Amparo tiene miedo pero no se le nota

En la comuna 6, caracterizada por sus organizaciones sociales, una líder con piel de lobo y corazón de oveja posibilita conocer la zona a través de su vida

Por Mauricio Abad Echeverri

“Si usted revisa, llevo cuatro años en los que no salgo a decir cosas muy duras en los medios. Yo, en 15 años, con todos los sufragios que me han mandado, ya tendría una empresa de venta de sufragios. Un día me mandaron uno con la foto de mi sobrino con su uniforme en el colegio. Eso sí me timbró y entonces la gente me dijo: Te volviste vieja, y les contesté: Es que el Estado no cuida a mi familia y mi familia no es la que está metida en todas estas mierdas, es Amparo Mejía”.

A las siete de la mañana, Amparo, habitante de la comuna 6 de Medellín, ya ha aseado los corrales y alimentado sus tres perros, ha puesto cuido y le ha cantado a las cacatúas que hace poco le regalaron, ha llevado a su sobrino pequeño al colegio y asiste a misa. “Siento que debo ir todos los días a misa de siete porque es Dios el que me mueve” –afirma–. “El año pasado fui víctima de una brujería que me hizo una líder por envidia, siento que lo que me ayudó fue estar tan entregada a Dios”, dice con fe de carbonero.


Barrio El Picachito, en la comuna 6 de Medellín. Al fondo se aprecia un amplio sector de la zona nororiental de la ciudad. Fotografía tomada el 1 de julio de 2015 por Róbinson Henao

Un sol potente ilumina la gran plazoleta del Parque Biblioteca Doce de Octubre, ubicado en la centralidad de mayor desarrollo de la comuna 6. Ocho de la mañana. De todos lados van llegando niños de entre 8 y 10 años, la mayoría con pantalones marcados con los logosímbolos de la administración municipal. A sus espaldas cargan morrales de color verdeazul con la inscripción “Semilleros de Mesas Ambientales” y una frase en apariencia intrascendente pero que en esta comuna adquiere un profundo significado: “Renovando liderazgos”. Hacen parte de los 270 jóvenes que integran los Semilleros Ambientales de todo el Doce de Octubre. Amparo descarga de una camioneta, junto con el operador logístico de la Alcaldía, tres cajas repletas de refrigerios y firma la planilla de entrega. “El que no llegue aquí, es que no se bañó. Una fila, por favor, rapidito”, grita mientras destapa las cajas. Cada niño recibe un recipiente plástico con un picadillo de frutas surtidas, cuchara y una bolsa plateada amarrada con alambre que contiene una porción de hojuelas de maíz azucarado y un yogurt en bolsa. Al final de la fila, entre acudientes de los niños de cada barrio –todas mujeres, con excepción de un joven que resalta entre ellas– el conteo llega a 40 personas. El plan del día es realizar una caminata bordeando la quebrada y llegar hasta el sector de La Tinajita para que los niños realicen una práctica en el Aula Medioambiental. “No pude tener hijos, perdí tres, pero no hay nada que por bien no venga, un bebé me haría vulnerable ante tanta envidia, por el tema que me muevo en derechos humanos. Un hijo sería mi talón de Aquiles”, comenta Amparo.

La Negra, como muchos le dicen en su barrio, siente que pertenece a este lugar del mundo, un sector en el extremo noroccidental de Medellín a los pies de El Picacho, uno de los siete cerros tutelares que posee la ciudad, al que su abuelo llegó de San Pedro de los Milagros para comprar un pedazo de tierra y entregárselo a Serafina, la abuela, y allí echar raíces y multiplicarse. Una tierra que nadie de su familia ha querido lotear porque la ven como un regalo de Dios, el lugar para encontrarse con sí mismos. Cuando habla de su familia siempre salen a relucir las figuras femeninas. “Yo soy la última de una familia antioqueña, hija de Carmela, la hermana mayor de mi mamá, Ana Eliza. Ver a mi abuela es ver a mi tía Carmela, ver a mi tía Carmela es verme a mí, y verme a mí es ver a mi sobrina Paola porque somos físicamente iguales”. Amparo dice con orgullo que tiene ascendencia indígena y negra, que por sus venas corre sangre Wayuú.


