doctor Ignacio Uribe Mejía, dueño de las tierras conocidas hoy como Plazuela de San Ignacio, camino obligado hacia el Oriente, impedía el paso por sus predios. La gente debía seguir el cauce de la quebrada Santa Elena o atravesar la hacienda El Pantano, hoy Guayaquil, propiedad de don José Santamaría. Esa calle se llamó Pepe Santamaría; sin embargo, con la construcción del llamado “cementerio de los pobres”, en San Lorenzo, y el consecuente recorrido de los cortejos fúnebres, fue más conocida como Calle de la Amargura. Cuando los herederos del doctor Uribe Mejía autorizaron el paso, el camino, apenas apto para transitar a pie o en mula, se llamó Camellón de Ayacucho en honor a los patriotas que, bajo mando del general Antonio José de Sucre, vencieron en la batalla del mismo nombre. Cuando el Camellón pasó a llamarse Paseo de Ayacucho, permitió el paso de vehículos. El siglo 20 convirtió el Paseo en Calle Ayacucho y la modernidad con su nomenclatura la convirtió en Calle 49.

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Los enemigos de Carlos Coriolano Amador lo llamaban El burro de oro porque cada empresa que se le venía a la cabeza era un éxito que contribuía a aumentar su fortuna. Potentado excéntrico en una época en que la burguesía local tenía como faro la cultura europea, Coriolano Amador trajo a Medellín el primer automóvil, con conductor francés incluido; hizo instalar ascensor en su Palacio de la Plaza Berrío y mandó a fabricar, en Inglaterra, una réplica del portón en hierro forjado del Palacio de Buckingham para que sirviera de puerta de entrada de su finca Miraflores, en la parte alta del Paseo de Ayacucho, al inicio de la falda de Miraflores (hay quien asegura que Coriolano Amador compró el título de Marqués de Miraflores en la Corte española, por el nombre con el cual eran conocidas sus tierras). La réplica se hizo popular como La Puerta Inglesa. Años más tarde, en el mismo lugar nacería una doble vía arborizada y empinada como ninguna, conocida como Las Mellizas. Ayacucho, que entonces tenía diecinueve cuadras, subía desde la carrera Cundinamarca hasta La Puerta Inglesa, punto de referencia ineludible en la historia de la calle y del barrio.
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Desde 1874, Ayacucho fue la principal conexión con el centro del barrio y el oriente del departamento. Con la aparición del tranvía, la calle evolucionó. Cuando se inauguró su primer tramo, tirado por mulas desde la Plazuela de La Veracruz hasta el bosque de El Edén, hoy Jardín Botánico, y, luego, al extenderse por la Avenida Bolívar y la Calle Ayacucho, la expansión urbana tomó la dirección de Buenos Aires. En los primeros años del siglo 20 existían sobre el Paseo de Ayacucho algunas casas fincas y bosques concurridos por su belleza y buen clima. Fue por estos años cuando el señor Julián Rave abrió en Nariño con Ayacucho la tienda de abasto que llamó “Buenos Aires”, como cita don Tomás Carrasquilla, y de la que el barrio tomó el nombre.


Calle Ayacucho, por donde en pocos meses rodará el tranvía. A la derecha, la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Foto Róbinson Henao, tomada el 14 de julio de 2015

El tranvía subía hasta el lugar donde los habitantes de Quebrada Arriba y El Cuchillón solicitaron permiso para construir un templo. El arzobispo de entonces concedió el permiso pero con cuatro condiciones. “Primera: como quienes piden el templo dicen tener el terreno, que se haga la cesión con escritura. Segunda: que sea un lote con área suficiente para un templo grande. Tercera: que el párroco de la Catedral pueda participar en las decisiones. Cuarta: que las limosnas continúen y sean suficientes para la parroquia y para costear al capellán”.

De La Puerta Inglesa para arriba, la carretera de Santa Elena, donde se batieron récords y también se vivieron tragedias. Y de La Puerta Inglesa para abajo, Ayacucho, la calle donde los lugares y las gentes hicieron su historia.
En el año 1902, doña Mercedes Saldarriaga de Botero cedió el terreno y el diseño se encomendó al arquitecto Francisco Navech -el mismo que diseñó la célebre Casa Botero unos metros más abajo de la iglesia-, quien concibió un templo de estilo neogótico. Durante los años siguientes y hasta su terminación en 1931 los sacerdotes encargados de administrar la construcción pidieron limosnas en la plaza de mercado, dos días por semana, para terminar la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Buenos Aires. No se les ocurrió, como años más tarde en San Joaquín, que el templo lo podían construir con el producido de la venta de empanadas.


