Una vida de tango

Horacio Arbeláez
Una vida de tango
Este artista, investigador, escritor y compositor ha dedicado su vida a cantarle a Guayaquil y a la ciudad

Cuando tenía 14 años, Horacio Arbeláez vivía en el barrio Belén San Bernardo y se escapaba con un primo para Guayaquil, el centro industrial de Medellín. Bancos, laboratorios, empresas, miles de mujeres trabajando en esas empresas y otras miles deambulando. Vendedoras de morcilla por aquí, de flores al otro lado, una pensión en una esquina, una casa de citas en la otra, una tienda, un café, un bar, un billar, otro prostíbulo, otra empresa, recuerda. La noche y la ciudad iluminada lo encantaron. Una ciudad en donde pululaban lo malo y lo bueno. Era 1954.

“Un día me quedé en Guayaquil y no volví a la casa. Pero fui muy demalas porque al año me encontraron”, cuenta entre risas Horacio, quien para entonces se la estaba gozando allí donde convivían artistas, intelectuales, pícaros, ladrones, prostitutas, coleccionistas, investigadores, pobres, ricos y bailarines. “Guayaquil recobró el aura que perdió La Candelaria durante el proceso modernizador de la ciudad, dándole una vida extraordinaria…”. Fechas, recuerdos y hechos históricos siguen frescos en su memoria.

Por aquellos días Horacio y la ciudad estaban unidos por el tango. El tango le permitió narrar lo que veía, sus vivencias, los amores violentos y apasionados. En general, la vida. En los traganíqueles se oían bambucos, pasodobles, carrileras, pero sobre todo rancheras y tangos. Los discos los vendían en los grandes almacenes del Parque Berrío.

Al tango le tomó cariño desde niño. Su madre, poeta, escritora, amante del teatro y el erotismo, lo bailaba y lo cantaba. Su padre, ingeniero, entregado al lenguaje y a la historia, también. A los nueve años Horacio ya sabía más de 40 tangos y desde 1955 empezó a escribir los suyos.

Medellín tango nuestro
Eran las 9 de la mañana y Horacio Arbeláez permanecía en el café al que había llegado la noche anterior. Quedaba en el sector El Arrojito, Manrique Oriental, y de pronto reventó una pelea entre él y quienes lo acompañaban. A la pelea y al barrio les hizo un tango. También a una mujer que frecuentaba el café El Dorado. “Era de exposición”, recuerda. Medía 1.90 de estatura. Indigentes, vendedores de prensa y él pasaban por allí solo por verla. Un día apareció muerta en Aranjuez. Dijeron que fue un taxista, pero eso nunca se aclaró. Entonces él cantó: “… Fueron tus noches de embrujo, entre Amador y San Juan, y en tu perfume e influjo brillabas dorado como un talismán…”.

Su obra comprende 300 tangos. Calle San Juan, Antigua Bayadera, Café Santa Cruz, Barrio San Diego, Barrio Manrique, Dónde estás Medellín, Te amaré Medellín, Guayaquil City y Los lunes de Medellín, son algunos de ellos, todos inéditos.

Con el proyecto Medellín tango nuestro, Horacio se propone hacer una antología de tangos colombianos. Su apuesta ha sido crear un tango propio que pueda competir internacionalmente y rescatar la producción que se realizó en la ciudad, de 1927 a 1960. “Amo profundamente el tango, la historia argentina, la obra de Gardel, pero pienso a Medellín y al país”.

En mayo de 2013 salió vestido de esmoquin en el Café del Teatro Pablo Tobón e interpretó su recital Memorias de ciudad.
En un estudio en el barrio Manila, de El Poblado, junto a su agrupación ha hecho el montaje musical de unas 20 composiciones. Lo acompañan el tenor Juan Guillermo López, en el piano Julián López y en la guitarra David Peréz.
Durante años ha estado involucrado en proyectos referentes al tema. Propuso junto a Leonardo Nieto y la Casa Gardeliana el proyecto Gardel 2000 e hizo parte de la propuesta de la Plaza Gardel en el Aeropuerto Olaya Herrera.


Un polifacético viendo el mundo
“Las paredes del museo están colmadas, infografías de Cárdenas, casi 200 de Arbeláez, decenas de la historia de la Facultad de Derecho”, dice un recorte de prensa del año 2007 en memoria de la exposición de su obra pictórica en el Museo Universitario Universidad de Antioquia. Esta comprende cuatro líneas: la erótica, la ecológica, la política y la de tango (en esta son memorables El arquetipo que dejó Gardel y La ciudad te aclama), además de dibujos hechos en lapicero.

Horacio, un hombre de ver el mundo, que ama libremente y al mismo tiempo aprecia el amor, no solo se fue al barrio Guayaquil. Viajó hasta Machu Picchu en Perú y caminó por la península de Crimea en Ucrania. Anduvo con campesinos, hippies, marxistas, escritores como Manuel Mejía Vallejo y los nadaístas. Optó por las lenguas. Estudió hebreo, arameo, lenguas aborígenes y lunfardo. Enseñó la Kábala y dio clases de yoga a mujeres de la clase alta en El Poblado. En muestra de ello, cuando camina por la calle, de vez en cuando se detiene, estira las piernas en un muro y alcanza con sus manos las puntas de los pies.“ Y mis nietas dicen que estoy muy viejo”, ríe, y sigue caminando derecho y elegante. ¿Qué le falta? Publicar su obra literaria. Tango y miseria y El último canto de piscis, son algunos títulos que esperan serlo.

Horacio Arbeláez, a quien algunos conocen por su seudónimo Cheo Ferrer, se define como un humanista dedicado al arte. Como se le ha visto y ha vivido, como un excéntrico tanguero de corbata, uno de corbata torcida y de retorcida cabeza.