Trabajar, trabajar…y trabajar

Trabajar, trabajar…y trabajar
La adicción al trabajo es una de las más difíciles de identificar, y conlleva trastornos físicos y mentales.
Un exadicto al trabajo le contó su historia a Vivir en El Poblado

Ni siquiera el día de su matrimonio Juan David Betancur dejó de trabajar. A las 2 pm. cerró la salsamentaria que tenía en el barrio El Salvador, se puso el traje y se dirigió a la iglesia Jesús de la Buena Esperanza, en Rosales. Allí se casaría a las 3 p.m.
Su novia tenía claro que era ese día o no era nunca. No porque sintiera que el destino los llamaba por alguna fuerza extraña, sino porque Juan David dejó claro que debía ser un día 18 -número que consideraba especial-, y domingo en la tarde. Todo para que las nupcias se dieran en un momento en el que no estuviera trabajando.
La futura esposa hizo cuentas y tuvo que esperar un año a que todas esas peticiones se alinearan, incluso la de encontrar una parroquia que oficiara matrimonios un festivo por la tarde. Era la única en la ciudad que lo hacía.
Juan David tenía 26 años y llevaba ocho trabajando de lunes a lunes, en ocasiones hasta 20 horas diarias, como cuando se llevó las cobijas y una colchoneta para dormir debajo del escritorio desde el que despachaba los pedidos.
Se acostaba a las 12 am. y estaba en pie a las 4 am. para tener todo listo y así, unas horas más tarde, abrir al público ese espacio que les permitía vivir a él, a sus padres y a sus cinco hermanos.
Los deseos de productividad de Juan David lo llevaron a comprar su primer carro, un Renault 4 cero kilómetros, cuando tenía 18 años y solo un año cumpliendo su sueño de ser trabajador independiente.
No contento con la producción de su empresa (por esos días una incipiente distribuidora de huevos), después de cerrar a las 8 pm. utilizaba su carro como colectivo o para “hacer carreras” a quien necesitara un transporte. Era una entrada extra.

Llegó la tragedia
Las presiones laborales que Betancur se abrogó lo llevaron a recurrir al alcohol. “A los 25 años empataba la noche con el día, trabajaba cuando había luz y rumbeaba en la noche. Llegaba a la casa en la madrugada, me bañaba y volvía a trabajar”, dice.
Los deseos de no parar lo llevaron a la cocaína. “El organismo empieza a buscar desahogo. A los 26 años los excesos en comida y alcohol me iniciaron una enfermedad prematura que tenía que ver con el ácido úrico (gota) y que me tiraba a la cama hasta ocho días”.
Para él, descansar era comer e ingerir licor. Luego un experto le diría que sus borracheras y depresiones posteriores eran un medio de descanso del cuerpo, pero sin que él fuera consciente de ello.
El 30 marzo de 1991, época en la que era capaz de pasar tres días bebiendo y consumiendo drogas, Juan David, a sus 33 años, tocó fondo. Ese día bebió sin parar, y luego, para poder conducir su vehículo, le recibió cocaína a un conocido.
“Empecé a sentir en el trayecto que la vida se me iba, que no podía respirar. Alcancé a parar el carro y me bajé a pedir ayuda. Luego caí y quedé clínicamente muerto. Después llegó un guarda de tránsito y me llevaron a un hospital”, cuenta Betancur.
Cuando se despertó tenía aparatos y sondas conectadas a su cuerpo. Pensó en sus hijos Daniel y Camila, en su esposa, en su salud, en su vida. Quizá era hora de dejar atrás el recuerdo de aquel niño de seis años que recibió de su padre un bulto de naranjas para que lo vendiera. Dejar atrás a aquel muchacho que no aprovechó nunca los recreos porque podía ganar dinero vendiendo bolas y caramelos. Aquel que convirtió el deporte (fútbol, basquet y luego ciclismo) en una obsesión constante. Ese que sintió a sus 18 años que era la esperanza familiar tras la bancarrota de la casa. Al mismo que le dijeron que no había plata para la universidad (quería ser contador o economista). Ese que apostó al salir del colegio que en cinco años tendría una empresa.
Era hora además de dejar atrás aquella frase de crianza que siempre recalcaba su padre y que lo había marcado: “Cuando se mueran descansan”. Era el momento para darse una segunda oportunidad.

