Apología a la gordura

 

 
  

Apología a la gordura

Me retuerzo de la ira cuando muestran personas adultas llorando ante un plato de comida

 

Desde que escribo esta columna, hace más de 15 años, siempre me he reconocido no como una mujer robusta, mucho menos obesa, sino sencillamente gorda, y es más, felizmente gorda. Me decía mi madre -y las fotos del álbum familiar así lo testimonian- que soy rolliza desde mis días de cuna, lo fui durante toda mi infancia, lo seguí siendo en mis años de juventud y hasta la fecha jamás en mi existencia he rozado la frontera de la esbeltez. Actualmente ser gorda no solo es una enfermedad sino un verdadero estigma estrechamente relacionado con la ausencia de belleza, o mejor dicho, con la fealdad; pero bien saben los que saben, que para la mirada libidinosa del hombre occidental, desde la Edad Antigua hasta mediados del siglo 20 la belleza femenina no solo se aceptaba, sino que se exigía, una mujer holgadita de kilos o más exactamente con notable embarnecimiento.

La razón por la cual estoy escribiendo esta apología, es mi rechazo total al tema de ese nuevo programa de televisión en donde la gordura de sus protagonistas y sus sacrificios por dejar de serlo se convierten en carcajada pública. Reconozco que no tengo argumentos sólidos para criticar la esencia de fondo de dicho programa, pero me atrevo a asegurar que se trata de algo concebido con más visos de comedia y ridiculización, antes que pretender ser un programa de reflexión y análisis sobre salud pública. Hasta el momento de escribir esta crónica solo he visto la campaña de lanzamiento y la considero repugnante. Me retuerzo de la ira cuando muestran personas adultas llorando ante un plato de comida o, peor aún, forcejeando por una presa como aves de carroña para lograr engullirla en un solo bocado. No es la primera vez que este estilo de programas recurren al hambre y a la comida para poner a prueba la fortaleza de sus participantes y todo por una sustanciosa recompensa pecuniaria. Aún guardo en mi memoria la actitud faltona ante los suyos, de Marlon “el parcero antioqueño” cuando le ofrecieron, para él solito una bandeja paisa, y jamás olvidaré las nauseas y arcadas de Tatiana de Los Ríos cuando para ganar se vio obligada a probar el más delicioso plato de la cocina nariñense, el cuy.Dos asuntos merecen absoluto respeto en este trivial formato de programas: primero que todo, la dignidad de la persona humana y segundo, la dignidad de nuestra comida y del acto de comer.

Como una gorda más de este país, protesto rotundamente por la presentación de un programa tan vulgar, en el cual un reducido grupo de gordos y gordas colombianos, son presentados de manera caricaturesca. Y en calidad de estudiosa e investigadora de la cocina y la gastronomía colombiana, me ofrezco para asesorar al libretista de cualquier programadora de televisión, con el fin de realizar un programa en que se muestre el goce y la felicidad que mantenemos los gordos y las gordas, al frente de nuestra grandiosa y a la vez desconocida cocina colombiana.