Amparo Mejía, al centro, da instrucciones a los niños de los semilleros ambientales antes de salir a un recorrido de sensibilización por la comuna 6 (Doce de Octubre). Fotografía tomada por Mauricio Abad

Cuando cumplió ocho años, su familia se radicó en el barrio Miramar, en la casa donde hoy queda la sede de la tercera edad. Allí vivió con la tía Carmela y la tía Rosa. “Yo no me crié con mi mamá porque ella trabajaba cuidando enfermos en Laureles —un barrio de ricos, como le decimos aquí— y venía cada ocho días a la casa”. Su padre de crianza pertenecía a la Junta de Acción Comunal (JAC) y cada vez que él tenía reuniones se le pegaba. De lunes a viernes estaba en el barrio, asistía al kínder de Miramar y todos los fines de semana la llevaban a la finca que la hizo crecer en permanente contacto con la tierra y los animales. “Un domingo normal podía vernos haciendo carreras en burra, eso era lo que teníamos. En mi seno derecho tengo la cicatriz de una patada de una burra… nos montamos cuatro en una, el animal se rebeló y me conectó la patada”.

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La llegada de personas a este sector de Medellín en busca de dónde vivir se inició a finales de la década del 50. Con diversas modalidades de asentamiento se empezaron a marcar las maneras de poblar el territorio, el tipo de relación con las administraciones municipales y el comportamiento a la hora de empoderarse en los terrenos. Cuentan sus habitantes que en lo que hoy es la comuna 6 antes había fincas de grandes extensiones, propiedad de las familias Carvajal, Cock Alvear y Shwarberg, y que los primeros procesos de poblamiento se iniciaron gracias a ellos, que de forma filantrópica empezaron a entregar y negociar pedazos de tierra. Aunque no había presencia del Estado en términos de planeación, la gente se organizó en convites para adecuar los lotes, las manzanas y definir la ubicación de las casas. También entraron a escena los urbanizadores piratas que emprendieron procesos de loteo sin ningún tipo de norma ni técnica, y de esta forma emergieron barrios como Kennedy, La Esperanza, San Martín de Porres y Miramar.


La comuna 6 es una de las más densamente pobladas de la ciudad. Se estima que un 8 % de sus 193.000 habitantes son jóvenes entre 10 y 14 años. Foto Mauricio Abad

Otra forma de poblamiento se hizo por parte del Estado en los años 60 y 70, cuando se iniciaron planes de construcción planificados en términos de espacialidad, otorgados por el Instituto de Crédito Territorial (ICT), entidad que luego se convirtió en el Inurbe. A empleados de la industria textilera de la ciudad se les adjudicaron predios y subsidios para autoconstrucción de vivienda y esto originó el nacimiento de barrios como Pedregal y, más adelante, Doce de Octubre.

Cuentan sus habitantes que en lo que hoy es la comuna 6 antes había fincas de grandes extensiones, propiedad de las familias Carvajal, Cock Alvear y Shwarberg
Pero el proceso de densificación no se detuvo y en una ciudad como Medellín, deficitaria en soluciones de vivienda, la gente buscó y encontró. Así se crearon zonas de invasión en sectores como El Mirador del Doce, El Triunfo y El Picacho, donde la Policía llegó una y otra vez pero los pobladores se resistieron a salir de los que consideraban sus territorios y los defendieron como pudieron. “Por los lados del barrio El Triunfo cuentan que una vez recibieron a la Policía a punta de mierda, que recogieron el excremento durante toda una semana y arrojándoselo a la Fuerza Pública lograron devolverlos”, dice Juan Carlos Tabares, de la Corporación Picacho con Futuro, una organización comunitaria que trabaja por el mejoramiento de la calidad de vida de los habitantes de la comuna 6. El poblamiento continuó como resultado del fenómeno de violencia de la ciudad ejercida por grupos armados al margen de la ley; el lugar de donde se desplazaba población era ocupado por otros, en sitios designados directamente por los actores armados.
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A los 12 o 13 años, sus tías la llevaban a misa los domingos a una pequeña capilla que quedaba en predios de la finca de monseñor Félix Henao, en el Cerro El Picacho, y el padre Javier Giraldo le sugirió conformar un grupo juvenil. Así nació su arraigo por el trabajo comunitario. No olvida el impacto que le causaron, durante uno de esos recorridos por la comuna con el grupo juvenil, los tugurios hechos de plástico en el barrio El Triunfo y los niños corriendo sin zapatos por los caminos empolvados. Al regresar de la brigada, junto con sus amigos Ernesto y Fabiola, se preguntó qué podían hacer para ayudar a cambiar las cosas. En ese momento surgió la idea de crear la JAC en el barrio; para entonces solo existía la de El Picacho – Las Vegas. “Fuimos el primer barrio de Medellín -El Picacho- en pedir a la Administración la disgregación de la JAC y empezamos a gestionar la carretera que hoy sube al Cerro”, indica Amparo con satisfacción.


