Vuelve y se la juega

Víctor Gaviria
Vuelve y se la juega
De los dos mil millones de pesos que cuesta la próxima película del director antioqueño, hay 1.500 asegurados


En el barrio Nueva Jerusalén, en Bello, Víctor Gaviria rodará buena parte de la película. Foto cortesía Dani Goggel

Es el primer viernes de mayo. En su oficina en el barrio Conquistadores, Víctor Gaviria estudia varias de las 800 entrevistas realizadas en video para seleccionar a los actores de su próxima película. Prepara un segundo casting con los 350 preseleccionados, entre los que deberá escoger a 35. Repasa los videos una y otra vez con el interés del que se está jugando su futuro.

Y se lo está jugando. Su sello es su trabajo con actores naturales. De la nada, personas del común saltaron a la fama gracias a la fuerza que le imprimieron a sus personajes pero, sobre todo, gracias al olfato del director antioqueño. Ramiro Meneses, de Rodrigo D; el Zarco y Lady Tabares, de La Vendedora de Rosas, y Fabio Restrepo, de Sumas y Restas, por ejemplo. Víctor descubrió en ellos narradores e improvisadores natos, creyó en su talento, se arriesgó y demostró que sí podía hacer buen cine con este método que incluso lo llevó a Cannes. Ahora también sabe que de la acertada selección de los protagonistas depende el éxito de su próxima película.

Víctor Gaviria.
Foto cortesía Dani Goggel
Javier Quintero y Víctor Gaviria
durante el casting para
la selección de actores.
Foto cortesía Dani Goggel
El equipo de preproducción revisa el material grabado. Foto cortesía

“Hacer una película sólo con actores naturales es un reto inmenso, te pone a temblar del susto”, confiesa durante una pausa. Pero se tiene fe en estas lides. De igual manera que un escultor talla sin afanes la piedra en busca de una obra de arte, con paciencia de orfebre Víctor recorre los barrios en busca de posibles actores durante días, meses y hasta años, en una labor tan dispendiosa como encontrar un alfiler en un pajar. Este procedimiento esencial de su trabajo puede ser la pesadilla de los productores, para quienes el tiempo literalmente es oro. “¡Uff, este es un actor natural!”, dice cuando encuentra lo que está buscando. “¡El actor natural te hace creíble todo, te trae un sabor y un aroma a realidad extraordinario!”. Su temor retrocede entonces frente a esa magia inmensa que emerge ante la cámara, y vibra con la misma alegría del cronista que ve desaparecer el temible blanco de su página.

Por fin el futuro
Después de diez años de no hacer cine y a cuatro meses del nuevo rodaje, Víctor habla de nuevo del presente y del futuro. “He recuperado esa sensación de lo que es una película… es extraordinario porque llevo muchos años hablando del cine en pasado y ahora estoy mirando hacia el futuro, me ha quedado difícil dar la vuelta, meterme en el dinamismo del realizador y trabajar con un grupo de personas que están hablando de cosas que no se han hecho…”.

La película aún no tiene título, asegura. Descartó el de La mujer del animal, propuesta inicial basada en una historia real que le contó la víctima de la dominación de un hombre, un verdadero animal, en un barrio popular de Medellín. Precisamente a raíz del casting surgieron otro tipo de historias y relaciones, por lo cual ya no se limitará a una historia en particular. “Es la dramaturgia de la persona que es raptada, hecha cautiva, esclavizada, cogida, golpeada; de una persona que le dice a la otra que tiene que hacer esto, que no puede hacer aquello…”.

Por medio de secuencias, que para Gaviria son tan importantes como los actores, la película destapará las formas de sometimiento al que han estado sujetas muchas mujeres en Medellín y el proceso de normalización que se ha hecho de sus tragedias, así como las secuelas del abandono.

Con ella podría pasar lo mismo que con Rodrigo D en los 80, que abrió los ojos acerca de la realidad que vivían los muchachos de los barrios populares de Medellín, como también en los años 70 la poesía de Helí Ramírez develó la dureza de la cotidianidad en las laderas de invasión.

“La conclusión que uno va a sacar es que la gente ha sido cómplice de todas estas historias por miedo, por cobardía, por desinterés, por frialdad, por indiferencia, por alcahuetería, por odio, o por rencor, la gente ha sido cómplice, ha sido cómplice del animal”, anota Víctor.

