Adicciones: más allá de las sustancias

Adicciones: más allá de las sustancias

Es importante conocer las sustancias y saber cuáles son las más consumidas, tanto como saber que la juventud marca el momento de inicio, pero que el perfil en edades y género está variando.

“Recibimos adictos al alcohol y las drogas, también adictos al juego; a las personas –adictos emocionales–; al sufrimiento; compradores compulsivos; y personas con depresión y/o ansiedad”: así explica Javier Cárdenas, de la Fundación Rehumanizar, las distintas caras de las dependencias que tratan en la institución que funciona en San Lucas hace cuatro años.

Y hace esta claridad, porque en el fondo lo que se identifica es una incapacidad de la persona de estar bien, que él resume como “adicción a vivir maluco”. Por eso su programa propone un “movimiento interno del ser humano” y está basado en lo que él mismo vivió en su recuperación, que inició hace 13 años, con asuntos que vio que podían mejorarse, y en un sector de la ciudad en el que siente que faltaba una propuesta así.

Consumo en aumento

Marie Claire Berrouet, médica toxicóloga que trabaja en la Clínica El Rosario de El Tesoro, dice que resulta fundamental tener presente que, en Colombia, específicamente en Medellín, el consumo de sustancias viene en aumento, y sectores como El Poblado no escapan a ello. “Sus jóvenes –y es frecuente que consulten–, hacia los 17 años, aun en el colegio, empiezan a experimentar con sustancias; siendo la más común la marihuana”.
La doctora Berrouet señala con preocupación que surjan más consultas por cripa –10 veces más fuerte que la marihuana regular–, además el uso de medicamentos de control –para el dolor o el sueño–, con fines recreativos, que deberían estar restringidos, pero que se venden sin fórmula médica; esto además de las drogas de diseño como 2CB o cocaína rosada y el resurgimiento de otras utilizadas en los 70, como el LSD”.

La doctora habla de los jóvenes para recalcar el momento de inicio, pero dice que el perfil de consumidor es cada vez más amplio –en edades y género–; hace unos años la tasa era de dos hombres por cada mujer, pero la relación tiende a igualarse. “En el mundo consumen tres de cada cinco mujeres, pero solo una de cada cinco busca ayuda. Muchas consumen en edad fértil”.

“Sí hay salida, se pone mejor la cosa”

Como dicen muchos adictos y alcohólicos en recuperación al compartir su experiencia, hablar de lo que consumían y las historias asociadas a ese consumo es un lugar común: dolor, dificultades, agonía; es mejor invertir el tiempo hablando de la recuperación. Un camino es Alcohólicos Anónimos y su propuesta de 12 pasos, de la cual se han derivado otros como Narcóticos Anónimos (NA), Jugadores Anónimos, e incluso grupos para adictos al trabajo o al sexo.

“Alcohólicos Anónimos son hombres y mujeres que comparten su mutua experiencia, fortaleza y esperanza para resolver su problema común y ayudar a otros a recuperarse”, se lee en su literatura. El único requisito para pertenecer es el deseo de dejar la adicción. No están afiliados a religiones u otras organizaciones.

El camino de NA es el que le ha permitido a Alejandro estar limpio por 16 años. Su consumo se agudizó al irse a estudiar economía a Bogotá, donde pasó de rumbas fuertes con alcohol a probar la marihuana, que describe como “la puerta de entrada a las drogas”; pensaba que había descubierto el paraíso, y a los seis meses ya consumía éxtasis, cocaína, heroína, ácidos: “fueron tres años de infierno”.

“Yo viví la indigencia bajo techo”, afirma Alejandro, quien no tenía a su familia cerca, lo cual le daba una libertad que terminó esclavizándolo al consumo. Cuenta que, al año de estar en ese hueco se quería morir, deseando parar, sin lograrlo, intentando con sicólogos, siquiatras, amigos, opciones que no funcionaron. Consideró quitarse la vida, lo cual dejó de ser una opción al afrontar en familia el suicidio de su tío, pues sintió que no podía causar ese mismo dolor.

En medio de ese vacío espiritual, “no tenía nada adentro”, un día llamó a su mamá y le dijo que la vida le podía, ahí empezó un camino a la recuperación, con altos y bajos y distintas exploraciones por varios meses, hasta que llegó a los grupos.

Coincide con Javier Cárdenas, de Rehumanizar: dejar de consumir es el primer paso, pues al final este es solo el síntoma de una enfermedad profunda del alma, que se manifiesta en la adicción. Para Alejandro lo mejor del proceso es recuperar el amor a sí mismo y, de paso, hacia otros: “llenar ese vacío espiritual”.

Él lo resume en “ser más feliz y sufrir menos”, algo que quiere compartir siempre con otros adictos, por eso le preocupa que no haya un grupo de NA en El Poblado, si bien hay casi 60 en la ciudad. “La cercanía ayuda y entrar en contacto con personas de un contexto socio cultural similar ayuda”, concluye.

 

Cigarrillos

Para Lina Pareja está claro que el alcohol es una de las sustancias más usadas en El Poblado, además, identificaron adicciones no químicas como la ludopatía, donde se incluyen los juegos tradicionales, y también Internet y los videojuegos.

 

Prevención

La toxicóloga Marie Claire Berrouet destaca tres puntos básicos:

  • Sensibilizar a los papás. Este es un problema que puede presentarse en cualquier persona, por eso hay que estar atentos a cambios en el estado de ánimo o pautas de conducta y nuevas amistades. Tener un diálogo franco con los jóvenes. Algunos creen que cuando se les habla de droga se les enseña a consumir, hoy está claro que hay que hablar del tema, enterarlos de los riesgos.
  • El papel de las instituciones educativas es fundamental. Hay que educar al docente no solo en prácticas punitivas, sino, formativas y que haya un diálogo entre el colegio y la casa.
  • Llevar pronto al consumidor a sitios multidisciplinarios –con sicólogo, neurosicólogo, toxicólogo, siquiatra, trabajo social y con la familia–. Tener una evaluación inicial completa y muchas herramientas para intervenir, porque detrás del consumo hay factores diversos a considerar: separaciones, alteraciones en el afecto, bullying, baja autoestima. Es un problema profundo y si no se desarrollan políticas, si las EPS no autorizan pronto el acceso a este grupo de profesionales, y mientras más rápido inicie el consumo, en 10 o 20 años habrá una generación perdida.