Inicio de las llamadas “Mellizas”, donde antes quedaba la Puerta Inglesa. Foto tomada por Róbinson Henao el 14 de julio de 2015

La demanda de vivienda aumentó, en general por gentes venidas del oriente de Antioquia, y el desarrollo de la ciudad se dirigió hacia la ladera de la montaña en forma rápida y desordenada. En 1921, cuando empezó a funcionar el tranvía eléctrico, el crecimiento se incrementó; para 1922 el tranvía, con doce coches a disposición del público, movilizaba a más de nueve mil personas cada día. “… El tranvía aceleró la urbanización de las laderas, en especial Buenos Aires, Sucre, Villa Hermosa y Manrique, así como zonas más planas y remotas como Aranjuez y eventualmente Berlín, con lo que la ciudad adquirió el perfil alargado en dirección sur a norte que todavía hoy conserva…”, escribiría Jorge Orlando Melo en Espacio e Historia en Medellín en el año 1997.

Pero con el aumento de automóviles y buses de transporte público a gasolina, las operaciones del tranvía disminuyeron y la ruta de Aranjuez fue la última en prestar el servicio en 1951.

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Y Ayacucho cambió. Aunque en la nomenclatura oficial era la calle 49, para todos seguía siendo Ayacucho, la calle empinada que llegaba hasta La Puerta Inglesa, el lugar donde nacen Las Mellizas, paso obligado para ir a Rionegro. Por allí subían los buses de escalera, los paseos, las carreras de bicicletas, por allí iniciaba o terminaba la famosa “vuelta a oriente”. En las diecisiete curvas en subida desde Miraflores hasta el alto de Santa Elena, Ramón Hoyos Vallejo ganó en 1951 su primera carrera en una bicicleta destartalada. Nadie creyó, los jueces en la meta pensaron que los cronómetros se habían dañado. Ramón Hoyos subió al alto cinco minutos más rápido que Pedro Nel Gil, dueño del récord.


Barrios El Salvador y La Milagrosa, de la comuna 9 (Buenos Aires). Fotografía tomada por Róbinson Henao el 14 de julio de 2015.

De La Puerta Inglesa para arriba, seguía la carretera de Santa Elena, donde se batieron récords y también se vivieron tragedias como el derrumbe a la altura de Media Luna que sepultó a la mamá del campeón que dos años antes había pulverizado el tiempo en esa carretera de curvas empinadas. Y de La Puerta Inglesa para abajo, Ayacucho, la calle donde los lugares y las gentes hicieron su historia, aparecieron y desaparecieron y volvieron a aparecer.


Panorámica del barrio Buenos Aires, en Medellín, tomada por Gonzalo Escovar en 192(?). Cortesía Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto

Las calles narran las ciudades y sus habitantes narran las calles. A pesar de los trabajos de construcción del nuevo tranvía que volteó patasarriba la Ayacucho de hoy, Juan Alberto Gaviria y Eduardo Valencia, mis anfitriones en la comuna 9, la recorren con los recuerdos a flor de piel. Subimos desde Girardot rumbo a Las Mellizas y a medida que avanzamos la historia hace presencia. Un día de 1953, el mismo año de la doble tragedia de Media Luna, el señor Rafael Flórez —propietario de una casa que fue orfelinato y luego plaza de mercado sobre la calle 50, Colombia, entre Berrío y Giraldo, a una cuadra de Ayacucho—, decidió donar el terreno a las Empresas Varias para construir allí una plaza de verdad. El nuevo sitio se convirtió en la Placita de Flórez, en honor al donante. Muchos creyeron y creen aún que el nombre tiene origen en la cercanía con Santa Elena y sus flores. “… Aquí en la Placita de Flórez —dice Luis Rodrigo, un hombre colorado como la gente de tierra fría, que hace treinta y cinco años atiende un puesto que heredó de su papá— se encuentran las más bellas flores de Santa Elena y San Cristóbal y se come la mejor arepa de chócolo de los alrededores…”.


