¿Poco y mal?

Si leer nos hace mejores, ¿entonces para qué leer a Henry Miller o a Charles Bukowski, sujetos que sólo quieren follarse a las mujeres de este mundo lleno de mujeres? Si leer nos hace peores, ¿entonces para que leer a sor Juana Inés de la Cruz?
/ Esteban Carlos Mejía

En esta vida hay gente muy refunfuñetas. Gruñen por todo y por nada. Se amargan por el clima. La falta de ingenuidad o el exceso de experiencia los sacan de quicio. Se quejan de los adolescentes, se burlan de los jóvenes, se aburren con los niños, se emputan con las mascotas (ajenas). Con la boca hecha agua, pregonan que ya nadie lee como ellos leían cuando eran muchachos. “Los jóvenes de hoy no leen nada”, se indignan. “Y lo poco que leen es malo”. Les tengo lástima, la verdad sea dicha, pobrecitos, alienados por la moralina de turno, perturbados por su miedo al otro y a lo diferente, extraviados por intelectualismos, envidias o resentimientos.

Yo no creo que los adolescentes de hoy lean menos que los de antes. Por el contrario. Leen a Harry Potter, de J. K. Rowling, unas 3.670 páginas, mal contadas, muchas más, muchísimas más que las que cualquier profesor ceñudo y sesudo leyó cuando tenía diez o doce años. Y eso sin el octavo libro Harry Potter y el niño maldito, que sale en julio, ¡ya casi! Leen la saga de Crepúsculo, de Stephenie Meyer: 2.487 páginas, también mal contadas, sin incluir los doce capítulos de Midnight Sun, filtrados en internet. También leen los cuatro libracos de El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien: 1.742 páginas, mal contadas, sin las 310 páginas de El Hobbit. Ah, me olvidaba de los más gordos, los cinco tomos de Canción de hielo y fuego (Game of Thrones), de George R. R. Martin: otras 5.048 páginas mal contadas. ¡Una montaña de papel suficiente para apachurrar a los chuchumecos de la lectura!

El amargado, sin embargo, se encoge de hombros. “¿Eso?”, dice con desprecio. “¿Pero esas cosas a usted le parecen buenos libros?” Me muerdo la lengua: “Tan buenos como los
que vos leías, so pendejo: El escritor, de Azorín; El testamento del paisa, de don Agustín Jaramillo Londoño, o Tarzán de los monos, de Edgar Rice Burroughs.”

En últimas, cada generación lee lo que le toca. Y ahí les quedo.

* Body copy. “-El otro día me ofrecieron dinero.
-¿Sí?
-Por obtener información.
-¿Qué clase de información?
-Información secreta.

El doctor Hasselbacher suspiró. Dijo:
-Usted es un hombre afortunado, Mr. Wormold. Siempre es fácil dar esa información.
-¿Fácil?
-Si es suficientemente secreta, el único que la conoce es usted. Lo único que necesita es un poco de imaginación, Mr. Wormold.
-Quieren que reclute espías. ¿Cómo se hace para reclutar espías, Hasselbacher?
-También los puede inventar, Mr. Wormold.
-Usted habla como si tuviera experiencia.
-La medicina es mi experiencia, Mr. Wormold. ¿Nunca leyó las propagandas de los remedios secretos? Tónico capilar confiado en su lecho de muerte por cacique Piel Roja. Con un remedio secreto no tiene que imprimir la fórmula. Y los secretos tienen un algo que hacen que la gente crea en ellos… tal vez vestigios de magia”.

Graham Greene. Nuestro hombre en La Habana, 1943.

* * Vademécum. ¿Pregonar? “Publicar, hacer notorio en voz alta algo para que llegue a conocimiento de todos”. ¿Alienado? “Loco, demente” ¿Apachurrar? “Aplastar algo, estrujándolo o apretándolo con fuerza. Dejar a alguien cortado sin que pueda replicar”.