LOS BARRIOS DE EL POBLADO
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Símbolo de la transformación de El Poblado
El barrio Lleras es uno de los más tradicionales de El Poblado y donde más claramente se evidencia el proceso de transformación urbana vivido en este sector de Medellín. Desde finales de los 80, sus viviendas empezaron a convertirse en establecimientos abiertos al público y muchos de sus antiguos residentes optaron por abandonar el barrio. Esta es su historia



Lo que antes eran casas de plácidas y numerosas familias hoy son los bares, restaurantes, cafés, discotecas, licoreras y hostales que caracterizan al Lleras, uno de los barrios de El Poblado donde más se evidencia el cambio, a veces desordenado, en los usos del suelo que ha tenido esta área sur de Medellín y que hace parte de la llamada Zona Rosa.

Contrario a lo que algunos piensan, sobre todo los más jóvenes, el barrio Lleras no debe su nombre a los ex presidentes Carlos o Alberto Lleras sino al bogotano Julio Eduardo Lleras, quien fuera gerente del Banco Central Hipotecario, entidad que lo construyó en los años 30 del siglo 20. El sector empezó a ser habitado en 1937, cuando la mayoría de los predios de El Poblado eran fincas y grandes haciendas, las mismas que más adelante cedieron su nombre y su espacio a otros barrios que hoy componen la Comuna 14.

Tal y como lo informó Vivir en El Poblado en un artículo sobre la historia del Lleras publicado en la segunda quincena de noviembre de 1997, en sus inicios este barrio estaba compuesto por cerca de 45 casas, la mayoría adquirida por empleados de clase media. Eran viviendas de tres categorías: las de tipo A, se vendieron a 3.200 pesos; las de tipo B por un precio de cinco mil pesos y las C, a ocho mil. Habitantes entrevistados en 1997 recordaban al naciente sector residencial como “un buen vividero, un barrio de gente buena. Casi nadie tenía vehículo y teníamos que viajar en camionetas del transporte público”. Vivían en él familias tradicionales como las de los abuelos de Noemí Sanín, el alemán Dagoberto Levin, el empresario J.B. Londoño y el abogado Jorge Salazar y su esposa Luisa Góez, por solo mencionar algunas.

Sin límites claros
Establecer los límites del barrio Lleras no es fácil; con él sucede lo mismo que con otros barrios de El Poblado: No existe como tal en los archivos y mapas de Planeación Municipal. Simplemente se le denomina El Poblado a un área comprendida entre la Carrera 43A (Avenida El Poblado) y carreras 35 y 36, y entre la Calle 11A y la quebrada La Presidenta. Para algunos habitantes del Lleras, sin embargo, el barrio se extiende entre las carreras 42 -colegio Palermo de San José- y la 36, y sus límites laterales los establecen la Calle 10 y la quebrada La Presidenta.


Testigo de la transformación
Gabriel Jaime Salazar es hoy uno de los poquísimos habitantes del barrio Lleras y hace parte de la familia más antigua del sector. Al igual que otros siete de sus ocho hermanos, nació, literalmente, es decir, con partera y todo, en la casona situada en la Carrera 38 con la Calle 8 -contigua a Niágara- , mediados del siglo pasado, días en que este barrio era solo residencial.
“Cuando mi mamá se casó -hoy tiene 96 años- mi papá le dio de regalo de bodas esta casa. Aquí llegó hace 70 años”, cuenta Gabriel mientras enseña uno a uno los espacios y rincones de la vivienda.

Entrar en este caserón es como internarse en un oasis en medio del bullicio que hoy caracteriza al barrio Lleras; a cada paso sorprenden la frescura del ambiente y la originalidad en la decoración donde se dan la mano de manera armoniosa elementos antiguos y vanguardistas.

Baños con tinas antiguas, terrazas ricas en vegetación, patios con mosaicos de colores y un sinfín de detalles confieren un halo mágico a la residencia de los Salazar Góez.

