Admisión

Ese domingo de las promesas compungidas no se encuentra gente más bienintencionada que esos candidatos: “Midiosito: si paso, le trapeo la casa a mi mamá todos los fines de semana, y dejo de rumbiar tan seguido”. Y ese lunes o martes de la puesta a prueba adoptan una seriedad que, incluso, difícilmente se le ha conocido al ciudadano más civilizado: saludan al chofer del bus, caminan despacio y erguidos, se compran el primer tinto de sus vidas y todo lo preguntan usando la mayor corrección: “Disculpe, caballero: ¿usted sería tan amable de indicarme dónde queda el bloque 9?”. Pero eso no es nada: son capaces de estarse tres horas en silencio, sin reírse por banalidades y con sus celulares apagados, y cuando, después de tan heroico esfuerzo, llega el tiempo de entregar la tachonada y esperanzada hoja de respuestas, tienen la entereza de agradecer al profesor que ha presenciado el examen; un gesto comparable solo con el de un condenado a muerte que, segundos antes de la sentencia, agradeciera al verdugo por sus finos servicios.

Verdad es que, como de todo se ve en botica, en ese carnaval de apuestas e ilusiones se detecta un amplio surtido de actitudes, pues es obvio que no todos se pliegan a la compostura que acabamos de describir. Aunque no sean mayoría, hay los que, por el contrario, asumen que un estúpido examen no es razón suficiente para deponer su frivolidad o despreocupación habitual, y por eso llegan a la cita con media hora de retraso, expulsando volutas de humo con toda arrogancia y con la invencible intención de rellenar los óvalos al buen tuntún de los carisellazos. Para ellos, claro, no será el reino de las universidades prestigiosas, y su futuro será el de los malos estudiantes de universidades de garaje que, sin embargo, cuestan a sus padres los dos ojos de la cara.

El lector supondrá que, a tono con la más limpia justicia poética, en esta crónica se aplaude la actitud honrada de aquellos que fueron al examen de admisión muy -como dicen las matronas- cariacontecidos. No del todo, realmente; porque descontando a un puñado de muchachos con los pies en la tierra, hay que ver en lo que evolucionan esos jóvenes que hicieron promesas ante el altar con tal de pasar a la universidad: una vez matriculados, aprenden rápido las mañas más odiosas y, así, se la pasan en las cafeterías con los pies sobre las sillas, enarbolado cigarrillos arrogantes y mirando por el rabillo del ojo a sus compañeros de lentes gruesos. Cerca de ellos, antes que una frase relacionada con el conocimiento universal, se pueden escuchar expresiones del tenor de “¡Ay Cata, no jodás: ayer estabas supercagada de la borrachera”. Les parece un gesto del peor gusto que se les adjudiquen lecturas superiores a las diez páginas, y cuando fotocopian algún documento lo usan para abanicarse en una clase en que, a la vez, dejan ver rostros de aburrida indignación ante lo que se les trata de explicar. Eso sí, son geniales y sabios a la hora de esgrimir pretextos para no cumplir puntualmente con sus trabajos, traficar con información horneada en internet, cancelar materias y hacer cómputos para calcular el promedio mínimo que necesitan para no ser expulsados de la universidad.

Especulo que tanta desfachatez se explica en que la más jugosa promesa con tal de poder empezar una carrera no fue hecha a Dios sino al Diablo, y éste, como se sabe, a nadie perdona una deuda que solo se paga con el alma… máter.