A los pies del Maestro

El cuidar y ocuparse de sí, fue una cuestión fundamental en el pensamiento griego y occidental. Aunque fue reemplazado por el “conócete a ti mismo”, continuó ejerciendo su influjo. Recuperado por los llamados “pensadores de la sospecha” reaparece en la discusión y análisis filosófico de nuestro tiempo.

Epicuro utiliza el término therapeuein para referirse al cuidado que todo hombre debe tener de su alma. Todo estaba encaminado al mejoramiento de la vida del hombre. Aparece en Epicuro citado por Foucault: “Vacío es el discurso del filósofo que no cura ninguna afección humana. En efecto, así como una medicina que no expulsa las enfermedades del cuerpo no es de utilidad alguna, tampoco lo es una filosofía si no expulsa la dolencia del alma”.

Jesús también planteo una propuesta sorprendente del cuidado de sí y de la importancia de amarnos a nosotros mismos como fundamento del amor al prójimo: “Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?’. Jesús le respondió: ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’”.

La sabiduría del cuidado de uno mismo y de los otros podemos cultivarla a la manera de Jesús. Podemos acercarnos a él, tal y como nos lo presentan los evangelistas, para contemplar su modo singular de equilibrar el cuidado de sí mismo y de los demás. Mirarle para aprender a trabajar intensamente y descansar. No escatimaba sacrificio en la entrega de sí a quien lo necesitaba y a la vez sabía dedicar tiempo y energía a cultivar la amistad entrañable, escandalosa incluso; llamaba a los suyos a descansar junto a él. Sentarse sin más al borde de un pozo, pedir a una samaritana que satisficiera una necesidad suya; participar en banquetes y bodas; dejarse besar y ungir por mujeres, tener la osadía de invitarse él mismo a comer en casa de un recaudador de impuestos, de perder el tiempo conversando con niños… Tantas escenas de los evangelios donde vemos a Jesús sin prisa, contemplando, conversando, durmiéndose en una barca, disfrutando.

Es imprescindible recuperar la imagen de un Jesús feliz y no solo la de un Jesús profeta y crucificado. Observar cómo cultivó el silencio y la oración, para poder saborear la verdad profunda de su ser: hijo amado en quien su Dios Padre se complace. En esa experiencia profunda de encuentro con su Dios descubre que ambos son una misma cosa y que es uno con toda la humanidad; por eso puede decir: “Lo que hagáis a uno de estos mis pequeños a mí me lo hacéis”. Contemplándolo, aprenderemos el cuidado de nosotros mismos, de los otros, de las cosas, los proyectos, la tierra y su biodiversidad al estilo de Jesús, es decir, podremos humanizarnos a los pies del Maestro.
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