Una conversación de amor con Fernando Vallejo

Una conversación de amor con Fernando Vallejo
Viaje a los recuerdos con un Fernando Vallejo que no ha dejado de ser como siempre fue: sensible, cálido y gozón

Por Luz María Montoya Hoyos
“Yo creía que esto iba ser una conversación de amor”, me reprocha el más irreverente e iconoclasta de los escritores de habla hispana, cuando observa mi frenética búsqueda de la grabadora para hacer la entrevista.
En la sala de la casa de su familia, tengo claro que entrevistarlo no va a ser fácil. De hecho, no lo hago. No deja. Menos mal, porque no quiero caer en lugares comunes, preguntándole lo de siempre: sobre el supuesto odio por Colombia, sobre sus peleas con la Iglesia, sobre su amor-odio por Medellín. Más de lo mismo.
Por deseo suyo, la conversación gira alrededor de mis recuerdos de infancia. No me recibe por ser periodista. Mis padres y sus padres, Aníbal Vallejo y Lía Rendón, se conocían desde jóvenes y, en los 60, compraron fincas aledañas en Támesis. La de ellos era La Cascada, la misma que menciona en su libro Mi hermano el alcalde. Me recibe con la dulzura que vi en él cuando yo era una niña y él era uno más de los nueve hijos de los vecinos.
Fernando era alto, buen mozo pero, sobre todo, encantador. Casi siempre llevaba gafas deportivas que se quitaba para saludar con simpatía mientras avanzaba por el corredor de nuestra casa, donde solía sentarse a jugar ajedrez con mi mamá. “Fernando me pone los pelos de punta”, decía ella feliz y nerviosa, porque él era un gran contrincante. Era un depredador, no perdonaba ficha; se las comía en medio de un escándalo de carcajadas, gritos y brincos sobre la silla. A cada ficha perdida, mi mamá también gritaba, pero del susto. Verlos jugar ajedrez, invisible y callada, al lado del tablero, era para mí uno de los momentos más emocionantes de las vacaciones.
Ahora le digo que, por recuerdos así, nunca he logrado conciliar la imagen hosca, huraña y amargada que han replicado los medios, con la de aquel ser dulce, sensible y gozón. “Yo siempre soy igual”, replica. “Todo es mamando gallo. Casi siempre estoy mamando gallo de verdad”.
Como gran infidencia, le hablo del temor de mis hermanos cada vez que sale un libro suyo. “Por esta vez nos escapamos”, respiramos tranquilos al terminar de leer y corroborar que no menciona a los vecinos conchudos que iban todos los días a bañarse a la piscina de La Cascada. Si no tiene inconveniente para referirse a su madre como “la loca” y a su hermano menor como “el gran güevón”, sabemos que no tendría reparos para volvernos trizas. La nuestra es una vergüenza tardía y colectiva. Para mi sorpresa, ni a él ni a Aníbal, su hermano, presente en esta conversación, les molestaron jamás nuestras visitas. Le refiero que una vez Lía (“la loca”) nos recibió con cepillos de dientes viejos para que ayudáramos a lavar la piscina vacía. Mi hermano mayor, que nunca se había bañado en la piscina y que ese día fue obligado por nosotros, tuvo que tragarse la dignidad y sumarse a la tarea. Aníbal y Fernando se disculpan, con casi medio siglo de retraso, por algo de lo que no fueron conscientes, y cuentan historias similares de su mamá, quien tenía la costumbre de poner a hacer oficio a cuanta visita llegara.
Vallejo no me deja anotar nada, pero él sí lo hace: datos, nombres, detalles, recuerdos. Cuando le cuento la reacción de mi madre, la vez que a Lía le dio por desacomodar a su familia y marcharse a vivir a Cartagena: “Ve, pues… a Lía dizque la llamó el mar”, dice que eso está bueno para un título: “A la que llamó el mar”. Lía adoraba el agua, tenía el capricho de hacerse construir una piscina en todas las casas donde vivía y se pasaba horas enteras flotando de espaldas.
Vallejo me sigue entrevistando. En Támesis, las dos familias solían pasar el Año Nuevo juntas, una vez en su finca y otra en la nuestra. Ahora le reclamo, en nombre de mi madre muerta, por ese 31 que nos dejaron con los tamales hechos. “Cómo así que no fuimos, debe ser que no supimos que estábamos invitados… qué pena”, se disculpa una vez más y goza como niño cuando me quejo de que todavía estamos comiendo “los tamales de los Vallejo”, recuerdo que reaparece cada vez que alguien invita y lo dejan con la comida preparada. Se conmueve cuando le cuento que Silvio, su hermano, le rompió una pata a un ternero. Fue durante un fin de año en La Cascada. Ni Fernando ni Aníbal estaban presentes. Silvio era más loco que una cabra y le dio por ponerle al ternero el bluyín que le había traído el Niño Jesús. La historia dibuja en el rostro de Vallejo un gesto de dolor. Para un férreo defensor de los animales, quien ha donado las ganancias de sus premios literarios a la Sociedad Protectora de Animales, presidida por su hermano Aníbal, esa crueldad despierta una profunda compasión.
Cuando hablamos de personas, es difícil que exprese emociones semejantes. Si insisto en entrevistarlo, se pone a la defensiva. Pero a veces responde. Dice que no ha roto ni le han roto el corazón, que sólo escribe cuando está en México y que en la Feria del Libro de Bogotá presentará la biografía de Rufino José Cuervo. Al final sólo hay una charla cariñosa de viejos vecinos y un abrazo tierno. Mi percepción de niña todavía es acertada. Aquel hombre al que la inteligencia se le desbordaba, ese muchacho sensible, cálido y gozón, sigue vivo debajo de la máscara del insigne irreverente.


