Placeres de jubilado

 

Disfrutaban la jubilación, del Emperador para abajo, los equivalentes a nuestros Gobernadores y Ministros, y a lo que serían por ejemplo en Europa los Duques, Condes, Mariscales, etc., hasta los Primeros y Segundos Mayordomos. En uno de los tantos libros del filósofo Lin Yutang se recopilan las instrucciones para “el día feliz de un jubilado”, de las cuales traduciremos algunos deliciosos apartes:
“El jubilado inteligente nunca deberá levantarse antes de las diez y máximo a las doce, cuando está de buena salud. Si despertase, por accidente, a las 9:30, todavía tendría tiempo para hacer llamar a una de las concubinas y darse con ella un abrazo calentito. Si el tiempo está bien allá afuera en el paisaje, podría incluso pensarse en un segundo abrazo con otra concubina. Cuando decimos “tiempo bueno” nos referimos a un día no muy caluroso, preferiblemente con nubes al Oriente, que hagan de velo del Sol. Personalmente este cronista gusta del tiempo lluvioso, pero no hay que pedirle a los dioses con exageración y sí dejar que los demás mortales se rechinen en verano al borde de los estanques. Hacia las once el jubilado feliz habrase ya tomado dos jarras de jugo de mandarina o de cualquier otro fruto de la huerta y será hora de pedir entonces la primera jarrita de fuerte licor de arroz hecho en casa. Nunca deberá ingerirse nada sólido antes de esta primera jarrita, la cual podrá acompañarse con media docena de olorosos panecillos acabaditos de hornear. Entonces el jubilado jubiloso saldrá al jardín, donde hallará a su alter-ego, el gato de Mongolia estirado sobre un banco de flores, con los ojos medio cerrados. Un sorbo de la jarrita y un chapuzón de la cabeza, precisamente bajo el chorro, no muy potente ni demasiado suave, que nuestros arquitectos denominan “Cascada azul para cabeza de jubilado al mediodía”. El jubilado se paseará por el sendero sinuoso ya acompañado por su perezoso gato, que se ha despertado con tanto ruido en Su Jardín, y juntos irán hasta el Pabellón de Pinturas donde el jubilado le dará tres pincelazos a la obra que está realizando: Osos Blancos en la Montaña del Alma. Hasta ahora no se ven en el lienzo lacado ni montañas ni osos, solo una especie de bruma levantándose. “La obra va bien, después de tres meses de tan ardua labor”, se dirá para sí el jubilado, sentado sobre la hierba, descansando. El día sí que ha estado bastante fatigoso, y marchará al Pabellón del Primer Plato, donde le servirán las criadas un apetitoso y muy delgado lomo de anguila del Norte, a las finas hierbas, acompañado con tres clases de vinos delicados. Habremos de decir aquí que la Señora de la Casa se ha marchado todo el verano a casa de su hermana en Shang-Hai, lo cual es motivo de mayor contento para el jubilado. ¡Tres meses sin Ella! El jubilado sonríe para sí: esta tarde tendrá invitados. Hora de una siestecilla antes del segundo plato, hacia las dos: Tortilla de trigo fermentado al vino de Malasia, una novedad en la corte, rellena de calamares. Luego de la segunda siesta, un baño de veinte minutos en el estanque rosa bajo la rosaleda. Segunda jarrita de sake. Una concubina acudirá a vestir al jubilado, en el Pabellón de Kimonos, alumbrado con varias lamparitas, oloroso a incienso. En septiembre suele caer el sol demasiado rápido para los amantes del trabajo, pero delicioso para nuestro personaje. Hacia las 6:30 llegarán los tres invitados en sus coches, muy puntuales. ¿Ajedrez? ¿Cartas? ¿Dados de doce caras? ¿Crítica de las últimas láminas eróticas llegadas del Japón? ¿Adivinanzas inteligentes bajo la luna u observación del cometa que se acerca? ¿Interpretación de la última canción famosa en la Calle de los Faroles Rojos? Todo podrá ser hecho, entre copas y manjares. A las doce de la noche los amigotes se habrán marchado, pero nuestro hombre tendrá tiempo de fumarse un pitillo de opio suavizado con té verde y escribir la primera parte de un poema: “A veces, cuando en alta noche tranquila sobre las cuerdas del Liu-chin vuelan tus manos, como una mariposa sobre una lila …”