Una mirada al alma de Marco Tobón Mejía / Obra del mes

Un pequeño relieve circular en bronce que, hacia 1923, dedicó el escultor a su hija Rosa María. Zazá fue la forma de llamarla familiarmente y ese nombre es el mismo que se da a la obra en la colección del Museo de Antioquia
 
Por Carlos Arturo Fernández
La producción de las obras de arte no es gratuita ni espontánea; al contrario, como toda actividad humana, siempre está marcada por un interés del artista, una preocupación, o el deseo de lograr con ella un objetivo. La variedad que presentan las obras a lo largo de la historia es también el testimonio de la extraordinaria diversidad de intereses que persigue el ser humano.

Un buen ejemplo de ello se encuentra en un pequeño relieve circular en bronce que, hacia 1923, dedicó el escultor Marco Tobón Mejía a su hija Rosa María. Zazá fue la forma de llamarla familiarmente y ese nombre, escrito por el artista en el bronce, es el mismo que se da a la obra en la colección del Museo de Antioquia.

Marco Tobón Mejía nació en Santa Rosa de Osos en 1876. En Medellín se formó como artista bajo la guía de Francisco Antonio Cano y más tarde, en 1909, se trasladó a Europa. Permaneció casi todo el resto de su vida en París, exceptuando dos cortos períodos en Italia y un regreso a Colombia entre 1927 y 1928. Murió en París en 1933.

A pesar de la distancia geográfica, Tobón Mejía se mantuvo estrechamente vinculado con su patria; de hecho, casi la totalidad de su producción artística está formada por encargos que recibía desde Colombia y por proyectos destinados al país: desde monedas y medallas hasta grandes monumentos en bronces o mármol.

Dentro de esa gran masa de trabajos, que están dirigidos casi todos a ser ubicados en espacios públicos o a un uso oficial, el pequeño relieve de Zazá presenta una condición diferente que nos permite aproximarnos a la multiplicidad de intereses que guiaban su trabajo.

Ante todo, resulta obvio que este no es un encargo oficial sino una obra privada, en la cual se manifiestan la intimidad y la tierna relación de un papá amoroso con su única hijita. Por supuesto, el hecho de que conozcamos el contexto de la obra nos permite percibir asuntos que en otras circunstancias, por ejemplo frente a una obra de autor anónimo que represente un personaje desconocido, apenas podríamos suponer. Pero aquí nos sentimos seguros al ingresar en el alma de Tobón Mejía. Nos resulta evidente su entrega a la ternura para que sea ella la que guíe sus ojos y sus manos al trazar el perfil de la niña, al jugar con la fluidez de sus cabellos y al detenerse en los delicados toques de la decoración del vestido.

Pero las decisiones de Marco Tobón Mejía no se detienen en la ternura sino que pone al servicio de esta sus profundos conocimientos acerca de la historia del arte. Como en muchas de sus obras, el pequeño bronce de Zazá se inspira en las pinturas y relieves de los artistas del Renacimiento italiano del siglo 15, que Tobón Mejía es capaz de estudiar en detalle y traer a la obra del presente. No es un interés casual. Por este camino, es como si el artista buscara inscribir su relieve Zazá dentro de la gran tradición artística occidental, y, además y sobre todo, vincular a su hijita con un mundo que, al menos dentro de nuestro imaginario, aparece como la más alta expresión de la belleza y la cultura.

Pero todavía podemos ir más allá dentro de los intereses de Marco Tobón Mejía en esta obra, al pensar que está realizada en bronce: un material permanente, casi eterno, aparentemente liberado de los avatares del tiempo, y que es como un símbolo que garantiza la supervivencia del amor y la ternura.

Zazá es una obra pequeña, casi desconocida, escasamente publicada. Pero es también una puerta que nos permite descubrir las razones más profundas que movían la vida y la obra de Marco Tobón Mejía.
opinion@vivirenelpoblado.com