“Nunca escribo en Colombia”
Eso contesta Fernando Vallejo cuando le preguntamos si recuerda la última frase que escribió. Nacido en Medellín en 1942, inició Filosofía y luego se licenció en Biología en la Universidad Javeriana. Estudió cinematografía en Roma, en la Escuela Experimental de Cinecittá. En 1971 viajó a México. Allí trabajó como guionista y director cinematográfico y posteriormente se dedicó a la literatura. En 2007 obtuvo la nacionalidad de ese país. Es autor de Logoi, Los días azules, El fuego secreto, Los caminos a Roma, Años de indulgencia, El mensajero, Entre fantasmas, La Virgen de los sicarios, Chapolas negras, La tautología darwinista, El río del tiempo, El desbarrancadero, Mi hermano el alcalde, Manualito de imposturología física, La puta de Babilonia y El don de la vida.

En la próxima Feria del libro de Bogotá será presentada su obra sobre el gramático Rufino José Cuervo.
En el año 2003, obtuvo el Premio Rómulo Gallegos y en noviembre pasado recibió el Premio FIL de Literatura 2011, en la Feria internacional del Libro en Guadalajara. El jurado lo destacó como “una figura verdaderamente original de la literatura en castellano” y como “un escritor que expresa su emoción con la voz de un artista en el que coinciden la realidad de un mundo raro con la imaginación”.


Ajeno a la violencia
Donde llega, llena plaza. Cuando Fernando Vallejo abre la boca los universitarios deliran y los medios de comunicación multiplican cuanta frase emite. Diga lo que diga, generalmente suscita esa polémica que agudiza amores y odios. Son célebres sus diatribas contra la Iglesia, su defensa de los animales, las referencias a su gusto por los muchachos y sus quejas contra la violencia en Colombia. Le preguntamos si lo ha afectado la violencia del narcotráfico en México. “Al D.F la violencia aún no llega”, asegura.

Nada que ver
A Fernando Vallejo le encanta hablar con los taxistas, con la familia y con sus amigos. Dice que no volvió a leer, y que solo lo hizo recientemente mientras estaba escribiendo el libro sobre Rufino José Cuervo. Tampoco volvió a cine y asegura que ha perdido visión. En su reciente estadía en Medellín, también lo encontramos en el Café Vallejo, establecimiento de su familia en la Avenida Jardín. Su visita no pasó desapercibida y sus seguidores lo aprovechaban para que les autografiara sus libros.