Personas de todas las edades se divierten en la Unidad Deportiva Progreso No. 2. Foto Róbinson Henao

Para el año 1998 el barrio El Picacho logró conformar su primera JAC. Emocionada, Amparo habla de lo lindo que era el trabajo en comunidad y cómo cada semana hacían convites en los que todo el mundo colaboraba. Ella soñaba con estudiar Veterinaria, a pesar de que todos le decían que eso solo lo estudian los hombres. Su temple de mujer afloró y, rebelándose contra todo y todos en su casa, hizo saber que si no podía estudiar lo que le gustaba, no estudiaría nada. “Me fui para más arriba de mi sector, al convento de las hermanas del Rosario, donde las monjitas le enseñaban a uno costura, croché y pintura”, relata sonriendo. “Mi abuela Serafina siempre decía que lo urgente era sacar el bachillerato”.

El grupo de 40 niños avanza como una mancha verdeazul y desciende por las aceras bordeando la quebrada La Quintana que pasa al lado de la biblioteca del Doce de Octubre; buscan mariposas, gusanos, hojas y recogen cuanto bicho se encuentran a su paso. Van custodiados, por delante y por detrás, por sus acudientes. Amparo levanta una mano, detiene el tráfico y acosa a los niños para que crucen las calles hasta llegar al Aula Medioambiental La Tinajita, un terreno al lado de la cancha, que ha sido adecuado para que los niños siembren árboles y hagan prácticas de compostaje. Amparo es troza, de piel morena, 1.75 de estatura, pelo largo, negro y liso, y pecas negras que le pueblan la cara. Dice, coqueta, que se las ha dejado el sol trabajando en los barrios de la comuna en las jornadas de Vida que organiza la Alcaldía.

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Para 1991, Medellín vivía uno de los picos de violencia más aterradores de su historia. Pablo Escobar desafiaba al Estado con su máquina de muerte y en los barrios las Milicias Populares se disputaban los territorios. Durante ese año hubo 6.700 homicidios en la ciudad, un deshonroso primer lugar en el mundo. Según expertos, las causas de violencia pueden explicarse en la falta de equidad e igualdad social, acumuladas en décadas en la capital antioqueña. Max Yuri Gil, de la Corporación Región, sostiene que Medellín “es la ciudad más inequitativa de Colombia y Colombia es el tercer país más inequitativo de América Latina, que es la región más inequitativa del planeta”. Incluso, de acuerdo con el Informe de Calidad de Vida Medellín 2014, realizado por el programa Cómo Vamos y presentado el pasado 25 de junio, en el tema de pobreza, desigualdad y demografía, aunque la ciudad muestra reducción de brechas entre comunas, esa reducción es menor que en años anteriores. Y esto incluye a la comuna 6.


