Y la moda nos domina sin dominarnos

Y la moda nos domina sin dominarnos
/ Esteban Carlos Mejía

Julián Posada parece un sastre de los de antes: no da puntada sin dedal. En el más reciente conversatorio de Vivir en El Poblado y el Centro Comercial Santafé, con paciencia, erudición y simpatía, desentrañó los intríngulis de un negocio apasionante: la moda más allá de las modas.
¿Una charla deshilvanada acaso? Fuimos del bikini al wonder bra, de los bluyines a los desfiles de pasarela, de los trajes de coctel a los perfumes. Pero nunca perdimos el rumbo: esclarecer los códigos más o menos secretos de la moda, reconocer sus efectos sobre nosotros, desenredar el ovillo de sus opulentos intereses económicos y culturales.
La moda busca la obsolescencia. Es ilusoria y efímera. No en vano es factor determinante en la sociedad de consumo. Julián recordó una verdad de a puño que pasa desapercibida: “consumir es agotar”. Es un ciclo aparentemente infatigable: algo se pone in, lo consumimos hasta volverlo out, a la basura, ¡no!, el chirimbolo resucita en el último momento, se vuelve a poner in, después out, in, out, in, out hasta su eventual agotamiento definitivo.
Al llegar a este punto le pregunté si ha habido alguna época en que la sociedad no se interese por la moda. No lo dudó: “Sí, esta en que vivimos. Hoy nadie se desvive por la moda. La hemos incorporado a nuestra existencia sin ocuparnos ni preocuparnos mucho por los trapos con los que nos vestimos y desvestimos. Nos divierte más enterarnos de los avances de los gadgets tecnológicos, celulares, tabletas, electrodomésticos, que comprar una camisa o un par de zapatos”.
Aproveché para averiguar obviedades. ¿Qué es prêt-à-porter? “Lo mismo que ready to wear”, me contestó, con picardía. “Ropa manufacturada lista para llevar en tallas estandarizadas, en contraste con la alta costura, haute couture, atuendos hechos a la medida por grandes modistos, de diseño exclusivo, incluso con certificados notariales de originalidad”.
Charlamos también sobre cosas menos frívolas. La minifalda, por ejemplo, ese inconmensurable hallazgo de Mary Quant, Dios me la conserve. Y del uso del bluyín por las mujeres, a veces como trampa para cazar incautos, a veces como cinturón de castidad. Y de panties, tangas y calzones: “simple cuestión de ilusión, de fantasías eróticas”. Para comprobarlo, destacó las diferencias entre el sex appeal de Ursula Andress, la despampanante chica Bond de El satánico doctor No en 1963, y Jessica Alba o Megan Fox en 2012. No hablamos de pantaloncillos ni de boxers, ¡qué descuido!
Para terminar, hizo un vertiginoso barrido por otros temas. El cuerpo es lo único realmente diferenciador; de ahí su uso como lienzo para tatuajes y piercings. El enriquecimiento de las grandes marcas de moda cuando descubren una fragancia: “la gratificación de un Chanel N° 5, por más volátil que sea, puede ser mayor que la de usar un vestido de Coco Chanel”. Los avances de la industria textil en nanotecnologías y en ética ecológica. Etcétera.
Creo que Julián Posada está más allá del bien y del mal. Por eso dice las cosas que dice. Por eso la gente lo oye como lo oye, con admiración y respeto. ¡Chapó, maestro!
Y prepárense para el próximo conversatorio, jueves 29 de noviembre. Literatura antioqueña para fin de año (Lo que hay que leer para saber quién soy). Con el escritor y filósofo Memo Ánjel. En Santafé hablamos.
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