El Granero Imperio, lugar tradicional en Buenos Aires. Fotografía tomada por Róbinson Henao el 14 de julio de 2015

Frente a la Casa Botero, que algunos llaman palacio, otros castillo y fue una clínica, mis guías se preocupan por su futuro incierto. Pocos pasos más arriba, por la misma acera y bordeando un muro de piedra que recuerda el de Las Lamentaciones, encontramos la iglesia del Sagrado Corazón. Dos años antes de su inauguración fueron instalados los catorce pasos del viacrucis que pintó el artista belga Georges Brasseur en 1926. No se sabe cómo logró terminarlos pues no le gustaba Colombia y no veía la hora de dejar el país. Diagonal a la iglesia, quedaba la farmacia Santa Elena, de don Alberto Gaviria Vélez, donde acudía gente hasta de la América para que les aplicaran inyecciones intravenosas; la farmacia era, además, punto de encuentro de los campesinos ricos del oriente en su paso hacia Medellín. Allí paraban a conversar, a solucionar la situación del país o a recordar.

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La esquina de Uribe Ángel con Ayacucho es el centro de los acontecimientos para los habitantes del barrio. El bar de Pompilio, a mitad de camino entre Girardot y La Puerta Inglesa, es parada obligada desde hace casi siete décadas. Aunque Pompilio murió hace quince años, sus hijos heredaron el bar y hace algunos meses lo cedieron a Fernando, un hombre de voz ronca que piensa que el nuevo tranvía traerá grandes beneficios. A pesar del tiempo, el bar sigue igual. Solo el mostrador, que antes estaba sobre un costado, ahora se encuentra al fondo del local, y el letrero en la fachada, repintado, parece nuevo. La música a toda hora y desde siempre es la misma: Gardel, Daniel Santos, Felipe Pirela, Alci Acosta, Julio Jaramillo, Nino Bravo.


El bar Pompilio (en Ayacucho), lugar tradicional en Buenos Aires. Fotografía tomada por Róbinson Henao el 14 de julio de 2015

Al frente del bar de Pompilio, en el costado sur de Ayacucho, está la panadería Buenos Aires, famosa por los hojaldres. Y de allí hasta La Puerta Inglesa, en el tramo menos empinado de la calle, donde estaban el Jardín Clarita y el bar Astral, no queda nada; las fachadas, las mesas de billar y los selladeros del 5 y 6 y del Totogol, desaparecieron. En lo que fue la casa de don Efe Gómez, donde su viuda vivió después de la muerte del maestro, hay un parqueadero. Don Efe no vivió en esa casa pero siempre tuvo un apego especial por Buenos Aires. El personaje de su cuento El paisano Álvarez Gaviria nació en cercanías del puente de La Toma, que une a Buenos Aires con Enciso, y como coincidencia última, don Efe murió en 1938 en la carrera Córdoba a una cuadra de Ayacucho, donde vivió sus últimos años.

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Estamos en verano, el sol inclemente no permite sombras. Por los trabajos del nuevo tranvía, escasean los aleros o espacios para evadir el sol; la calle, congestionada por la maquinaria y los trabajadores, no es como aquella donde Juan Alberto y Eduardo pasaron su niñez, su juventud y buena parte de sus vidas. Sin embargo la memoria fluye. Recuerdan las fachadas de las casas de antes, quiénes vivían aquí y quiénes más allá. Frente a la casa de Efe Gómez vivía don Alfonso Montoya, especialista en mecanismos monumentales y reparador de relojes de iglesia; y más arriba estaba la casa de doña Rosa, donde ensayaban “Los Jupers”, uno de los grupos de música gogó y yeyé del barrio. Por la otra acera estaba la tienda de Marcos y más arriba, antes de llegar al bar Sol de Oriente (en la esquina con Alemania), donde también había billares, quedaba la barbería de Horacio Castaño, quien para señalar que estaba abierto sacaba un sinsonte a la puerta. Todo el barrio pasó por la barbería de Horacio. Los lunes cerraba a las doce, pasaba la tarde con los amigos en el Jardín Clarita, entonces el sinsonte desaparecía de su puerta. José Rubén Orozco, otro barbero, más conocido como Lindbergh por ser el nombre de moda al momento de nacer —recién había desaparecido el hijo del célebre aviador— , asegura que “un buen barbero le lleva la corriente a los clientes: es liberal, conservador, comunista, ateo, católico, protestante. Es lo que sus clientes sean…”. Desde hace sesenta años (tiene ochenta), Lindbergh es barbero en Buenos Aires: “Nosotros sí motilábamos bien —dice—, ahora hay un salón cada diez metros y la moda es el trasquilado. Éramos cuatro los barberos del barrio: Horacio Castaño, Elías Agudelo, Raúl Henao y yo… pero ellos ya murieron”.

