Acerca de las crisis o de las oportunidades

  Por: Juan Sebastián Restrepo Mesa  
 
En todas partes se libra una lucha obstinada contra aquella dimensión de la vida que se escapa al control, saca de los refugios confortables, implica confrontación y cuestiona la integridad de lo que se es.
Se trata de una lucha imposible de ganar: la vida no es ni será una vida confortable en un sentido absoluto; su misma esencia es impermanente, paradójica e incierta. Vivirla implica asumir las crisis y el cambio como algo ineludible.
No obstante, se invierte más en luchar contra lo inevitable que en desarrollar aquellas herramientas que hacen la vida menos confortable pero más plena y satisfactoria. Se privilegia el miedo sobre el valor, la rigidez sobre la flexibilidad, el apego sobre la apertura, la certeza sobre la curiosidad y la evitación sobre el afrontamiento.
Se ignora que la dimensión poco confortable de la vida guarda su mayor riqueza, porque sólo asumiéndola se despliega el potencial humano. Se crece en amor, libertad y conocimiento únicamente cuando se sale de esa tibia cáscara de protección, donde sólo es posible vivir en “estado de sitio” y evasión y se asumen plenamente aquellas cosas que confrontan.
Es importante comprender que la búsqueda de la felicidad no es compatible con la negación obsesiva del dolor y la dificultad. Estos últimos no deben ser negados, sino aceptados y asumidos en la medida en que nuestros recursos lo permitan. Quien niega de manera obstinada y constante el dolor, genera sufrimiento.
Esto es particularmente válido para las familias, cuyo desarrollo normal atraviesa de forma recurrente períodos críticos de desorganización y reorganización, donde los viejos modelos y capacidades pierden su vigencia y se hace necesaria una transformación. Estos períodos conllevan grados variables de ansiedad y de dolor, ya que exigen renunciar a lo viejo, aceptar la incertidumbre del cambio y elegir y desarrollar nuevas formas de ser y hacer.
Una familia en crisis, al igual que las personas, está viviendo un llamado de cambio. No asumirlo implica estancamiento, sufrimiento y en el peor de los casos enfermedad. Asumirlo conlleva transformación y desarrollo: es la posición asumida frente a las circunstancias críticas la que establece la diferencia.
Estanislao Zuleta nos da un sabio consejo en su “Elogio de la Dificultad”: “Hay que poner un gran signo de interrogación sobre el valor de lo fácil; no solamente sobre sus consecuencias, sino sobre la cosa misma, sobre la predilección por todo aquello que no exige de nosotros ninguna superación, ni nos pone en cuestión, ni nos obliga a desplegar nuestras posibilidades”.

Próxima entrega, Las etapas del ciclo vital familiar. 1/8