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No son mudos, ni sordomudos. Esas palabras los ofenden. Son sordos, y con teatro y educación inclusiva buscan reconocimiento
'La Rueda Flotante', 'Escuela de arte sordo', 'Pedagogía de los sentidos', son algunas de las cosas que dicen.
A la izquierda, Juan Diego, director y Andrea Marín, intérprete


Por Laura Montoya Carvajal

"Anteriormente nos golpeaban en las manos si hacíamos señas, nos obligaban a oralizarnos y aprender a hablar", indica usando sus manos y rostro Miladis Congote. "Veíamos mucha discriminación, era muy difícil ir al médico, o para ir a la Notaría entonces eran el susto, la confusión, el no saber qué hacer", continúa.

En la Parada Juvenil de la Lectura, la carpa de la Corporación La Rueda Flotante es la más concurrida. Allí los jóvenes actores sordos enseñan cómo decir "transexual", "gay", "sexo", porque acompañados de algunos hombres y mujeres transexuales quieren demostrar que, tanto sordos como trans, se comunican y se identifican con su cuerpo.

También, muestran como ponerse los dedos de una mano en la comisura del labio puede significar "abuelo", y con gestos y escenas de teatro divierten y enseñan sobre su proyecto, que ya cumple cuatro años.

Juan Diego Zuluaga es actor de teatro, historiador y el director de la corporación. Es oyente, pero el trabajo de su mamá lo sensibilizó con la población con discapacidades, lo que lo llevó a encontrarse con la comunidad sorda y a trabajar con ellos. En Medellín a 2013 había 6.724 personas sordas, según un informe del Instituto Nacional para Sordos.

Miladis Congote y Angie Catalina Tobón. Fotos Sébastien Herbiet

"Comunidad porque hablamos de cultura sorda: ellos tienen un código lingüístico, una historia, ritos particulares, una identidad política incluso", explica Juan Diego. Miladis, quien es subdirectora y actriz hace tres años del Teatro de sordos, complementa: "La Federación Nacional de Sordos (Fenascol) ayudó a que se aprobara una ley que reconocía la lengua de señas como género lingüístico. Esto, en parte, nos ayudó a tener muchos derechos, pero ha faltado por avanzar. La responsabilidad está en la comunidad sorda, en hacernos ver y solicitar reconocimiento".

Una de las mayores ofensas para los siete chicos que integran el grupo de teatro es que les digan mudos. "Siempre está el paradigma de que somos mudos, esa es una palabra totalmente denigrante para nosotros, no nos pertenece y exigimos respeto", dice Angie Catalina Tobón. "Me siguen diciendo mudo, pero solo soy sordo, yo tengo una voz, no sé hablar normal porque no aprendí, pero no soy mudo", completa Norbey Vargas.

Para ellos, la legislación nacional que ha ido avanzando les ha ayudado a ganar derechos, pero la actitud de las personas y las administraciones todavía los relega a ser simplemente discapacitados. "Medellín está muy atrasada en nuevas tecnologías y posibilidades de participación para la comunidad sorda", declara Juan Diego, asegurando que para la comunidad, estas nuevas tecnologías fueron revolucionarias para su comunicación con otros sordos y el intercambio de conocimientos en otras latitudes.

En la corporación, además de la propuesta artística, abrieron en febrero una casa de sordos en el barrio Bomboná, donde tienen sensibilizaciones de lengua de señas para sordos, oyentes e hipoacústicos (parcialmente sordos), talleres creativos, una propuesta de pedagogía de los sentidos y otras actividades. Desde el comienzo han realizado eventos con buena convocatoria, que van desde teatro, baile, artes audiovisuales hasta festivales de canción visual.

"Cuando actuamos, nos caracterizamos por el silencio. Son obras de teatro que no se presentan con un intérprete de señas, se hacen con mucha expresión corporal, sin embargo los oyentes en este caso quedan en la misma situación en la que estamos nosotros todos los días. Entonces ¿de quién es el problema?", reflexiona Miladis.



Aunque sus eventos han tenido buena acogida, recientemente no han podido asistir a invitaciones a actuar en otros países por falta de apoyo y recursos. Juan Diego argumenta que el reconocimiento es difícil de ganar, porque aunque les falta un sentido no pierden capacidades para estar en sociedad, como el estigma social indica.

"Puedo salir, hacer lo que yo quiera y trabajar, así la gente piense que no puedo. Empecé a trabajar desde los 11 años y fue muy complicado, pero luego me dieron otra oportunidad y pude desarrollar mis capacidades, nuestras habilidades están en lo manual y visual", cuenta Norbey, que trabaja en construcción.

Anderson Valle, que ha estado durante 4 años en la Rueda, asegura que "mi intención siempre ha sido velar no sólo por mi bienestar sino pensar en mi comunidad, no es justo seguir permitiendo la discriminación en una sociedad supuestamente abanderada de procesos nuevos e influyentes. Siempre me he propuesto luchar por impactar los espacios sociales de dónde hemos sido excluidos sin justificación, cabe mencionar el ámbito educativo, laboral en algunos casos".

Juan Diego explica que muchos de ellos han mejorado su calidad de vida con el trabajo en la Rueda. Enumera que buscan que sus procesos de socialización sean mejores, que adquieran habilidades para la vida, se encuentren con sus pares, tengan más autoestima, autonomía y competencias en el español. "El teatro te expone al público", menciona el director. Esto, en su opinión, fortalece todas estas competencias en los jóvenes.

Una multitud de oyentes imita las señas de "autopista", "barrio" y "novios" en la carpa de La Rueda Flotante. Las señas, un lenguaje ágrafo y tridimensional, salen del cuerpo de Miladis que lidera la activación. "Ya no nos enfocamos en buscar ayuda. Tratamos de hacernos visibles, mostrar que podemos, que tenemos habilidades y crear un impacto en la sociedad", concluye la mujer sorda.

El teatro de sordos de La Rueda Flotante se presentará el viernes 15 y el sábado 16 de julio con la obra La marcha del durmiente en el Teatro Exfanfarria. Más información en Facebook: @laruedaflotante
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