Pormenores de una producción
El único reto no ha sido hallar buenos actores. Aparte de que el proceso se suspendió hace tres años -después de haber hecho cerca de 500 entrevistas- por falta de entendimiento con los socios coproductores (“yo quería imponer mis leyes como director de actores naturales y ellos querían hacer una película convencional”), no es tan sencillo entrar a los barrios para hacer el casting y seleccionar locaciones, así como el tema tampoco es fácil de digerir. Sobre estos y otros pormenores, Víctor Gaviria habló con Vivir en El Poblado. Los siguientes son apartes de la entrevista.

¿Cuál es la síntesis de la película?
Es cómo alguien interviene la libertad del otro, cómo le quita la libertad sin intermediaciones, y cómo los demás que están allí intimidados no intervienen, o dejan o miran para otro lado. Se sitúa en los años 70, en una época de delincuencia común, no hay delincuencia organizada, no ha entrado el narcotráfico, no ha entrado el parlache.

¿Cómo llegó a la historia del animal?
Una señora me contó qué le había pasado y me dijo que nadie le creía. Entonces me di cuenta de que el guión era no solamente saber quién era el animal, quién era ella, por qué había caído, cómo había logrado atravesar toda esa historia, sino también, sobre todo, qué hicieron los demás, por qué no se dieron cuenta y al cabo de los años dicen que eso no ocurrió, es lo más tremendo. Es una película en que todo el trabajo es un triángulo: muy investigado el animal, muy investigada ella, pero sobre todo qué responsabilidad tienen en esto los demás.

¿La protagonista vive?
Está viva, el animal murió hace muchos años, pero la historia no se reduce a esto, es esa y muchas otras más, se ha alimentado de muchísimas historias.

¿Qué percepción nueva le queda de la ciudad en este proceso?
Es el contacto con una población muy grande, no podría decir cuán grande, de miles de personas que han sido golpeadas muy duramente sobre todo por el abandono, y que los ha arrojado a ser muy vulnerables.

¿Cuándo se verá en las salas de cine?
Tiene que estar rodada este año y terminada, editada y entregada a Proimágenes en septiembre de 2015.

¿Sigue siendo muy difícil -económicamente hablando- hacer cine en Colombia?
Hay apoyos pero la película no la puede financiar el Estado totalmente. A través de la ley del cine te posibilita un 50% de financiación pero lo otro tienes que lograrlo. Nosotros solo queremos hacer una muy buena película y que el público la respalde, pero estamos haciendo un esfuerzo por hacer un producto cultural, no vamos a sacrificar nada por lo comercial.

¿Cuál es la gran diferencia con una película como Rodrigo D?
Esa es la diferencia: que debiendo haber diferencia, no hay. Han pasado tantos años, deberíamos haber cambiado tanto y no hemos cambiado nada.

¿Dónde se va a rodar la película?
En Nueva Jerusalén, un barrio de invasión que pertenece a Bello, en los límites del barrio París. Allá es el 80 por ciento (…). Y también vamos a trabajar en el barrio París.

¿Cual ha sido la principal dificultad para entrar a estos sectores?
Estamos en un momento en que la ciudad en general está en poder de unas personas que han pactado unos respetos territoriales. Hay unos tres o cuatro grupos más o menos y están muy repartidos, no vamos a trabajar en un lugar donde esté en conflicto el poder territorial. La ciudad está bastante pacificada en este caso.

¿Cuál es el equipo de trabajo?
Lo estamos formando, pero estamos trabajando con Gustavo Pazmín, que ha producido cuatro o cinco películas en los últimos años, y voy a trabajar con mis amigos, un grupo de artistas con los que he trabajado siempre, entre ellos el director de arte Ricardo Duque y el fotógrafo Rodrigo Lalinde. En el grupo también hay una nueva generación de gente joven que ha estudiado en las universidades y que nos ha sorprendido porque imponen un poco el toque de organización, gente que no es tan autodidacta como nosotros. Además nos han hecho caer en cuenta de algo que habíamos olvidado después de dejar de hacer cine tanto tiempo y es que el cine es una empresa de grupo, en donde no se puede salir adelante sino hay un trabajo muy organizado, donde la gente deje de lado todo tipo de protagonismo y egoísmo.