Palabras para arrullar a un soberano

Gustavo Arango
Por Gustavo Arango / En el mundo estamos / opinion@vivirenelpoblado.com

Somos las páginas de un antiquísimo relato: una historia de amor, honor, esperanza, compasión, piedad y sacrificio, que una voz infinita seguirá relatando mucho después de que seamos olvidados.

Este bebé que tengo entre los brazos, esta confiada ternura milagrosa, esta estrella de arcilla que palpita, este vástago de estirpes olvidadas, esta imagen de Dios color canela, este príncipe y futuro soberano, tiene apenas unas horas de nacido y ya hay gente que le teme y que lo odia.

Embriagado de roces y de aire, tiene ahora mismo todos los futuros. Descubre el poderío de su llanto. Mira, escucha, digiere; tiene dentro de sí miles de historias; lo invade un vértigo de primeras veces. Tardará poco tiempo en comprender que este reino errabundo no se humilla, que aquí caemos con la frente en alto.

Tal vez sea corto el tiempo compartido. Cada instante común será precioso. Cada gesto y conversación irán confiándole un legado milenario de gratitud y aprecio, de dignidad, pero también de indignación con la maldad. Viviré, cuando me muera, en sus recuerdos. Llevará nuestros sueños hasta seres y lugares de los que no tendré noticias.

Una horda envilecida y miserable, unas descoloridas sabandijas frías –a las que nunca nadie amó– tienen horror de desaparecer con tu tibieza. Saben que representas el futuro de estas tierras, de una lengua y unos pueblos abusados. Tu sangre es más de aquí que la de aquellos que quieren desterrarte o que te mueras.

Aquellos desalmados quieren descorazonarte. Intentarán de mil maneras convencerte de que tu reino no existe, que no eres lo que eres. Ahora mismo no dejan de decir que vales menos, que no cuentas, que en el orden de las cosas tu lugar está en resquicios y cavernas. Su avaricia los tiene atareados tratando de despojarte. Tratarán de obligarte a que les creas que el mundo tiene dueños, que no es tuyo ni de todos. Quieren vencer tu dignidad y tu coraje. Tratarán de destruirte o enjaularte. Será una guerra sin cuartel y fiera, pero el amor alienta a nuestro bando.

No hay nada que temer, mi soberano. Desde que el hombre es hombre, no ha habido tiempos fáciles. Nadie puede escapar a su destino. Algunos mueren pronto y otros tarde. Hay privilegios que son como maldiciones, y tragedias que vienen a bendecirnos. Somos las páginas de un antiquísimo relato: una historia de amor, honor, esperanza, compasión, piedad y sacrificio, que una voz infinita seguirá relatando mucho después de que seamos olvidados.

Pero ahora mismo estamos celebrando. Permite que te arrulle la música del mundo. La dicha de tu pueblo es desbordada. Hay sonrisas, suspiros, murmullos, bisbiseos. Los trenes y los pájaros te dan la bienvenida. Ya habrá oportunidad de que conozcas el color, la textura, la sublime extravagancia de esta maravillosa creación. Quisiera estar contigo para ver qué cara pones el día que conozcas la orquídea y el elefante; la tarde de sol dorado en que contemples con ojos entendidos la inmensidad del mar; la noche en que la tímida luciérnaga ilumine las líneas de tu mano. No hay prisa, majestad. Duerme. Descansa. La pluma está dispuesta y afilada. Tu ejército está dando la batalla.