Retrato oblicuo de mujeres tristes

 
 

 

Retrato oblicuo de mujeres tristes


Doña Clementina, Doña Juana Pastor, Doña María Gutiérrez Mejía con su adorable bigotito, Doña Mercedes 

 

En el gran vestíbulo del edificio principal de Suramericana, hoy utilizado apenas dos o tres veces al año como sala de arte, se presenta hasta octubre la muestra “Retrato de mujer” –Desde la Colonia a Débora Arango. Una exhibición singular, no cabe duda, donde el espectador raso puede apreciar en vivo una serie de pinturas hasta ahora ocultas al público –pues reposaban en exclusivos salones familiares-, al lado de otras más conocidas por su pertenencia a colecciones públicas, más una extensa selección de fotografías, en su mayoría del archivo de la Biblioteca Piloto.

Aplicando la llamada lectura “oblicua”, “diagonal” o “hipertextual” pregonada en los años 90 por los últimos escombros de la teología posmoderna que llegaron a nuestra ciudad, hicimos un recorrido por la muestra que por poco termina con nuestros huesos en el Mental de Bello. En efecto, el grueso de la exposición ofrece un panorama desolador y opresivo, lindando con lo patológico, de la “imagen” de las mujeres antioqueñas de 200 años para acá, prácticamente –quién lo creyera- hasta “nuestros días”.

Según se apunta en las notas explicativas, gran parte de las pinturas del siglo 19 (y agreguemos que aun del 20) fueron encargadas por una clase adinerada “compuesta por mineros, comerciantes, agricultores ricos, abogados”, es decir, por los esposos muy bien pudientes de estas mujeres a las que mantenían a buen resguardo en sus hogares, bajo muchas cerraduras y prohibiciones, mientras ellos se dedicaban a acrecentar sus fortunas y aventuras galantes y procreativas en el ancho mundo exterior (No hablaremos aquí de sus negocios, de la explotación del hombre por el hombre, etcétera, para no meternos en camisas largas). Así, el espectador que siga el recorrido planteado se encontrará desde mediados del 19 y hasta muy entrado el 20 con un desfile de mujeres muy tristes que miran a quien las contempla, congeladas e inermes, sin un brillito en los ojos, desde esa época de brumas, crucifijos, camándulas y miserias del corazón (algo de lo cual ha dado cuenta, en parte, la novelista María Cristina Restrepo).

Juro que pasé tres noches sin pegar ojo, perseguido por estas imágenes pavorosas de nuestras bisabuelas y tatarabuelas, las “matronas de la raza antioqueña”, y de quienes –por infortunio descargado sobre nosotros por una Providencia temible- venimos todos nosotros: Doña Fructuosa, Doña Filomena, Doña Teresa, Doña Ana Rosa y Doña Carlota (fotografías retocadas), Doña Clementina, Doña Juana Pastor, Doña María Gutiérrez Mejía con su adorable bigotito, Doña Mercedes, la señora de Don Feliciano, las monjas por todas partes, las madres viudas de los pintores, todo tan negro, tan gris, tan gris, tan gris, incluso en las tablitas pintadas de Rómulo Carvajal, con sus humildes mujeres sonsoneñas “haciendo oficio” en gélidos caserones.

Solo entrado el siglo 20 uno que otro rayito de sol rompe tanta tiniebla, con algunas mujeres pedronelianas, o de la muy desconocida Graciela Sierra (Bañistas, 1933), de Sáenz(muy bellas), pero Débora Arango vuelve y se tira en todo y remacha para siempre la vocación sufrida de las antioqueñas con su expresionismo impío y venenoso, lleno de furia, denunciante y lujurioso, en el puro borde del pecado mortal. Casi el único oxígeno de oh libertad que perfumas lo hallamos, vea usted, señora, en los cuadros de putitas y desnudos (el homenaje a Rendón de Pedro Nel, “La última gota” de Cano), la niña de las rosas, la campesina idílica de Santa Elena.

En cuanto a las casi 200 fotos del invaluable Archivo de la Piloto, la fotografía no miente, no hacen más que confirmar lo hasta aquí expuesto: una multitud de mujeres en trajes negros, rostros adustos, espíritus encorsetados por la religión, procesiones, enfermedades espirituales y matrimonios infelices y, como en las pinturas, escasas sonrisas de estudio que nos piden socorro desde sus silenciosos purgatorios. Y aquí nuevamente solo el toque impúdico de la pícara Kira, la bailarina extranjera que enloqueció a los caballeros del pueblo con sus transparencias y desvestiduras a finales de los 30 y principios de los 40 en el teatro Junín, nos remite a la sospecha de que por aquí pudo haber algo de la dulce, cálida y alegre concupiscencia terrenal.

En suma, el contenido de la exposición “Retrato de mujer” podría sintetizarse en la leyenda que va en la parte inferior de la pintura apabullante y pesadillesca de Doña Simona Duque (c. 1921), que reza: “He aquí un tipo digno de estudio, merecedor de alabanza y capaz por sí solo de ilustrar un pueblo”. Felicitaciones en todo caso a los curadores y asesoras de la muestra, por tantos meses pasados en mortificación y penitencia. Mil años de indulgencia plenaria.

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