Sobre el elogio de la dificultad

     
  Por: Juan Sebastián Restrepo Mesa  
 
Un paciente me decía ayer ante un honesto pronóstico de trabajo: “Juan, pero eso que usted me propone es muy difícil”. Yo le respondí: “Claro que es difícil, podemos estar muy agradecidos, porque la guerra no será fácil, será bastante luchada. Si usted la acepta, ella lo hará grande”. Y es que considero que la dificultad no es un obstáculo en sí misma. Lo es a la luz de nuestra patética flojera interior, de nuestra cobardía, de nuestro infantilismo.
Pero vista con otros ojos puede ser la garantía de nuestro crecimiento. No hay gran hombre o mujer que no haya aceptado los amargos dones de la dificultad. Esa pírrica propuesta contemporánea del héroe que gana loterías, del mafioso de vida fácil, del afortunado de los dioses, de los entupidos playboy y playmates, es una simple quimera que solo genera sufrimiento y empequeñece y envilece el alma humana.
Quiero denunciar, criticar, atacar sin compasión a uno de nuestros grandes enemigos actuales: el facilismo. Quiero hacerlo porque a mi modo de ver nuestra sociedad se encuentra actitudinalmente enferma. Solo basta preguntarle a alguien por sus deseos para ver cuanta pobreza genera nuestra contemporánea compulsión al confort y la seguridad. Bien lo dijo Estanislao Zuleta en su Elogio de la Dificultad: “La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiesta de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad.”
Y digo que estamos actitudinalmente enfermos porque nuestra forma de desear y nuestra existencia misma son incompatibles: somos frágiles como el barro, vivimos en falta, nos enfermamos, emitimos secreciones que algunas veces huelen mal, somos incapaces de decir lo que queremos y decimos lo que no queremos, sufrimos en el conflicto constante e inevitable del encuentro con otros, decaemos físicamente con el paso fugaz de los años, perdemos el sex appeal, nos volvemos dependientes e inevitablemente morimos. Y si vamos a ser rigurosos, no conozco a nadie que haya vuelto de la muerte a contarme de los paraísos que allí se encuentran.
Nuestra vida es conflicto, dificultad y falta. Y sin embargo la mayoría queremos volver al cálido huevo de la seguridad, de las respuestas perfectas, del encuentro idílico, de la luz sin sombra, de la existencia sin peligro, de las respuestas absolutas, de las verdades enteras y de los reinos conquistados.
¿Por qué no desear, por ejemplo, un amor inquietante, complejo, perdible en cualquier momento, que estimule nuestra capacidad de lucha, nos saque del punto cómodo y nos permita crecer? ¿Por qué no respetar nuestra falta, nuestra fragilidad y el peligro intrínseco de vivir una vida humana?
Que bello lo resume Chuck Phalaniuk en su monumental oración en el Club de la Pelea: “Digo: no me dejes nunca estar completo.Digo: no me dejes estar nunca satisfecho. Digo: líbrame de los muebles suecos. Digo: líbrame del arte inteligente. Digo: líbrame de la piel clara y la dentadura perfecta. Digo: tienes que renunciar”.
Mejor lo dijo Zuleta en esta sentencia corta y magistral: “Adán y sobre todo Eva, tienen el mérito original de habernos liberado del paraíso, nuestro pecado es que anhelamos regresar a él”.
Aún mejor lo dice Goethe en su Fausto: “También esta noche, tierra, permaneciste firme. Y ahora renaces de nuevo a mi alrededor. Y alientas otra vez en mi la aspiración de luchar sin descanso por una altísima existencia”.
¡Que difícil!

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