Bar Sol de Oriente, lugar tradicional en Buenos Aires. Fotografía tomada por Róbinson Henao el 14 de julio de 2015

En el cruce de Suiza con Ayacucho empiezan Las Mellizas. En lugar de La Puerta Inglesa hay una estación de gasolina y al otro lado de la doble calzada está el mercado Puerta Inglesa. En 1946, allí terminaba el recorrido del tranvía. El nuevo tranvía de Ayacucho volteará a la izquierda en la esquina de Suiza y seguirá hacia Miraflores y Oriente, estaciones del metrocable más arriba…

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… Carlos Coriolano Amador murió el 13 de octubre de 1919 y su fortuna se repartió entre los herederos. La Puerta Inglesa, o una copia, fue a parar a Loyola, la casa de ejercicios de los Jesuitas. La parcelación de la finca Miraflores dio lugar a los barrios de Las Mellizas para arriba: el Alejandro Echavarría para trabajadores de Coltejer; el Vergel y Cataluña, antes mangas donde se jugaba fútbol; por allí quedaba el Club del Comercio y más tarde, en las mismas instalaciones, el Templo de Regina Once; La Asomadera, tres barrios llamados igual; los Barrios de Jesús y también Gerona, La Milagrosa y Loreto. La calle 45, Cuchillón, un eje de estos barrios, subía hasta El Cambray, bar de camajanes y malevos. Pero fue en Miraflores y Restrepo donde tuvieron asiento mansiones, algunas de las cuales se conservan; por allí, entre calles empinadas y caserones de otros tiempos vivieron los Sierra, los Mejía, los Saldarriaga, los Noreña, los Jaramillo, los Gaviria y, más arriba del Consulado de Suiza, los Delgado.


Bbarrio El Salvador. Fotografía tomada por Róbinson Henao el 14 de julio de 2015

La casa de los Gaviria, en el barrio Restrepo, era el punto de encuentro. Como un recuerdo imborrable, Juan Alberto y Eduardo hablan de “El helechal” un espacio entre helechos en la casa de los Gaviria, donde se hacían todas las celebraciones, fiestas de cumpleaños, grados, empanadas bailables y compromisos; allí surgieron amistades que hoy perduran y se consolidaron vocaciones musicales interminables. Recuerda Eduardo Valencia que había noches en que se reunían allí hasta veinte guitarras y a cada una se le adjudicaba un turno para ejecutar su música. Casi siempre terminaban como una estudiantina interpretando música colombiana o, con el tiempo, las baladas yeyé y gogó de moda…

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… No se puede decir que Eduardo Valencia se hizo músico en El helechal… o quizá sí; allí cultivó compañeros musicales con los que recorrió las calles de Buenos Aires y los barrios aledaños, o incluso los del otro lado del río, llevando serenatas a las muchachas bonitas. Eduardo Valencia nació y vivió en Buenos Aires, en el cruce llamado “cuatro esquinas”, que en realidad son siete, donde desembocan las vías El Salvador, Cuchillón, Bomboná, Nariño, el Callejón de la Palencia y la vía hacía La Milagrosa por la manga del Mosco, donde llegaban los circos. Eduardo dice que su pasión por la música comenzó cuando iba a la casa donde ensayaba la Banda Municipal —en cuatro esquinas—, después la Banda Sinfónica mientras él escuchaba por las ventanas. Pero su vocación comenzó en forma cuando su papá le regaló una guitarra. La primera canción que aprendió fue Pueblito Viejo. Después, con Jorge Cardona y Raúl Ramírez conformó el Trío Quitasueño y empezaron a dar serenatas. “Nos aprendimos los boleros de Los Panchos y de Los Tres Reyes y dábamos las serenatas a pie porque en esos años 60 no había plata para el taxi y nadie tenía carro. A veces las muchachas salían a la ventana y cuando no salían metíamos la tarjeta por debajo de la puerta hasta la mitad, cuando la jalaban sabíamos que estaban despiertas. Muchas veces, de regreso para Buenos Aires, pasábamos por el puente de La Toma y nos encontrábamos con los camajanes. Eran unos bacanes, nos invitaban a un trago y nosotros cantábamos una o dos canciones. Nunca nos pasó nada, había noches que íbamos hasta Enciso y volvíamos a las dos o tres de la mañana. Otros días, al final de la noche, nos encontrábamos con los demás grupos que también venían de dar serenatas y nos juntábamos a cantar.”
Estamos en verano, el sol inclemente no permite sombras. Por los trabajos del nuevo tranvía,
escasean los aleros o espacios para evadir el sol
Calle Ayacucho. Fotografía tomada por Róbinson Henao el 14 de julio de 2015

