Una semana sin Laura

Hace días recibí una circular de la rectora del colegio de mi hija, en la cual me informaba que, según no sé qué resolución del Ministerio de Educación Nacional, Laura no estaría en vacaciones hasta el 9 de julio sino hasta el 3. La buena monja, sabedora de la importancia de las tradicionales vacaciones de mitad de año, tomaba la decisión a regañadientes y advertía, al final de la esquela, que la corrección al calendario estaba motivada “exclusivamente por la nueva legislación”. Según el adefesio ése, la semana robada a los escolares será respuesta en octubre, en una suerte de Semana Santa sin santos en que los niños tendrán que entretenerse frente a la televisión o sabe Dios cómo, resignados a la soledad vacacional alejados de sus padres, dado que ellos estarán sumidos en el cacareado “trabajar, trabajar, trabajar” presidencial.

Los miles y miles de profesores que -con algunas excepciones- malviven en Colombia, tienen alguna recompensa cuando, por el receso lectivo, vuelven a ser por quince días los directos beneficiarios de la compañía de sus hijos. Sin embargo, la “nueva legislación” pone en jaque ese derecho, devorando una de las semanas con que los padres contaban a la hora de acomodar sus días de descanso de mitad de año. En mi caso, me resigno desde ya a, por un lado, madrugar a preparar lonchera durante una de las semanas de mis vacaciones y, segundo, a estarme en casa durante ese mismo lapso, extrañando a mi hija en medio de la ociosidad de la primera semana de julio: días que, históricamente, se dedicaban al bronceador o los paseos montañosos. Y sé muy bien que el inocente lustro con que apenas cuenta Laura no le impedirá sentir la monotonía de aquella semana con que la caprichosa legislación la indemniza en octubre: durante esos días, con existencialismo precoz y televisivo, creerá que la vida es un constante ir y venir de canal en canal.

La actitud de nuestro gobierno ratifica lo que hace casi siglo y medio alegó Felipe, un personaje de Gregorio Gutiérrez González: aquí todo se da a favor de los negocios. Tal ha sido el origen de la reforma vacacional: habilitar, a mediados del segundo semestre, una semana para paseos, comilonas y compras de familia en días de asueto; una temporada dorada para el comercio, en detrimento de las expectativas familiares y de los ritmos de reposo y estudio de los estudiantes. Sin embargo, la astucia de nuestros sabios legisladores no alcanza para que entiendan que para tapar un hueco es necesario cavar en otro lado, y que poco sirven las vacaciones cuando la billetera del hogar -léase el padre- está amarrada a otra agenda. Y están los otros líos suscitados por los irresponsables legisladores: niños que, por falta de cuidador, irán a trabajar con sus progenitores o a estarse toda la mañana en la tentadora -o espantable- soledad de su casa.

El gobierno negocia con secuestradores y asesinos pero no con maestros en paro, y manosea la intimidad de las lógicas lectivas y familiares para complacer a Fenalco. La educación es la Cenicienta de la patria, y se adivina que no habrá para ella zapatillas de cristal.
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