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Botero no pretende que observemos sus figuras como retratos más o menos fidedignos que se justifican por el parecido con sus modelos sino, precisamente, como obras de arte con búsquedas y posibilidades propias
Por  Carlos Arturo Fernández U.

fernando botero monalisa nina g

Hacia mediados del siglo 20, en el contexto del arte colombiano, la más fuerte discusión artística se movía entre una defensa decidida de la figuración y una apertura hacia la abstracción. La figuración aparecía para muchos como la única posibilidad de sostener los valores eternos del arte, de asegurar una búsqueda humanista de la belleza y de mantener los vínculos con la realidad natural y social del país. Por el contrario, la apertura hacia la abstracción era vista por otros como un ideal de progreso y una alternativa para salir de los estrechos límites parroquiales de la cultura tradicional colombiana y abrirse a los movimientos del arte internacional.

Pero el caso colombiano no era único sino que, con algún retardo, reproducía el que generalmente era visto como principal debate del arte de las vanguardias a nivel mundial.

Sin embargo, en ese momento Fernando Botero transita por una tercera alternativa que cuestiona simultáneamente la figuración y la abstracción al afirmar que la obra de arte es, ante todo, un problema estético que no quiere limitarse a la mera reproducción de la realidad ni tampoco convertirse en un simple juego de formas y colores. En efecto, cuando, entre muchas otras obras, crea una serie de figuras de niñas casi reducidas a ser una gigantesca cabeza que llena toda la superficie del cuadro, Fernando Botero no pretende que las observemos como retratos más o menos fidedignos que se justifican por el parecido con sus modelos sino, precisamente, como obras de arte con búsquedas y posibilidades propias.

Monalisa niña, de 1961, un óleo sobre lienzo de 126 por 130 centímetros, que fue una de las primeras obras del artista en llegar al Museo de Antioquia, forma parte de esta serie, lo mismo que Monalisa de 12 años, de 1959, que en 1961 fue adquirida por el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

La referencia expresa del título a la Mona Lisa de Leonardo da Vinci, una de las pinturas más reconocidas del mundo, tiene una carga significativa no exenta de humor. Por una parte, de inmediato nos dice que, de alguna manera, esta es una variación desarrollada a partir de la obra renacentista y que, por tanto, su contexto es el mundo de las obras de arte. Pero, por otra, frente a la enigmática seriedad de Leonardo, las de Botero resultan juguetonas y simpáticas, "variaciones diferentes" que se alejan completamente de los esquemas clásicos sin limitarse al solo juego de formas y colores. Y, por supuesto, convendría pensar en las diferencias que se crean.

Es un lugar común afirmar que la pintura de Leonardo nos atrapa por su extraña expresión y, en especial, por su enigmática sonrisa. A pesar de que el cuadro es mucho más que eso, a lo largo de los siglos lo hemos ido reduciendo a la sonrisa, en un proceso concéntrico que acaba llevándonos de la totalidad del plano a un punto central. En la Monalisa niña de Fernando Botero asistimos a un proceso inverso, centrífugo, en el cual, a partir de un pequeño centro formado por los ojos, nariz y boca, el rostro se expande violentamente hasta ocupar casi totalmente la superficie de la tela. Y mientras que en Leonardo nos movemos del primer plano del rostro hasta la profundidad de las lejanas montañas, Botero crea una gigantesca esfera que parece salirse de la superficie del cuadro para ocupar nuestro propio espacio.

De la misma manera, contra la pincelada totalmente difuminada de Leonardo con su paso sutil de la luz a la sombra, aquí aparecen pinceladas fuertemente definidas y colores contrastantes que se escalonan entre el violeta del sombrero y su opuesto complementario, el amarillo de las mangas del vestido.

Este tipo de "variación diferente", que parte de la referencia al mundo de la historia del arte para buscar nuevas posibilidades de la imagen y de la pintura, constituye una tercera vía entre figuración y abstracción, un camino que Fernando Botero es uno de los primeros en empezar a recorrer.
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