Pilar Velilla y Adolfo Naranjo cambian de vida

Después de 28 años en el mercado del arte, la pareja busca un rumbo que, según sus sueños, terminará en el Quindío en una finca de bahareque
Pilar Velilla y Adolfo Naranjo Foto  Juan David Caicedo
Por Laura Montoya Carvajal

Las paredes de la galería Naranjo & Velilla fueron el repositorio de cientos de obras. Nació en 2007 como un espacio abierto para el comercio del arte. Además, Adolfo y Pilar fueron durante 21 años corredores de arte a puerta cerrada, y su apartamento un museo cambiante por el que circulaban compradores y artistas.

“Desde novios trabajábamos”, recuerda Adolfo Naranjo, quien afirma que en 1973 comenzaron una empresa editorial en la que laboraron durante 15 años. A veces, los artistas eran sus clientes, para invitaciones y folletos, y algunos les ofrecían su trabajo a cambio de sus productos. La casa de la pareja, ubicada en la esquina de Pascasio Uribe con Bomboná, “estaba toda decorada con arte. El que llegaba se fascinaba”, comenta Adolfo.

Ante una eventualidad económica, comenzaron a vender sus obras. Les interesaba el arte y comenzaron a viajar, a leer y a informarse, para volverse expertos en este mercado. Muldoon Elder, un importante galerista de Nueva York, le dijo a Pilar que la clave para conocer el arte: “ver mucho”.

Principio aplicado: además del aprendizaje que les significó seguir este consejo con entusiasmo, para Pilar, esta es una de las funciones que cumplen espacios como el suyo: “Las galerías siguen siendo un promotor de las artes. En la medida en que tengan un buen criterio están mostrando un buen arte y formando públicos”, argumenta.

Hoy, con una última exposición que irá hasta el 15 de junio, la galería se despide de la ciudad, al igual que sus fundadores. Mientras Pilar vaya terminando sus labores como gerente del Centro, Adolfo construirá la casa en la que pasarán la última etapa de su vida. Se van a Quindío, y sembrarán macadamia, viviendo en una finca de bahareque que puedan recordar sus nietos con cariño.

“Se necesita cierto valor para retirarse: 30 años generan muchos apegos. Cuando uno va llegando a la edad adulta se vuelve más temeroso a dejar su negocio y su zona de confort, donde le va bien”, reconoce Pilar. “Nos vamos cargados de buenos recuerdos y agradecidos”. Sin embargo, explica que se van para vivir algo distinto, “sin dejar de ser lo que somos”. “Hay una cantidad de poesía en esta decisión”, concluye ella.