Atolladeros adolescentes

 Por: Juan Sebastián Restrepo Mesa, Psicólogo 
 
El Puer Aeternus (en latín eterna juventud) es un símbolo que habla de la curiosidad insaciable, la velocidad de la conciencia que permite las múltiples conexiones, el deleite, la riqueza, la intoxicación y la fantasía, que producen aquel  sentimiento de omnipotencia típico de la adolescencia.  Este debe ir de la mano con su polaridad opuesta: el Senex (Hombre viejo en latín). En la experiencia humana, juventud y maduración deber estar juntas complementándose.
No obstante en nuestra época la maduración, los ciclos del tiempo, el desarrollo organizado, la asunción de la vida con sus claroscuros y la aceptación de la propia sombra y límite, características propias del símbolo del Hombre Viejo, han sido excluidas. No hay lugar para la vejez, ni para la madurez entendida en el sentido pleno de la palabra. Todos queremos juventud; los rastros de la enfermedad, la vejez y la muerte se esconden tras los quirófanos, los mundos virtuales y la desatención de las personas, y con ellos la posibilidad de vivir una vida plena y acercarse a la sabiduría de ajustarse a las formas y ritmos de la vida.
El mito de Ícaro, quien vuela con alas de cera hacia el sol,  ilustra el destino del Puer cuando se polariza y desconecta del Senex, su contraparte. Ícaro encuentra su destrucción al estrellarse con la realidad terrena.
Este mito nos es cercano, dado que los atributos de la adolescencia se han cristalizado como ideal absoluto en nuestra cultura. En tanto que absoluto y unilateral, lo considero un ideal embustero, que promete mucho y puede ofrecer poco. Y que trae consigo varios impasses para adolescentes que ya no pueden vivir su situación como un tránsito, sino que quedan atrapados en las múltiples paradojas de este ideal.
En primer lugar queda atrapado el cuerpo en una imagen que lo anula y enajena; entre los quirófanos, las salas de spinning y los sanitarios donde se vomitan las “peligrosas calorías”, se desliza el sufrimiento de no poder vivir en paz con el propio organismo y padecer la imagen del espejo como una amenaza que persigue.
Por otro lado está la vivencia de un tiempo vertiginoso en términos de progreso, interacciones, aprendizajes y actualizaciones. Un tiempo que no deja respirar, ni escuchar los sabios ritmos del organismo y la digestión. El resultado final es la experiencia de haber vendido el tiempo, empeñado la vida y asumido la posición incomoda de verse siempre postergado, desactualizado, enlentecido.
También padecimientos ligados al deseo, motor de la experiencia humana, que cuando no encuentra límites, ni conciencia, ni responsabilidad, nos ata a una interminable cadena de insatisfacción. El adolescente consumista entrega su libertad, se hace esclavo de su forma de desear. Se exilia en una eterna insatisfacción que crece con cada deseo que logra satisfacer. Por otro lado encontramos a la anoréxica que desea una nada que la conduce a la muerte, como si ese deseo de vacío la liberara de los barrotes de una insatisfacción crónica de un deseo imposible.
Y están también los paraísos artificiales. La compulsión a evadirse de la realidad y habitar mundos alternativos, pero estériles y fatales es parte de su experiencia. Muchos jóvenes se encierran en mundos químicos, informáticos y lúdicos. Mundos que desvían sus ojos de la realidad que lo llama a crecer y madurar enfrentando múltiples crisis vitales.
Falta de fuerza, vacío existencial, contactos lánguidos, deseos imposibles, postergación y desborde, ilusión, soledad e irrealidad son las promesas del lado sombrío de nuestra época. Por eso frente a la imagen absoluta del Puer Aeternus, hay que oponer la imagen del Anciano de los Tiempos, que en sus arrugas y su cuerpo flácido, no guarda otra cosa que el secreto de una vida consumada. Así podremos gozar las delicias de la juventud, sin perder en ello la vida, cuyo flujo no nos espera en su camino a la plenitud, en caso de que le volteemos la cara.

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