Viuda de pescado

Viuda de pescado
Un cuento escrito por Leonardo Muñoz Urueta

Cada que llega la brisa del mes de julio, desempolvo los pantalones de Antonio. Los lavo y luego los pongo a secar a pleno medio día en el patio. Los días de sol me recuerdan a Antonio y puedo oler su sudor a arena mojada y a viuda de pescado.
—¡Ay comadre, Isabel, si usted sigue lavándole la ropa al difunto de su esposo, él no va a descansar en paz!— me dicen las vecinas cuando me ven colgar la ropa.
Después de cuarenta años de su muerte, Antonio todavía está aquí. El domingo pasado, la casa toda, a mediodía olía a viuda de pescado.
Antonio acostumbraba traer bocachicos de La Albarrada para prepararlos en viuda.
Pon una taza de agua a hervir, me decía.
Yo empezaba a picar una cebolla y un tomate, él se quitaba la camisa sudada y la ponía en el espaldar de la mecedora. Luego se sentaba y se echaba fresco con mi abanico de papel de arroz, el mismo que me compró el día en que nos casamos.
La primera noche de su velorio, le puse tres vasos de agua en el altar, a él en vida le gustaba tomar varios vasos de agua, después de comerse la viuda de pescado.
Ahora, nadie me cree, pero en los medios días claros de julio, huelo su sudor y en la penumbra lo veo tranquilo, apacible, transparente, mirándome, me mira con esos ojos abiertos, los mismos del día de su muerte.
Cada que voy a la albarrada a comprar los bocachicos frescos, me acuerdo de ese día aciago en julio. Antonio estaba supervisando la descarga de bultos de arroz desde la lancha. Hacía pocos días el médico Blanco le había recomendado reposo, por dolores punzantes en el pecho. Pero Antonio le respondió con gracia “Vea doctor, si la muerte va a venir por mí, que me coja trabajando”.
Para apresurar la carga, Antonio se echó un bulto en sus hombros, dicen que le dio un paro cardiaco o un derrame interno, se puso pálido, se orinó en los pantalones y se desplomó. Recuerdo ese día, yo estaba en el patio, bajo la sombra de los palos de mango, arrollando los bocachicos. Había hecho un hueco en la tierra, no muy profundo, les había puesto cuatro capas de hojas de plátano, sobre estas había colocado la yuca, el plátano y encima los pescados con la sal.
Lo cubrí con varias capas de otras hojas, asegurándome de cubrirlo todo muy bien, para evitar que se ensuciara con la tierra. Lo cubrí todo con la tierra que removí y preparé un fuego con leña encima, debía alimentar el fuego con astillas de madera, para que durara dos horas. Luego removería los tizones, levantaría la tierra y sacaría la viuda que se sirve en las mismas hojas de plátano con que se coce.
Ese día, escuché que tocaban a la puerta, eran toques secos y desesperados. Aún era temprano para que Antonio llegara. Abrí la puerta, era mi compadre José Emiliano, estaba sudando y respiraba entrecortado, Comadre, Antonio se nos murió.
Recuerdo que fui a la albarrada con mis manos sucias de escamas. Cuando me acuerdo, los ojos otra vez se me nublan de lágrimas. Ahí estaba el cuerpo de Antonio, tenía la camisa desabotonada, estaba frío.
Cada que llega el mes de julio, desempolvo los pantalones de Antonio. Los lavo y los pongo a secar en el patio.
Cuando los pescados, en el lecho de las hojas de plátano, empiezan a exhalar vapores, escucho a Antonio que llega a la casa, se quita su camisa sudada y la pone a secar en el espaldar de la mecedora. En el silencio de las doce en punto en la casa, huelo el sudor a viuda de pescado de Antonio. Me pide un vaso de guarapo de panela con jugo de naranja agria. Antonio suda cuando come la viuda de pescado. Se lo come con las manos. Puedo verlo, sentado en la mecedora, mirándome con esos ojos claros, apacibles, en la penumbra de este medio día de estío.