Una Educación para la Libertad


Por: Jorge Alberto Vega Bravo

Una de las aplicaciones prácticas de la antroposofía con importante presencia en muchos países del mundo es la Pedagogía Waldorf. Este modelo educativo nació en Stuttgart en 1919 cuando R. Steiner fundó la primera escuela para los hijos de los trabajadores de la fábrica de cigarrillos Waldorf-Astoria. Steiner había puesto los fundamentos de su propuesta pedagógica en diferentes conferencias y textos; una de ellas se destaca como piedra fundamental: “La educación del niño a la luz de la antroposofía”, conferencia dictada en Berlín en 1907. En ella afirma: “Voy a concentrarme en uno de nuestros más trascendentales problemas: el educativo. No plantearé demandas ni programas, simplemente describiré la naturaleza del niño y de esa naturaleza en vías de desarrollo, surgirá por sí sola la teoría educativa”.
Y para cumplir este cometido Steiner parte de “la contemplación de su naturaleza oculta” y describe al ser humano como constituido por cuatro niveles de organización: un cuerpo físico: el único que vemos y tocamos y tres niveles suprasensibles o no perceptibles por los sentidos. El cuerpo vital, responsable del crecimiento y la forma corporal; es el constructor y artífice del cuerpo físico. El cuerpo astral o sensible, vehículo del dolor y del placer, del instinto y la pasión. Y un cuarto nivel, “no compartido con otras criaturas terrestres: el sustrato del Yo humano; el vocablo ‘yo’ sólo sirve para distinguir a uno mismo. Y el destacarse a uno mismo como yo, es un acto que el hombre ha de realizar en su propio interior. Este sustrato del Yo es la expresión del espíritu y, por poseerlo, el hombre es la cúspide de la creación”. “El educador ha de trabajar sobre estos cuatro miembros de la naturaleza humana, lo que implica su previo conocimiento”.
Además del nacimiento del cuerpo físico en el parto, la antroposofía reconoce tres nacimientos más. Hasta la muda de los dientes de leche, el cuerpo vital permanece envuelto por las fuerzas de la madre y en este período trabaja en los procesos de formación de los órganos. Con la segunda dentición, una parte de estas fuerzas vitales asciende a la cabeza y se transforma en fuerzas de pensamiento. Nace el cuerpo vital y el niño está dispuesto para los procesos de aprendizaje. De este proceso se desprende una de las reglas de oro de la Pedagogía Waldorf: el niño debe dedicar sus primeros años a aprender a vivir y no a estudiar: y esto se logra a través del juego libre, de las narraciones de cuentos, de la sana imitación. El aprendizaje con contenido intelectual antes de la muda de dientes desgasta las fuerzas vitales del niño y violenta su proceso de desarrollo. Los que hemos tenido los hijos en escuelas Waldorf, sabemos que el preescolar Waldorf crea en el niño las condiciones para un desarrollo armónico y libre.
Steiner cita al poeta Jean Paul quien escribió en su “Tratado de la educación”: ‘Un trotamundos aprende más de la nodriza en sus primeros tres años que en todos sus viajes juntos’. Y es que el párvulo no aprende por instrucción o amonestación, sino por imitación; sus órganos físicos adoptan sus formas por la influencia del medio material y “los fundamentos para un verdadero sentido moral descansarán en su cerebro y su circulación sanguínea si el niño observa acciones morales en torno suyo”. Imitación y ejemplo son las palabras claves para la educación en el primer septenio.
Los otros dos nacimientos suceden: uno entre los 12 y 14 años cuando emerge el cuerpo emocional, ligado al despertar de las hormonas sexuales y otro alrededor de los 21 años cuando el yo penetra en la corporalidad y adquirimos nuestra completa identidad. Este período entre los 7 y los 21 años es el tiempo propicio para el desarrollo del sentir y del pensar abstracto. A ello nos referiremos en otra ocasión.
En Colombia, la Pedagogía Waldorf tiene una presencia cada vez más importante. El primer colegio es el Luis H. Gómez fundado en Cali hace 32 años y con una sólida trayectoria. En Medellín se encargó de difundir la Pedagogía Waldorf Doña Benedikta zur Nieden de Echavarría, quien fundó el Colegio Isolda Echavarría hace 27 años. Luego se fundó el colegio Rudolf Steiner, en La Estrella, el colegio Ramón Arcila, en el Carmen de Viboral y el colegio Paraísos de Color, en Medellín. En Chía funciona hace varios años el Colegio Monte Cervino y en el país hay varios jardines de infancia. En Medellín la Fundación Arca Mundial y en Cali la Fundación Tarapacá trabajan con Pedagogía Social dedicada a seres ‘necesitados de cuidados anímicos especiales’.
“Vivir en el amor a la acción y actuar en la comprensión de la voluntad ajena, es la máxima fundamental del hombre libre”. R. Steiner.
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