751

751
El arte conceptual basa su estrategia fundamental en la afirmación del valor superior de la idea sobre la actividad manual, que siempre había parecido predominar en los productos artísticos anteriores

Es habitual que, al enfrentarnos a una obra de arte, busquemos en ella una fuente de placer, lo que casi siempre se ha relacionado con la capacidad del artista para reproducir de manera más o menos exacta las apariencias de la realidad. Muchos de los movimientos artísticos del siglo 20 dedicaron sus esfuerzos a desmontar estas ideas, argumentando, entre otras cosas, que se trataba de la manifestación de conceptos superficiales, incultos y equivocados en los asuntos del arte sobre los cuales ni siquiera valía la pena discutir.
Sin embargo, el problema parece muy lejos de estar definitivamente cerrado.
Más allá de las consideraciones históricas, que nos recuerdan que en Occidente ese descubrimiento de placer en la reproducción de las apariencias fue visto como la prueba de la calidad artística de una obra ya desde la antigua Grecia, hoy se plantean teorías que van mucho más atrás y que ubican las relaciones entre arte y placer en estructuras antropológicas y biológicas fundamentales.
Éste puede parecer un rodeo innecesario para aproximarse a una obra de Antonio Caro (Bogotá, 1950), a quien se reconoce como uno de los más radicales artistas conceptuales, incluso más allá del ámbito colombiano. Porque, en efecto, ya desde sus comienzos, Caro expresó siempre su rechazo a la idea tradicional de que ser artista equivale a ser capaz de “pintar bonito”. Sin embargo, a pesar de que no pinta como los antiguos y que ni siquiera se preocupa de las apariencias de la realidad, quizá su obra sigue siendo fuente de un placer especial, sutil y a veces difícil pero no por ello menos auténtico.
“751” es un pequeño trabajo, de 35 por 25 centímetros, fechado en 1974, en el cual se pueden distinguir unos pocos elementos básicos. En la parte superior, aparece directamente pegada una boleta de chance en el sistema manual de la época, sin ningún tipo de intervención que pudiéramos llamar artística; es una realidad presente, no representada. Los restantes elementos, que se acumulan en la parte inferior, están realizados en acuarela: unos trazos simples en color verde crean la referencia a un maizal sobre el cual domina, en color azul, el número 751, el mismo del chance, que incluso parece estar superpuesto a las plantas de maíz y ocultarlas parcialmente; y, finalmente, contrapuestas a la firma y la fecha, tres palabras (“uno de cinco”) que viene a informarnos que no es una pieza aislada sino que ha sido trabajada en una pequeña serie, como si se tratara, por ejemplo, de un grabado.
El arte conceptual basa su estrategia fundamental en la afirmación del valor superior de la idea sobre la actividad manual, que siempre había parecido predominar en los productos artísticos anteriores. A partir de allí todo el arte contemporáneo centra su interés en las ideas, mientras que, por su parte, la crítica de arte se preocupa cada vez más por analizar los aspectos conceptuales de las obras. La esencia del arte aparece entonces como un pensamiento bello, ingenioso, perspicaz, inteligente, humorístico, irónico, inquietante, paradójico, sutil, incluso a veces hermético, que nos aproxima a algún aspecto de lo real.
Quizá “751” pueda leerse como una crítica irónica sobre la realidad nacional: por encima del trabajo encarnado en el maíz, que Antonio Caro ha utilizado siempre como una imagen de nuestras raíces culturales, los colombianos parecemos privilegiar el azar y la fortuna ganada en un momento de suerte. Y si pensamos en lo que el dinero fácil comienza a representar en la sociedad colombiana desde mediados de los años setenta, la ironía adquiere tintes de crítica política y social.
“751” de Antonio Caro, ya no tiene la existencia propia del arte tradicional, sobre todo porque, desde el punto de vista externo, casi que se disuelve en la nada; su realidad, generada por el artista, vive en las conexiones conceptuales que intentamos establecer con su mundo, es decir, en el espacio de la interpretación. Nos incita a pensar, con la certeza de que el pensamiento y la reflexión son fuentes inagotables de placer.