Un mar de aplausos

 

Un mar de aplausos

 
 
 

“La piedra ha servido de medio a las palabras tanto como el papel”

El mundo libresco ha conocido muchas colecciones de literatura colombiana -en dos de ellas nuestro tricolor aparece sobre el lomo, como para evitar equívocos-, otras de literatura antioqueña y, siguiendo esa lógica hasta sus extremos de arrabal, algún día se editará algo así como la “Biblioteca de escritores de El Poblado”.

 
 

”. Probablemente, los poemas del hirsuto Pascual Gaviria -antiguo colaborador de estas páginas- serán incluidos en esa colección, o la obra en marcha del anónimo Carlos Bermudo. Lo que sí es seguro es que uno de los volúmenes será “Un mar” (2006), la magnífica novela de Ignacio Piedrahíta Arroyave, un geólogo que, aunque natural del Parque de Bolívar y ahora huésped de la República Argentina, se hizo hombre en Patio Bonito, donde todavía los viajeros y turistas pueden encontrar la casa de sus mayores.

Con alguna ingenuidad, lectores desprevenidos -o ni eso: apenas mirones de solapas- se han preguntado por la relación entre la vocación literaria y la ciencia de la tierra. Piedrahíta, sentencioso, ha dicho en una entrevista reciente: “La piedra ha servido de medio a las palabras tanto como el papel”. La salida es ingeniosa pero, igualmente, innecesaria: el hecho de escribir está ligado a todos los oficios y a ninguno, de modo que, si el novelista se interesa por las piedras, ello es un hecho tan natural como si reparara calzado, practicara un deporte extremo o se entregara a místicas flagelaciones en una discreta celda. Además, en “Un mar”, si bien la narración erudita sobre unos recónditos sustratos de caliza que habrán de convertirse en cemento llama la atención científica -sin descartar al asustadizo hijo de vecino, alérgico al conocimiento, que prefirió cerrar el libro-, lo que verdaderamente inquieta al lector es la historia de amor de una pareja adúltera que, convertida en sendas criaturas acuáticas -hay aletas de por medio que no son simples metáforas-, escapa entre una barrera de corales, algo sin precedentes en la literatura colombiana.

Con su novela, el habitante de Patio Bonito fue finalista en el Premio a novela inédita del Ministerio de Cultura, el año pasado, y poco después ganó la V Convocatoria de premios a la creación de la Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín, en la modalidad novela. Por fortuna, los fallos no siempre son fallos, pues “Un mar”, valientemente, se olvida de exóticas mujeres pistoleras, intrigas urbanas que suplican ser llevadas al cine y cantaleta narrativa para proponer personajes cuya fina banalidad acaba por hacerlos interesantes, una recóndita historia mineral y una prosa que, aunque cuidada, nada tiene de empalagosa. Algunas de esas calidades se dejan ver en el pasaje que explica por qué esta pétrea novela lleva como título un emblema acuoso: “Arenas identifica fácilmente el cerro donde lleva a cabo su exploración […] Desde allí, la inmensidad parece estar en tierra firme, en los verdes que se prolongan más allá del cerro, como si éste fuera una gran ola de movimiento imperceptible”.

Por desgracia, el lector común colombiano -con más talento para las telenovelas y el cine esnobista-, previsible en sus emociones, ha caminado de la mano de los editores hasta beber en las aguas sucias de la aventura dietética en edición de lujo. Bien dijo Hemingway que no es conveniente fiarse de editores; el de “Un mar”, por ejemplo, prefirió reservar los bombos y platillos de su orquesta para lanzar, en la última Feria del libro de Bogotá, la memoria sensacionalista de un buen hombre que, como escritor, no podría ser menos que improvisado: “Memoria de un secuestro” de Gilberto Echeverri Mejía (¡la bendita superstición del perfecto antioqueño!). Escaso será el alcance de esta página, condenada posiblemente a cobijar aguacates o a dormir hecha un tarugo entre zapatos por estrenar; ella, sin embargo, alguna justicia hará a quienes no solo se dedican a vivir en El Poblado sino a leer y escribir. Dejo como colofón el inquietante epígrafe de “Un mar”, excavado y extraído por Piedrahíta de la milenaria obra de Ovidio: “Conchas marinas han quedado por tierra lejos del océano, y se han encontrado viejas anclas en las cimas de los montes”.

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