Abrirle a Mahler fue un reto monumental

“Abrirle a Mahler fue un reto monumental”
Es el creador de Fanfarria para Gustavo, pieza que abrió a la Sinfonía no. 2 de Mahler en el Metropolitano

Si usted estuvo en el concierto de aniversario del Teatro Metropolitano, el pasado 2 de agosto, tuvo la fortuna de oír por primera vez en Medellín la Sinfonía no. 2, de Gustav Mahler, interpretada por una orquesta y coros de 200 músicos, dirigidos por el maestro Andrés Orozco. También oyó Fanfarria para Gustavo, una composición de Juan David Osorio, comisionada por el teatro para la ocasión.
Osorio es un joven de 27 años. Terminó sus estudios en composición en Eafit y actualmente empieza una maestría en el mismo campo. Si pregunta por él en dicha universidad, es seguro que lo identifiquen como “Serenato”. El apodo es reciente, pero la historia que le da origen empezó cuando Juan David tenía 13 años. Desde esa edad supo que el futuro le deparaba una vida como músico. Acompañaba a su padre a dar serenatas, aprendió con él a tocar guitarra, a interesarse en la flauta traversa y en la música popular, mientras en el colegio sus compañeros disfrutaban de la música rock. “Ellos oían Korn o Limp Bizkit y yo oía a Los Panchos”, dice.
Juan David se ríe mucho durante su entrevista con Vivir en El Poblado. Es un joven alegre y carismático, con un acercamiento humilde a la magnitud de haber compuesto Fanfarria para Gustavo.
Solo tuvo tres semanas para escribirla. Entre siete compositores convocados, el director Andrés Orozco eligió a Juan David. Hace seis años se habían conocido cuando la maestra Cecilia Espinosa recomendó a Osorio para componer un concierto para orquesta y violín que Orozco buscaba. Cecilia, directora de los coros Tonos Humanos y Arcadia, donde Juan David es tenor, sabía lo que hacía, pues anteriormente le había comisionado una pieza para las abadías benedictinas en Alemania, a donde el coro había sido invitado con la condición de llevar una obra de un compositor latinoamericano. La pieza era una misa con ritmos folclóricos colombianos, justamente el estilo que Andrés Orozco quería para su concierto.
En la segunda oportunidad de trabajo juntos, la guía de composición era, por supuesto, Mahler. “Es un homenaje a él”, dice Juan David, “históricamente, la fanfarria es una pieza alegre, ceremonial y escandalosa, que se usaba para la entrada de reyes a las cortes, pero la idea aquí no era tanto la alegría ni un tono festivo, sino una obra ceremonial y solemne; una fanfarria más oscura”. El resultado, aunque Juan David crea que a Fanfarria para Gustavo le queda uno que otro ajuste, fue un éxito.
No fue una sorpresa este éxito para su mamá, quien ante las pequeñas dudas de Juan David sobre la elección de carrera en el grado once, le dio casi una orden: “Usted estudia música porque es en eso en lo que le va a ir bien”. Las dudas continuaron hasta el tercer semestre de la carrera. Juan David estaba enfocado en la música popular, y aún hoy es un apasionado por los boleros y los ritmos del Pacífico. Solo cuando se acercó a las obras corales y a la forma en que Cecilia Espinosa las trasmitía, se dio cuenta de que la música clásica le gustaba y que desde la academia podía complementar esa vida que empezó dando serenatas.
“Todavía salgo a dar serenatas cuando me llaman, aunque ya no son tan comunes”, cuenta Osorio. Antes, en dueto con el papá, quien tocaba la guitarra y era la primera voz mientras él tocaba el requinto y hacía la segunda voz, se ganaba buena plata. Con eso pudo sufragar su primer viaje con el coro Tonos Humanos, a Malta. Ahora, cuando cursa la maestría, trabaja como profesor de teoría en Bellas Artes y dirige varios ensambles, lo hace por gusto, por el sentimiento que evocan canciones como “El camino de la vida”, “Madrigal”, “Sabor a mí” y otras de Héctor Ochoa o Los Tres Reyes. “No quiero olvidar que soy un músico popular”.

El oficio de componer
Para entrar a Eafit, Juan David presentó unas pequeñas piezas para dos guitarras. Las compuso de oído, desde la intuición, porque a pesar de haberlo hecho antes, no tenía la técnica y tuvo que pedirle a un profesor que le ayudara a transcribirlas al papel. Esas obras las recuerda con cariño por ser las primeras en la academia, pero de su trabajo en el pregrado ya tiene un catálogo con unas 20 composiciones.
Cuenta que ahora, para componer, toca un instrumento o se sienta a escribir sin acercársele a ninguno; eso depende del tipo de obra que esté creando. La musa a veces se viste de ritmos andinos, del Pacífico y del Atlántico. En ocasiones son melodías influenciadas por composiciones de Béla Bartók, Ígor Stravinski, Alberto Ginastera, Giya Kancheli o John Adams. Esa diversidad musical es reflejo de un gusto por muchos géneros. Juan David dice que uno tiene que oír de todo pero en su iPod usted no encontrará reggaetón.