Su majestad la corrupción

De lejos, el peor problema que enfrentamos los colombianos es la creciente corrupción pública y privada.
/Francisco Luis Valderrama A.*

Se manipula la opinión para fijar la lupa en su componente público, en asuntos menores o en las consecuencias y no las causas de nuestras dificultades. Se desprestigia o minimiza el rol de las entidades estatales para justificar su venta. Severidad para juzgar la corrupción pública, con toda razón, pero silencio ominoso frente a quienes se adueñan del patrimonio de los colombianos, como si el pecado fuera solo de una de las partes. El enriquecimiento ilícito parece no existir para el sector privado o las grandes multinacionales.

Todo el ruido mediático para quienes ejecutan en plan minorista lo que otros hacen impunemente a escala industrial, amparados por las mismas autoridades o por leyes confeccionadas a la medida de su ambición inagotable. El peso de la ley para el ladrón famélico, pero todas las garantías procesales para el de cuello blanco, del cual se presume la honorabilidad.

El de abajo hace al menudeo lo que el de arriba hace en grande. La diferencia radica en que para el uno el destino es la cárcel y para el otro, las distinciones y los premios. Por cuenta de la estratificación de la corrupción, nuestras instituciones están diseñadas para perseguir asuntos menores. Una garantía de intervención institucional es robar poquito.

Debidamente resguardado en la presunción de inocencia, el desafuero en grande parece un derecho de origen uterino de elites políticas y empresariales, muchas veces desde altos cargos oficiales o desde la impunidad de sus feudos privados. La solvencia ética es irrelevante frente a padrinazgos y afinidades políticas.
La criminal concentración de la riqueza, y la guerra, su terrible consecuencia; la evasión y la elusión de impuestos; los desfalcos de la salud; la degradación ambiental; los dineros escondidos en paraísos fiscales y esa forma infame de secuestrar países enteros que es la deuda externa, son manifestaciones monstruosas de corrupción.

Según la Dian, la evasión en Colombia es de 15 billones de pesos en impuesto a la renta y de 15 billones de pesos en IVA. 250 empresas giran 9 billones de pesos a paraísos fiscales y cerca de 140 billones de pesos, declarados formalmente como activos en el exterior, son apenas la punta del iceberg según la misma entidad.

Declara el señor Presidente del BID, eco y voz de las élites y de la bancocracia, que en Colombia es necesario un pacto por la eficiencia, que resume en más impuestos y una base de tributación más amplia. Se abona la sinceridad: dijo sin rodeos que no se podía concentrar el pago de impuestos en unos pocos. Qué bueno que hubiera expresado lo mismo respecto a la concentración de ingresos. La mención marginal al hecho de que Colombia tenga el segundo índice de desigualdad** más alto de Latinoamérica, que a su vez es la región más desigual del mundo, no deja de ser un lavatorio de conciencia, pero lo que realmente preocupa es “la eficiencia”.

Anif y los grandes medios de comunicación ambientan hoy la necesidad de una reforma tributaria “estructural”, con lo cual caemos en la corrupción del lenguaje: estructural es esa manera sinuosa de decir que son los demás, las bases, los pensionados, los colombianos del montón, los que deben aportar los billones que los privilegiados eluden, evaden o giran al exterior.

Son “vacunas” las exacciones menores, pero “comisiones de éxito” los honorarios por intermediar en la venta a menor precio de una empresa estatal. Se cobra cada vez más por lo que se produce, pero se paga cada vez menos a los que lo producen: a lo primero se le llama “economía de mercado” y a lo segundo “flexibilización laboral”. Son “inflacionarios” unos pocos pesos que mantengan el poder adquisitivo del salario mínimo y “privilegios insostenibles” los salarios dignos, pero no lo son las utilidades desmedidas ni la concentración de la riqueza en cada vez más pocas manos.

Triste decirlo: Gobierna el dinero, pero reina sin lugar a equívocos la corrupción.


* Francisco L Valderrama. Nació en El Carmen de Atrato (Choco). Ingeniero Electricista de la UPB. Pensionado. Trabajó 33 años en Empresas Públicas de Medellín en diversos cargos directivos, especialmente en telecomunicaciones. Aficionado a la música, amante de la lectura. Estudioso del acontecer nacional e internacional.
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