Las imágenes de Jorge Alberto Londoño Fernández están más allá de lo racional, una originalidad que solo permite la naturaleza


Por Saúl Álvarez Lara
Después de conversar un par de horas en el corredor de su finca entre San Antonio de Pereira y La Ceja, con los cerros del Oriente como telón de fondo, Alberto Londoño me dijo, “… Esa flor –y señaló una flor cercana– ha cambiado de color desde que estamos aquí conversando, su rojo no es el mismo de hace un rato…”. Con esa frase cerró nuestra conversación y en ella resumió su actividad de observador de la naturaleza, de la luz, de sus colores, y su empeño por descubrir el “alma” más allá del movimiento en las formas naturales. El encuentro con Alberto Londoño tuvo dos partes; la primera sin él, en la galería de la Cámara de Comercio sede El Poblado, y la segunda en el corredor de su casa en el Oriente, donde me recibió.

Al entrar en la sala de exposiciones, justo después de la doble puerta de ingreso, llama la atención la sensación de movimiento que circula alrededor a un ritmo que parece frenético; sin embargo, en cada imagen el espectador confirma que ese movimiento es el ritmo inherente a los objetos representados: bosques, flores, horizontes marinos, veleros, canoas, playas, paisajes, jardines. En los cuatro muros de la sala, la naturaleza parece llamar la atención sobre el movimiento incesante que la distingue. En el encuentro con esa cualidad natural está su alma. “… Es en el alma de la naturaleza donde la búsqueda se vuelve fotografía…”, dice Alberto Londoño, el autor de la obras que allí se exponen.



La segunda parte del encuentro fue en el corredor de su casa frente a los cerros del Oriente, un paisaje en movimiento constante. “…La búsqueda del “Alma” –como se llama su exposición en la Cámara de Comercio– comenzó, me dijo, hace unos cinco años en una playa de Coveñas mientras miraba el mar. Tengo muchas fotos del mar y siempre es igual; los atardeceres son muy lindos pero también son iguales; debería encontrar la manera de salir de este esquema, me dije, y allí mismo comencé a mover la cámara en todos los sentidos. Aquel día no sucedió nada pero la inquietud quedó. A medida que hacía ensayos y encontraba soluciones me convencía de que allí había un camino a seguir. No desperdicié ocasión para hacer imágenes de la naturaleza con movimiento incluido y pronto me di cuenta de que esas fotografías tenían unas características especiales; quien las viera tendría en frente algo distinto, más allá de lo real, más allá de la imagen a la que estaban acostumbrados o esperaban ver. Era la ocasión, tan rápida como un instante, para abrir los ojos, yo el primero, a la belleza que nos rodea y que no vemos. Sentía tanto placer haciendo esas fotografías que hubo ocasiones en que dejaba de lado la cámara y me sentaba a mirar la flor que estaba fotografiando…”.



Cómo se prepara para cada imagen, cómo la descubre, le pregunto. “… Lo primero que hago es observar durante un buen rato antes de hacer la imagen, en ocasiones debo hacerlo en varias sesiones y a veces en varios días. La relación que busco no se da moviendo la cámara frente al objeto. Se necesita más, se necesita crear un verdadero encuentro. Cada imagen pide una relación diferente. Lo que vemos en mis fotografías es algo que no estamos acostumbrados a ver. Cuando uno se encuentra con una flor y la quiere fotografiar debe imaginar primero su forma, en abstracto; cuando uno ve el mar, ve la superficie y siente las olas, ve el movimiento y también siente el ritmo. Es la forma de la flor o el ritmo de las olas lo que hace la imagen. Es su alma… Cuando me encontré frente a estas imágenes -continúa Alberto- surgieron preguntas: …¿Cómo hacer sentir a alguien lo que yo siento frente a una imagen que no es el resultado de una visión de lo real? ¿Cómo hacer para transmitir a la imagen la emoción que me causa una flor, por ejemplo? Cada momento, cada flor, cada textura, cada objeto requiere una aproximación distinta. No puedo hacer una flor como haría un paisaje. La relación con la naturaleza no funciona así. La relación que establezco con la naturaleza o con los pedazos de naturaleza que intervienen en mis imágenes es intensa, íntima, personal, no se da con solo pararme o mover la cámara frente a ella. Necesito observarla, relacionarme con ella, sentirla…”.



Así, como nos lo ha contado, ha sido el trabajo como fotógrafo de Jorge Alberto Londoño. No se llega al alma de la naturaleza sin la observación precisa, perfeccionista y minuciosa que ha aplicado durante años en diversos campos de la fotografía. “… No he descubierto nada –dice sobre su más reciente exposición–, las imágenes están ahí y lo primero que deben producir es la sensación de una relación directa con la naturaleza. Sin embargo, se necesita el contacto y la inclinación para ver, sentir, oír…”.