Y así, poco a poco, descubro la memoria asombrosa de Eduardo para los lugares y los nombres de quienes vivieron en el barrio durante aquellos años felices. En la calle Honduras, detrás de la iglesia, vivían los Macías, los González, los Lotero y los Aristizábal que enseñaban a manejar carro. En la misma calle, las Tortas Doña Teresa en el primer piso, y en el segundo Gustavo Quintero, el vocalista de Los Graduados, quien cantaba la misa en latín. Y los Domínguez, también músicos; los Ramírez, los Díaz, los González, los Villegas, los Soto, las Eusse, los Álvarez —dos hermanos músicos y famosos—, los Cardona, los Ochoa, los Arango, los Ossa, los Cañas, los Ríos; los Uribe, que vivieron cerca de cuatro esquinas; los Vieco —en Bélgica con Pichincha—; los Palacio, los Serrate, los Toro. La lista es larga… Hugo Macías, Norman Bravo y Fausto, voces inolvidables; Los Black Stars, Los Médicos, Los Hispanos, Los Cardenales, Los Golden Boys, Los Allegro, Los Éxitos y los Echeverri, pioneros del perifoneo en Medellín. Músicos por todas partes. Cuando no se encontraban en el bar de Pompilio, se encontraban en el Buenaventura o donde Ismael, el del Granero Imperio, en la calle Honduras, el mismo que conservó un vale dejado por unos vecinos, estudiantes y sin plata, hasta que volvieron veinte años después a cancelar la deuda.


Placita de Flórez. Fotografía tomada por Róbinson Henao el 14 de julio de 2015

Y, de repente, todo se acabó. Entre los 70 y los 80, con la llegada de la cultura mafiosa, barras de amigos desaparecieron. Algunos vecinos, conocidos, compañeros, hijos de familias del barrio se metieron en “la pomada” y se volvieron choferes, guardaespaldas, capos o mulas del narcotráfico. La plata fácil apareció con las motos ruidosas, los carros deslumbrantes, los desconocidos. A unos los mataron, a otros los encanaron… y Buenos Aires cambió.

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Hoy, más de sesenta años después de haberse ido, vuelve el tranvía. Son sesenta años de historias imposibles de narrar en estas páginas. El tranvía será un revivir para la calle Ayacucho y la comuna 9 donde sus habitantes esperan los buenos aires que desde septiembre soplarán con él.



El cronista

Saul Álvarez Lara nació en Bogotá y reside en Medellín. Es escritor, editor, pintor, ilustrador y diseñador. Estudió Pintura Monumental en La Cambre, en Bruselas (Bélgica).

Entre sus obras publicadas están los libros de cuentos Recuentos (primer premio del Concurso de la Cámara de Comercio de Medellín en 2001), El teatro leve, El sótano del cielo, y las novelas La silla del otro y ¡Otra vez!

También es autor de Las musas del teatro leve, publicación digital de BCN Base de Barcelona, y de Tres cuadernos: 1. Testigos urbanos. 2. Pasajeros de bus. 3. Signos de ciudad (ficciones y fotografías).

En 2014 presentó en la Galería Banasta, en el Complex de Llanogrande, Sensibilidad nómada. Lo inesperado va por mi cuenta, exposición de ficciones y fotografías.