Autorretrato en ochenta y nueve entradas

Claudia Restrepo Ruiz, escritora, habitante de El Poblado
Autorretrato en ochenta y nueve entradas
“…Qué fácil resulta sentirse atraído por otro ser. Qué sencillo es intercambiar un teléfono, regalar el WhatsApp, comenzar a chatear…”


Por Saúl Álvarez Lara

“Comenzó con la manera como le dabas vueltas al café después de una incipiente cucharadita de azúcar…” o “Te estuve contemplando un rato, sabes. Te vi extraer los lentes de ese estuche azul y limpiarlos como si se tratara de un auto, con sumo cuidado, con miedo a un rayón…”, dos frases iniciales elegidas al azar entre las ochenta y nueve entradas que componen Bitácora del cuerpo, el nuevo libro de Claudia Restrepo, editado por la Fundación Arte y Ciencia.

El cuerpo tiene memoria y estas entradas son la memoria de eventos, lugares, evocaciones y piel, mucha piel, tacto y palabras que, como escribió Borges en el epílogo de El Hacedor: “…ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara…”, en este libro, laberinto de situaciones, presentan al lector el autorretrato de su autora.

Cada entrada (las llamamos entradas porque tienen origen en las entradas de un blog que Claudia lleva desde hace varios años) es el segmento de un trazo, es la insinuación de un gesto; es la posible visión, desde un ángulo inesperado, del sentir de un momento o de su huella. Cada entrada hace que Claudia se convierta, a ojos del lector, en el personaje que vive la situación, no solo como narrador; también desde la piel de los personajes que, a veces hombres o mujeres, entran y salen de sus páginas. Convertirse en personaje de sus historias, trazar en palabras y frases su imagen y hacerlo desde el filo de la pregunta: ¿dónde la realidad, dónde la ficción?, es un ejercicio de equilibrio en una cuerda tendida en las alturas de donde es posible caer. Pero no. En Bitácora del cuerpo no se cae en el abismo sin fondo; se cae en encuentros, en insinuaciones, en relaciones truncadas o por descubrir, se cae en un juego de pieles y de sentidos o de sin sentidos; se cae en narraciones abiertas donde el personaje principal, Claudia, entra con el lector en la agilidad del texto, corto, sin desvíos, que comienza y termina en la misma página y se lee con calma, a fondo, sin la afugia de pasar de una página a otra, porque cada una es un descubrimiento que se saborea. El título de su blog: poesiaculinaria.blogspot.com es una leve insinuación al estímulo de los sentidos a que invitan sus textos.

A continuación uno de los textos del libro, el número ochenta:

Morir el amor

Qué fácil resulta sentirse atraído por otro ser. Qué sencillo es intercambiar un teléfono, regalar el WhatsApp, comenzar a chatear. Qué bonito es habituar la piel al contacto del otro, a la mano en la pierna, a los dedos entre el cabello. Qué mágico es aprenderse el aroma, buscarlo después en uno, dormirse con el recuerdo de un beso. Qué sencilla y envolvente es la ilusión, qué vertiginosa resulta cuando se cede a la pasión y qué linda es la manía del clímax, el querer siempre hacer llegar y llegar sin tener que dibujar un camino y mucho menos un patrón de paso. Qué difícil, en cambio, es volverse rutina, reconocerse hábito, no transitar más el camino de la pasión, ir a lo seguro, saberse de memoria la frecuencia, contar la respiración, morir el amor. Cómo duele el cuerpo cuando el otro se va, cuando es uno quien se queda, no importan las razones, es látigo el espacio. Aquella cama que parecía pequeña ahora es un como dicen: un estadio; y el televisor reclama porque no lo han prendido en una semana. Sobre la mesita de noche, “Amuleto”, de Roberto Bolaño, me invita a llamar a Auxilio y mientras lo leo, siento el vestigio de la Región más transparente, hay algo ahí, un tono, un ritmo, que se parece. Entonces miro la cama de nuevo y por primera vez siento que ya no es un espacio susceptible de ser compartido. He regresado a mí al morir el amor y ese regreso me muestra una mujer fuerte pero aterrorizada. ¿Soy fuerte en realidad? Entonces pienso que no morí el amor, que ya estaba muerto, que no despertó de la última catalepsia, que algo en mí se hizo monstruoso y necrofílico y quiso seguir aferrado a lo que murió. Y ya no va más porque se descompuso y es imposible amar la putrefacción. O no, no es imposible, pero si amamos lo putrefacto es porque estamos purulentos por dentro y ya no, ya no lo estoy. Mis heridas han comenzado a sanar desde el día en que me acepté sin alas y dejé de temer a mis demonios. No sé qué vendrá. Letras y más. Quizás no morí a tiempo o quizás este era el único tiempo. Lo importante es reconocer que cuando ha muerto el amor, un pedacito nuestro ha muerto también. Y entonces ser capaces de rescatar la amistad de ese meollo con velo mortuorio. Valorar tu mirada miel, tus palabras tiernas, tu abrazo resucitado. Se nos habrá muerto el amor pero ambos sobrevivimos a la catástrofe.
Claudia Restrepo es autora de la novela Ciento uno, terminó otra sobre la muerte, próxima a publicar, y trabaja en la tesis de grado para su especialización en Literatura, donde sus compañeros de curso son los personajes. Cuando se lo pregunto responde: “…por supuesto, vivo en la ficción…”.