Apuntes sobre la educación y sus vicios

 Por: Juan Sebastián Restrepo Mesa 
 
En esta columna haré algunas reflexiones en torno a la tercera y cuarta etapa del ciclo vital familiar: la familia con hijos preescolares y la familia con hijos escolares respectivamente. En estas etapas se consolidan los procesos de socialización del niño básicamente a través de tres instancias: la familia, la escuela (preescolar incluido) y los medios. Pienso que valdría la pena hacer un par de reflexiones críticas en torno a la forma en que socializamos y educamos a nuestros niños.
Empezaré citando estas palabras que el psiquiatra inglés Ronald Laing dijo hace ya más de 40 años y que siguen manteniendo su vigencia: “Tenemos que haber perdido nuestra cordura. Empezamos con los niños. Es imperativo agarrarlos a tiempo. Sin el más exhaustivo y rápido lavado de cerebro sus mentes verían a través de nuestros trucos sucios. Los niños aún no son tontos, pero debemos volverlos estúpidos como nosotros, con alto coeficiente intelectual de ser posible.”
Laing se refiere a la forma en que nuestra sociedad socializa a sus niños. Pero ¿por qué dice que dicha socialización nos vuelve “estúpidos” y “acaba con nuestra cordura”? A mi modo de ver, porque privilegia las "respuestas correctas", sobre las búsquedas humanas; la especialización sobre la integridad; la estandarización sobre la autenticidad y la autonomía; la competencia sobre la cooperación y la empatía; la adquisición ávida sobre la libertad y la generosidad; la agresión sobre el amor; y el desapego de la vida sobre el cuidado atento de la vida.
Lo que quiero decir es que hay una brecha entre lo que la educación actual brinda y las necesidades profundas del ser humano. Esto nos lleva a una pregunta de primer orden, que cualquier familia debería hacerse: ¿para qué educar a los hijos?
La educación no ha asumido cabalmente los retos que impone un verdadero desarrollo humano. Se educa para la competencia enseñando habilidades específicas desde el dominio intelectual. Pero no se educa para desarrollar las dimensiones emocional e instintiva de los niños. Por eso Laing habla de “imbéciles como nosotros, con alto coeficiente intelectual de ser posible”. Se educa para la efectividad, la inteligencia lógica, la astucia y la desconfianza; pero no para la inteligencia emocional y la sabiduría.
Lo anterior tiene, como es de prever, consecuencias en los niños, como en las sociedades: vemos por un lado niños que no están satisfechos con nada, adictos al consumismo, desatentos, hiperactivos, bulímicos, competitivos, intranquilos, estresados, incapaces de aceptarse, deprimidos, sin autenticidad ni espontaneidad.
Y por el otro vemos la tragedia de una sociedad global que a pesar de tener, como nunca antes, los medios técnicos y económicos para trabajar por el bienestar humano, se precipita una y otra vez hacia las guerras, la usurpación y la destrucción del planeta.
El problema es que aún se cree que nuestros grandes problemas son económicos o materiales y se ignora que nuestra falla radica en la profunda ignorancia de nuestra propia humanidad.
Se educa para la obediencia y no para la responsabilidad, para el consumo y no para el servicio, para la inteligencia y no para la sabiduría. Se enseña más no se acompaña a aprender. Y un conocimiento poderoso pero inhumano suplanta generalmente al autoconocimiento que necesita cualquier persona para ser más humana, virtuosa y feliz.
¿Para qué se educa un hijo? Solo una educación que responda a esta pregunta es una educación responsable.

Próxima columna: La familia con hijos adolescentes.