La historia del barrio Lleras
Serie Barrios de El Poblado (1997 - 1998)
Quizá uno de los más tradicionales, y el que más claramente encarna el proceso de transformación urbana que ha vivido el sector. Las viviendas residenciales han dado paso a bares, discotecas y negocios de todo tipo, lo que no ha estado exento de tensiones entre los comerciantes y los antiguos habitantes. Conozca la historia del barrio Lleras en esta crónica de Vivir en El Poblado

Era la una y media de la tarde, jueves. Uno de los tres días de la semana en que don Germán Obeso Muñoz va a jugar tenis al Club Campestre. Una de sus prácticas deportivas y tal vez de los pocos contactos que tiene actualmente con El Poblado.

Cerca de 50 años atrás vendió su casa del Barrio Lleras y se trasladó para el primer parque de Laureles.

Se estaba cambiando de ropa en el reservado para hombres después del juego y casi sin saludar preguntó: “¿Cómo está eso por allá? Imagínese que en el Barrio Lleras tuve mi primera casita después de haberme casado”.

1937
Sesenta años atrás don Germán vivía en El Palo, al pie de la iglesia de San José. Entre sus planes estaba casarse y por eso se inscribió entre los posibles adjudicatarios de unas viviendas construidas por el Banco Central Hipotecario cerca a la quebrada La Presidenta y unas cuadras arriba del parque principal de El Poblado. El banco citado también se encargaría de su venta y las llamaría Barrio Lleras.

“El BCH me adjudicó una casa de tipo A. Tuve que pagarles el diez por ciento de contado, es decir, 320 pesos, y cuotas mensuales de 25 pesos durante quince años. Mi casa me costó 3 mil 200 pesos con 10 centavos”, cuenta don Germán, mientras termina de empacar su raqueta.

Eran cerca de 45 casas, la gran mayoría adquiridas, según recuerda, por empleados de clase media. Las de tipo B valían cinco mil pesos y las C, ocho mil.

“Era un buen vividero, un barrio de gente buena. Casi nadie tenía vehículo y teníamos que viajar en camionetas del transporte público”, dice.

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Entre tantos recuerdos, don Germán paró de hablar. “¿Usted tiene tiempo para que vayamos al barrio? Yo quiero ver cómo está mi casa”.

Minutos después habíamos llegado a la carrera 39. Un puente para vehículos sobre La Presidenta construido dos años atrás, el estacionamiento a ambos costados de la vía y un sinnúmero de establecimientos comerciales lo hicieron pensar que aún no había llegado. No obstante, hubo una seña que lo ubicó: “ese es el Parque Lleras, ¿cierto?, dijo”.

Otro lugar que lo llenó de emoción fue Niágara, del cual recuerda que era un caspete de un solo piso y además sitio donde fue a parar un día en que, montando en bicicleta por la calle 8, se lo comió la curva para tomar la carrera 38.

Casa por casa iba recordando aquellos vecinos de sesenta años atrás. Allí el alemán Dagoberto Levin, en esta J.B. Londoño, allí la casa de abuelos de Nohemí Sanín y allí la del doctor Congote -“si lo ve, mándele saludes y dígale que voté por él para el Concejo”.Transformación<class="intertitulo"> Tras mirar casa por casa y asombrarse de la cantidad de cambios, don Germán llegó a la carrera 37. Un asombro más por el tamaño del edificio de Catay y por cómo aquella extensa manga de otras épocas hoy tenía varias casas y una cancha polideportiva.

El recorrido terminó en el cruce con la calle 7. Su cara no se pudo ver, pero su voz demostraba mucho pesar. “Aquí era mi casita, mirá cómo quedó. Era linda, aquí teníamos una zona verde donde sembramos un curazao hermoso”. No obstante su desilusión, sacó su cámara y fotografió al menos el sitio donde vivió durante diez años y donde tuvo sus primeros hijos. Un establecimiento llamado Alianzza se leerá en esa foto.

Un barrio con de todo
La historia de don Germán se podría repetir decenas de veces más. Si los viejos dueños de las casas del Lleras regresaran al barrio se encontrarían que sus propiedades, antes adquiridas por miles de pesos, hoy van con varios ceros de más.

Otra de las cosas que no identificarán serán los usos: tal vez el barrio Lleras sea el barrio de las peluquerías, las floristerías, las sastrerías y sobre todo las comidas. Aquí usted podrá encontrar desde las rápidas con hamburguesas y platos mexicanos, hasta una cerveza o un café en terrazas que divisan el parque, sin olvidar la posibilidad de un asado con los secretos del sur o la variada oferta italiana.

Y no queda todo ahí. Reparación de electrodomésticos, agencia de viajes, antigüedades, almacenes de ropa, helados, pasteles y tortas, tatuajes, una academia de televisión y modelaje, centros de estética, una compañía de comunicaciones, una de vigilancia recién trasladada, una emisora, un convento, una aseguradora, marqueterías y este periódico. Todo eso en un barrio que no va más allá de cinco cuadras. Ahh, bueno y aquí también vive gente.

El Parque Lleras.
Uno de los parques más conocidos de El Poblado, ubicado entre las carreras 37 y 39 y las calles 9 y 9A y construido por el Banco Central Hipotecario en la década de los 30. Su nombre proviene del señor Julio Eduardo Lleras, exgerente general del banco en mención y cuya historia dice que nació en diciembre de 1884 en Bogotá y que, aunque quería ser abogado, tuvo que dedicarse a otras labores debido a su situación económica.

Una de esas ocupaciones fue la de cajero y fue así como ingresó a la vida bancaria.

Don Julio Eduardo fue además fundador de la junta directiva de la Caja de Crédito Agrario, del Instituto de Crédito Territorial, del Tranvía y del Acueducto de Bogotá.

Así fueron los primeros días de una remodelación a cargo del municipio y hecha por etapas durante dos años y ocho meses.