Su iglesia está en llamas

Calvary nos recuerda que si alguien de veras conoce la naturaleza humana, sus más pestilentes cloacas, es justamente un sacerdote

/ Gustavo Arango

¿Qué significa ser cura? ¿Por qué hay gente que elige ese camino? De todas las vocaciones, es una de las más raras. Es fácil criticarlos. Como las multitudes son de gatillo fácil, cuesta poco generalizar cuando se habla de la codicia de algunos de ellos, de los abusos cometidos contra los niños. En tiempos en que las hordas atacan y acaban vidas a twiterazos es fácil ser anticlerical.

El comienzo de Calvary, la película, es aterrador. Al principio vemos a un sacerdote que lee en la penumbra de un confesionario. Recordemos que Irlanda comparte con nosotros el catolicismo, esa versión desaforada del cristianismo. Recordemos que la confesión es una de sus ceremonias más intrigantes: ese interpelar a Dios en un ser humano. De repente se escuchan los ruidos de alguien que ha entrado al confesionario. El cura abre la rejilla. Espera. Hay un largo silencio. Luego una voz de hombre dice: “Conocí el sabor del semen cuanto tenía siete años”.

Desconcertado, el cura permanece en silencio. El hombre le pregunta: “¿No tiene nada para decir?”, a lo que el cura responde: “Ciertamente es una primera línea que sorprende”. Pero el hombre devuelve la conversación al tono grave para hablar de los cinco años que fue abusado “oral y analmente” por un cura. Responde con impaciencia a las preguntas sobre si denunció el caso, si buscó ayuda profesional. Dice que no quiere aprender a vivir con lo ocurrido, que el violador ya está muerto y que ha decidido matar a su interlocutor, porque sólo un acto así de absurdo –matar a un cura bueno– estará a la altura de su dolor. El hombre le da al cura una semana para que ponga en orden sus asuntos con Dios y lo invita a encontrarse con él en la playa al domingo siguiente. El cura calla. El hombre vuelve a preguntarle si tiene algo para decir y el cura responde que no por el momento, pero que está seguro de que para el domingo siguiente habrá pensado en algo. El resto de la película es todo lo que ocurre en la semana antes de aquella cita en la playa.

Cuando se habla de curas se tiene la tendencia a creer que son personas alejadas del mundo, ingenuos que no saben lo que pasa. Calvary nos recuerda que si alguien de veras conoce la naturaleza humana, sus más pestilentes cloacas, es justamente un sacerdote. Uno entiende por qué Chesterton eligió al padre Brown como el agudo detective de sus relatos policiacos. Nadie tiene un contacto tan directo con el mal, nadie tiene un conocimiento tan certero del lodazal en que nos movemos.

En Calvary ocurre de todo (orgullo, lujuria, adulterio, cinismo, robo y un larguísimo etcétera), y el padre Lowell es objeto de toda clase de hostilidades. Un tratamiento realista haría imposible este relato, porque el asunto se resolvería con escapar o denunciar a quien hizo la amenaza. Pero el enfoque religioso no sólo hace ver con horror el infierno en que vivimos, también logra que apreciemos el resplandor de la gracia.

Considerada por algunos la mejor película irlandesa de todos los tiempos –y criticada por otros por exagerada–, Calvary es un montón de cosas: es una película de vaqueros (un homenaje a High Noon), una historia detectivesca (el espectador se la pasa tratando de saber quién será el asesino), un homenaje a Bernanos (está inspirada en su Diario de un cura rural), una comedia (cuando el dueño del bar le dice al cura: “Su iglesia está en llamas”, parece hablar en sentido figurado), pero por sobre todo es una descarnada reflexión sobre el mal, la inocencia y el perdón. También, sobre los gestos con los que cada uno de nosotros morirá.
Oneonta, febrero de 2015.
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