104 East, de la 26th Street

El cinco de enero pasado, el seguro azar me condujo frente a la casa donde el aduanero oscuro pasó los últimos veintiocho años de su vida

/ Gustavo Arango

Pasé las quietudes de fin de año pegado a una biografía escrita por Elizabeth Hardwick. Era la historia de un oscuro funcionario de oficina que vio extinguir su vida en las calles de Manhattan, a finales del siglo diecinueve, cuando la isla era todo Nueva York. La vida de aquel hombre era reducida. Al salir de su casa de tres pisos, se topaba de frente con los rostros adustos de las casas del frente. A su derecha, justo al lado, se extendía imponente una corte de arquitectura victoriana que ocupaba casi toda la cuadra. Al final de la calle, más allá de carretas y caminantes, podía verse el río. Todas las mañanas el hombre salía a trabajar en el puerto, en una oficina de aduanas. Todas las tardes regresaba con el mismo rostro sufriente y agotado de quien ya no se queja. Los días eran iguales. Ir y venir entre la casa y el trabajo. Arrastrar la amargura, obligarla a comer, a vivir, a trabajar, a seguir hasta el fin.

Arrastrar la amargura, obligarla a comer, a vivir, a trabajar, a seguir hasta el fin.

Raras veces se sonrió en aquella casa. Uno de los hijos se suicidó, otro murió temprano de enfermedad, la mujer habló con abogados y sacerdotes con la idea de divorciarse pero le faltó valor, sólo una de las hijas consiguió la redención de un matrimonio de subsistencia. El hombre aquel era silencio y desencanto. Mientras caminaba entre su casa y el trabajo componía versos en silencio, los pulía por semanas; sólo tomaba el lápiz cuando ya había conseguido ajustarlos por completo. Después de jubilarse solía salir de su casa a la misma hora a la que salía cuando trabajaba y se iba a sentar en un parque que estaba a dos cuadras. Invierno o verano no importaban. Regresaba a su casa a la misma hora a la que regresaba cuando trabajaba en las Aduanas.

En el parque prefería ver los pájaros. A los humanos ya los tenía muy conocidos y poco le interesaban. Los despreciaba, por su incapacidad para apreciarlo. Veía los trajines y esfuerzos de la gente y degustaba su ganada libertad. Cuando no componía poemas –y a veces cuando lo hacía– volvía a preguntarse cómo podría escapar de la maldición de no tener fe. Quería creer, pero no podía.

En toda su vida apenas había encontrado una persona que lo entendió. Coincidieron por unas semanas en las praderas de Massachusetts, cuando nuestro amigo tenía poco más de veinte años. Solían dar largas caminatas hablando de lo divino y lo humano. Una vez, había dicho a su amigo que no tenía ninguna expectativa de trascendencia, que se sentía listo para ser aniquilado.

Como gustaba de escribir, su acompañante anotó una noche en su diario: “Si fuera un hombre religioso, sería uno de los más verdaderamente religiosos y reverentes. Tiene una naturaleza noble y elevada. Merece la inmortalidad más que la mayoría de nosotros”.

Nadie más pudo ver esa fuerza escondida detrás de la modestia y la insignificancia. Cuando murió, el obituario del New York Times salió con el nombre equivocado y mencionó que cuando joven había escrito algunos libros. El cinco de enero pasado, el seguro azar me condujo frente a la casa donde el aduanero oscuro pasó los últimos veintiocho años de su vida. Sentí que una tristeza huérfana le pedía a mi corazón que la llevara. Seguí caminando en el frío sintiendo que Melville venía conmigo.
Oneonta, enero de 2015.