Todos los taxis Mercedes Benz

  Por: Juan Carlos Franco  
 
Como si tuviéramos un chip conectado en lo profundo de nuestra genética paisa (o colombiana) que nos condena a la mediocridad eterna.
Una de las manifestaciones más notables de esta cultura es la costumbre de buscar siempre la opción más barata posible, convencidos de que estamos haciendo un ahorro. Esto es especialmente notable en el sector público (que es el que nos construye obras, obviamente), hasta el punto de que en la mayoría de licitaciones y contratos es obligatorio para los funcionarios escoger lo más barato que haya para así “optimizar” la inversión pública. Y claro, casi siempre en detrimento del buen diseño o de la calidad y garantizando que en el futuro habrá que gastar mucho más simplemente para mantener la obra en servicio.
El viajero que llega por vez primera a Alemania se encuentra de inmediato con la sorpresa de que todos los taxis, sin excepción, son Mercedes Benz o BMW o de alguna marca de ese nivel. Lo primero que se piensa es que claro, como son tan ricos y desarrollados, pueden darse el lujo de desperdiciar dinero sin sentido, cuando podrían haber comprado algo mucho más barato.
Pues resulta que no. El taxista alemán está comprando ese Mercedes o BMW porque es, de lejos, el vehículo más barato que pueda conseguir. La diferencia radica en que este taxista no mira sólo el pago del primer día, sino que tiene en cuenta 10 o más años de trabajar más de 300 km diarios. Además de ser mucho más cómodo para conductor y pasajeros, es un carro que va a resistirlo todo y en el evento remoto de algún problema el proveedor lo resolverá de inmediato.
Aquí es al contrario. Quien busca un taxi sólo está interesado en el carro más básico que haya en el mercado. Al poco tiempo están acabados y demandando gastos ridículos para más o menos mantenerlos en operación. Gracias a este falso ahorro el servicio que en esas condiciones prestan a sus clientes es de bajísimas calidad y confiabilidad.
Y hacemos una carretera o una avenida con las mínimas especificaciones posibles con el fin de entregarla más rápido (como sea, pero antes de terminar el período de gobierno) y que quepa dentro del estrecho presupuesto… pero se olvida lo que viene después: El gasto enorme de todos los años futuros limpiando derrumbes, repavimentando, aguantando cierres, lamentando accidentes, etcétera. El gobernante de turno recibe los méritos por hacer obras (poco importa si buenas o malas) y los que siguen que paguen.
Al final del día, nosotros que somos los pobres y que deberíamos cuidar mucho más cada centavo, terminamos pagando por nuestras obras mediocres mucho más de lo que pagarían en un país como Alemania por sus obras casi perfectas.
Somos los grandes derrochadores auto-condenados a hundirnos en el subdesarrollo mientras que las sociedades más adineradas cuidan al máximo sus recursos con el viejo truco de, simplemente, hacer las cosas bien desde el principio.
¿Fue primero el huevo o la gallina? ¿Nos volvimos subdesarrollados gracias a nuestra costumbre de pensar y actuar en pequeño? ¿O pensamos y actuamos en pequeño gracias a nuestro subdesarrollo?

franco.jc@vivirenelpoblado.com