Renacimiento
Tras ingresar a un tratamiento para la adicción al alcohol y dejar la empresa que había sido motivo de orgullo, Juan David empezó una nueva vida. En el negocio que emprendió después de su recuperación, no trabajaba más de ocho horas y empezó a darse espacios.
“Nunca había ido a un centro comercial. Todo lo que me ponía era porque me lo daba mi mamá o mi esposa, pero yo nunca compré ni un pañuelo”, asegura.
Hizo un diplomado de Liderazgo en Eafit y empezó a ir a cine con su esposa, por primera vez en siete años de matrimonio. Tuvo que aprender a descansar y a dejar de lado el sentimiento de culpa por no sentirse productivo.
Hoy, a sus 55 años y tras haber recuperado su vida, este hombre le ayuda a otras personas a salir de sus problemas de adicción como voluntario en una fundación.
Hoy siente que la adicción al trabajo es una de las más peligrosas, según él “porque al trabajar se produce, y eso da satisfacción; no se ve como un problema sino como un beneficio”.
Volvieron las fiestas de cumpleaños, las semanas santas y los diciembres en familia. Ahora su máxima es utilizar un triángulo para su vida: 33 por ciento para su recuperación, 33 por ciento para la familia y 33 por ciento para el trabajo. En últimas, tuvo que aprender a ser un hombre útil y feliz.


“Lo importante es poner límites”
Para Sandra Milena Restrepo, psicóloga especialista en farmacodependencia y docente del curso Adicciones no químicas, de la Universidad Luis Amigó, hay varias claves para detectar y frenar los factores que desencadenan la adicción al trabajo.
Primero, expresa que en nuestro medio ser muy trabajador no es visto como algo negativo sino como símbolo de responsabilidad. Estas personas pueden llegar a ser muy monotemáticas y hablar exclusivamente del trabajo; son incapaces de poner límites y de disfrutar de otros espacios; no tienen vida social satisfactoria y posponen permanentemente sus vacaciones”, dice.

En su concepto, son igualmente importantes los referentes que tengan, sobre todo figuras que les muestran que con el trabajo se puede sobresalir en los ámbitos familiares.
De los tipos de adicción al trabajo la psicóloga Restrepo identifica dos principales: “Tenemos a quienes tienen una personalidad obsesivo compulsiva y a los que tienen trastorno de personalidad narcisista. El obsesivo quiere la perfección. En esa necesidad su trabajo se convierte en un punto de referencia. Ya no siente que los logros que alcanza son algo para mostrar sino que es su deber. El narcisista se relaciona más con el ansia de poder. Le interesa cada vez tener mayor relevancia en su trabajo, un cargo más alto, mayor autoridad. Quiere mostrarse y verse como alguien importante. Escalar en los cargos de la empresa es fundamental para ellos”.
Sin importar las horas trabajadas, una persona debe al menos tener 20 horas semanales de descanso. “Pero no se cuentan las horas para dormir o para las actividades del hogar en el caso de muchas mujeres, sino horas de diversión. Hay que darse la oportunidad de no hacer nada por un rato”, asegura Sandra Restrepo.


Así son los adictos al trabajo
Para la pedagoga y especialista en farmacodependencia de la Corporación Paso a Paso, María Adelaida Storti los adictos al trabajo sienten: “Impulso a trabajar debido a presiones internas. Poca capacidad para disfrutar de la tarea realizada. Búsqueda de poder o prestigio. Pérdida o deterioro de relaciones conyugales o familiares. Fatiga, irritabilidad e impaciencia. Aislamiento social. Desaparición del tiempo libre. Problemas de sueño y alimentación. Pérdida de interés por conversaciones no relacionadas con lo laboral. Competitividad en cualquier actividad. Necesidad de control”.


Recomendaciones
•Separar tiempo libre, tiempo para dormir (mínimo seis horas) y tiempo para trabajar.
•Hacer ejercicio con regularidad.
•Tener el escritorio o el espacio de trabajo ordenado libera el estrés laboral.
•Si una persona siente que tiene estrés laboral debe acudir al médico. En ocasiones lo pueden remitir al psicólogo.
•Poner límites al llevarse trabajo para la casa y regular el uso de los aparatos tecnológicos que permiten comunicación constante.


Riesgos profesionales
Fernando Ramírez, director de Medicina Laboral y del Trabajo ARP Sura, dice: “No hay datos estadísticos que soporten enfermedades asociadas a exceso de trabajo. Este concepto es más una apreciación personal y ocurre cuando las demandas del trabajo, bien sea por las características del mismo o por la duración en tiempo, superan las capacidades físicas o mentales del trabajador.
Se sabe que el tiempo requerido para el descanso y la recuperación funcional del organismo es de ocho horas de sueño al día. Las pausas activas son periodos de cambio de actividad muscular durante la jornada laboral y pueden corresponder a ejercicios de estiramiento de las áreas musculares utilizadas durante un proceso laboral o simplemente un cambio de actividad laboral que permita utilizar otros grupos musculares, deben realizarse cuando se detecten signos tempranos de fatiga muscular (molestias), por ello no hay un periodo estipulado para su realización durante la jornada laboral”.