“Esta casa tiene varios novios”, comenta con orgullo Gabriel, quien también se anota el crédito de abrir en ella la primera peluquería de El Poblado hace 33 años, y a la cual agradece conocer a muchas personas. “Sí había salones de belleza, pero la mía fue la primera que se llamó peluquería”.
Además de peluquero, Gabriel es decorador, jardinero, pintor y escultor, oficios de los que hay evidencias por toda la vivienda. “Desde chiquito me gustaron el arte, la belleza y la naturaleza. Todo lo que toco lo transformo, lo arreglo, lo decoro, es un talento con el que nací”, dice sin falsas modestias este egresado de la Escuela de Bellas Artes y ex alumno de Ethel Gilmour. “Con Ethel descubrí la humildad de los elementos, la sencillez de las cosas, la simpleza y la grandeza.”
Y cuenta también Gabriel con el don de la memoria, pues no solo relata la historia de su familia sino la del barrio Lleras y El Poblado con precisión de detalles y recuerdos. “Toda la gente era muy distinguida, todos nos conocíamos; uno conocía el carro, el perro, la muchacha del servicio, el señor, el chofer, había mucha cordialidad, muy distinto a como es ahora cuando nadie se conoce”. No olvida cuando con Emilia -la partera-, el perro Lassie y sus hermanos recorría todas las mangas de El Poblado. “Con ella descubrí la naturaleza; hacíamos chocolatadas, nos metíamos por todas las quebradas, cogíamos peces, nos bajábamos en un carrito de rodillos desde La Gloria cargados de musgo, de sarros, cardos, hojas y ramas de carboneros para hacer el pesebre que era de toda la sala”.

De su niñez privilegiada tampoco olvida la casita que tenía en el árbol de chochos del Parque Lleras y ese primer televisor Philipps de tubos que llevó su papá a la casa en época de Rojas Pinilla, aparato que se convirtió en fenómeno y motivo de romería en el barrio. Eran tiempos bien distintos, cuando el mayor ruido de la zona lo hacían él y sus hermanos montando en mataculín, lo que motivada las quejas constantes de un vecino.

Muchos años han transcurrido desde entonces y Gabriel ha sido testigo de esa radical transformación de un barrio que de residencial pasó a ser más que mixto, de una manera que él considera desordenada.

No obstante, tal y como lo hizo un presidente colombiano en la Casa de Nariño, Gabriel aquí está en su casa del barrio Lleras y aquí se queda, aquí continuará atendiendo la peluquería, dedicado a la pintura y a la escultura y transformando cada espacio, persona u objeto que se encuentre. Y mientras le queden salud y vida, será común verlo caminar por sus calles diariamente para ir a misa o llevarle flores a la Virgen.



Sitios característicos
El Parque Lleras es, sin duda, el espacio público más representativo del barrio. También se han convertido en referentes la Farmacia la Perla, el colegio Palermo de San José y su convento de Hermanas Franciscanas, Niágara 5 Puertas y, en los últimos años, el Parque Lineal La Presidenta.



Seguridad y control
Con la transformación que empezó a sufrir esta zona residencial a finales de los años 80 y principios de los 90, nacieron las tensiones entre los residentes y los dueños de establecimientos abiertos al público, principalmente por causa del ruido. Esta situación persiste hoy en el barrio Lleras, aunque valga decir que el número de residentes cada vez es menor pues los antiguos habitantes se han ido desplazando poco a poco a otros sitios de El Poblado. Para regular la actividad comercial y aliviar las tensiones, desde el año 2004 existe la Corporación Zona Rosa, hoy con 117 establecimientos afiliados. Según Jaime Álvarez, fundador e integrante de su junta directiva, el objetivo de la Corporación para este año “es consolidar la Zona Rosa como ícono local, nacional e internacional y de la mano de la Alcaldía lograr un mejor control del espacio público y la seguridad.”
 
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