Fotografía aérea del barrio Doce de Octubre, tomada por Gabriel Carvajal Pérez el 22 de junio de 1976. Al fondo, el Cerro El Picacho. Cortesía Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto

La familia de Amparo no fue ajena a la guerra y al terror que se desató en las calles en ese momento. “Somos una familia partida por la guerra”. Su padre de crianza administraba un billar en el barrio París, en Bello, y fue asesinado por no pagar una extorsión de un grupo armado del sector. Fue entonces cuando Amparo asumió una posición frente a cualquier tipo de actor armado que violentara su vida, como una manera de hacer resistencia. “Nació en mí la idea de juntarnos, a ver si juntos nos desaparecen, a ver si juntos nos dicen que nos vamos”.

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Si algo marca de forma particular a la comuna 6 frente a las demás comunas de Medellín son sus procesos de movilización y desarrollo comunitarios, los cuales se han gestado por medio de múltiples organizaciones de la sociedad civil, y todo gracias al complejo poblamiento y forma de ocupación del territorio. En la 6 hubo obreros que marcharon exigiendo sus derechos básicos, modelo que traían de la escuela del movimiento sindical de las empresas textiles que florecieron en la década del 70 en la ciudad; eran comunes los convites para construir vivienda y abrir carreteras. Cuentan que hubo comité de parteras para traer niños al mundo, prácticas legadas por los que llegaban de las zonas rurales al sector; las mujeres se juntaban para cuidar a los niños mientras los padres trabajaban; los líderes asumían el rol de educadores ante la falta de escuelas; había sacerdotes comprometidos que alentaban la organización, pero el denominador común de la movilización era la necesidad y las carencias por la falta de inversión del Estado. Lo anterior promovió, en todos los ámbitos, organizaciones culturales, deportivas, recreativas, sociales y políticas de gran potencial en la comuna hasta los años 90. “El gran potencial en las organizaciones de la 6 es que tenemos que estar juntos en los procesos, así seamos de diversas tendencias políticas; lo que nos diferencia es el trabajo en equipo, la organización social ha sido masiva por las carencias”, afirma Amparo. Con 12 barrios y 23 sectores, la comuna 6 tiene 20 Juntas de Acción Comunal operando.


Barrio El Pichachito. Foto Róbinson Henao 

A los 21 años Amparo ya era la vicepresidenta de la Junta de Acción Comunal de El Picacho. Ella y sus compañeros lograron ser los primeros en desprenderse de Asocomunal. “En el sector del 12 de Octubre había un señor que se llamaba Viernol, presidente de la JAC de La Torre. Era nuestro candidato para la primera Asocomunal de la 6, un tipo muy transparente y honesto. Dijeron que le quitó la vida un sicario por un contrato que estaba haciendo, pero, mirando más a fondo, la causa estaba en que nosotros fuimos la primera comuna en salirnos de Asocomunal Medellín; se rumora que eran presiones de esos líderes para meterle miedo a las otras comunas, pero en vez de meternos miedo, nos disparamos a conformarla más rápido”, enfatiza Amparo.

“Por los lados del barrio El Triunfo cuentan que una vez recibieron a la Policía a punta de mierda, que recogieron el excremento durante toda una semana y arrojándoselo a la Fuerza Pública lograron devolverlos” 
En el 2005, al quedarse sin candidato, Amparo decidió tomar las riendas y postularse. “Yo puedo —me dije—, a las mujeres nos tienen solo para hacer las actas y hacerle la segunda a los hombres, pero voy a encabezar la Asocomunal de la 6. Eso me retó más y empecé a trabajar con la gente”. Cuando se pregunta por Amparo en los barrios de la comuna, las mujeres son las que siempre contestan: “Esa mujer es una tesa, una verdadera líder que trabaja con la gente”. Cuentan que Amparo ha confrontado a jefes de combos y de bandas, y que le tienen cierto respeto en los combos. “Dicen que como líderes utilizamos este rumor que existe para intimidar a los operadores y contratistas, pero no es mi caso. Claro que me he echado muchos enemigos pero es que yo no soy una mamacita, aquí en los barrios siempre ha sido el conflicto el que me ha retado a buscar el inicio de procesos… Al hombre le metieron por décadas que no puede llorar y a las mujeres que no podemos ser bruscas, pero hay ocasiones en que a uno le toca ser brusco para exigir respeto”.


<Amparo Mejía. Fotografía de Mauricio Abad

“Hoy en la comuna hay alrededor de 200 organizaciones, de las cuales 60 tenemos un trabajo social”. Siempre crítica, Amparo cuestiona el curso que han tomado algunos procesos. “Para mí el programa de Planeación Local y Presupuesto Participativo, que inició Fajardo en el 2005, es bueno, pero nos volvimos PPdependientes. Siendo una herramienta buena, la permeamos y la dañamos porque creamos vicios. Hoy se reparten cerca de nueve mil millones de pesos anuales en proyectos para la 6, el PP ha transformado los procesos y grupos comunitarios, se prioriza poco en la necesidades reales de los barrios, los proyectos se multiplican y las organizaciones se relacionan en función de lo que cada una logra obtener, lo que ha generado que todo tipo de agrupaciones vayan en busca del presupuesto y cada vez trabajen menos en planeación de proyectos necesarios”. Juan Carlos Tabares, de Picacho con Futuro, afirma: “Hoy las organizaciones necesitan otro tipo de líderes, no deben tener como centro los recursos sino la condición humana, las personas y el territorio”.

Con 46 años, un atentado y muchos sufragios a cuestas, a Amparo lo que más le interesa ahora es trabajar de una manera integral por las víctimas. Es una de las 30 entrenadoras de entrenadores en No Violencia, graduada de la Universidad de Rhode Island, en Estados Unidos; coordina la línea de salud en la Comuna 6 y pertenece a la Corporación Madres de La Candelaria, donde trabaja en la Mesa de Derechos Humanos. Durante los cuatro años que estuvo al frente de Asocomunal se ganó el respeto de la gente y muchos enemigos, aprendió que en el trabajo comunitario, si se falla, “todos te señalan, pero si se hacen muchas cosas buenas, nadie te dice gracias”. Resignada, anota: “Como decía mi abuela, a bañarme primero todos los días con la sangre de Cristo, para que me proteja de esos malos enemigos y envidias que tengo, pero también en aceite para que todo me resbale”.


Bulevar de los abuelos, en el barrio Santander. La escultura fue elaborada con balas recicladas con el fin de mantener viva en la memoria del sector, los sufrimientos ocasionados por la violencia. Fotografía de Róbinson Henao

Una semana antes de que se realizaran las elecciones para nombrar nuevos delegados de Planeación Local y Presupuesto Participativo en la ciudad, el 27 de mayo pasado, fue asesinado Juan David Quintana Duque, de la Mesa de Derechos Humanos de la comuna 6. “Las amenazas vienen de los grupos al margen de la ley que captan recursos de todos los proyectos en los territorios, eso no se puede tapar con un dedo… como querer tapar el sol. Hoy en el tema de defender la vida íntegra, los líderes no tenemos garantías”. Sin embargo, tras pensar un poco, sentencia: “Yo aspiro a morirme de viejita”.


Barrio Pedregal. Fotografía tomada por Gabriel Carvajal Pérez el 22 de febrero de 1966. Cortesía Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto

La práctica de Aula Medioambiental termina y el grupo retoma la loma bordeando la quebrada hacia el punto de partida. Cada niño lleva en su mano un vaso de plástico lleno de tierra y la responsabilidad de alimentar su propio cultivo de lombrices con pedacitos de cartón húmedo. Amparo los reúne y les dice: “Recuerden que la próxima semana vamos para el Parque Explora”.


El cronista

Mauricio Abad Echeverri es comunicador social – periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana.

Es fotógrafo y diseñador de formatos televisivos y realizador audiovisual con especialidad en producción multicámara en el CEV y en el Instituto de Radio y Televisión Española, en Madrid. Se ha desempeñado como director de documentales y guionista de programas institucionales; libretista de novela para Fox Telecolombia – RCN, director de programas periodísticos en vivo, y docente universitario, entre otros. Fue director asistente del largometraje Apocalípsur, Premio India Catalina Mejor Película Colombiana y Premio Especial del Jurado 2007. Desde 2012 es director del programa Camino al Barrio.