OPINIÓN
icono-tubeicono-faceicono-twitericono-instagranCONTACTOUBICACIN
Publicidad
 
Submit to FacebookSubmit to Google PlusSubmit to Twitter


Un pobre profesor

De la edición impresa (Edición 303)

El otro día, al llegar a mi oficina, encontré sobre mi escritorio el corajudo anónimo de un lector de esta columna; uno que, según se ve, vivió todo un vía crucis de indignación con aquellos comentarios a propósito de la peregrina actividad cultural que actualmente se lleva a cabo en el Cementerio San Pedro (títeres, noches de poesía celta y otros espectáculos que tienen más de esnobismo que de necesidad). Los lectores recordarán y sobre todo mi diligente corresponsal lo que en aquella ocasión alegué sobre todo eso, que bien podríamos resumir ahora en uno de los títulos del humorista criollo Daniel Samper Pizano: “¡Llévate esos payasos!”.


Crónica Única Tributaria

De la edición impresa (Edición 302)

A partir de una experiencia personal, el columnista Juan Carlos Orrego explora el mundo que se crea alrededor de los trámites que tenemos que hacer los ciudadanos colombianos. Hay un foro en Los Foros Interactivos en el que usted puede contar sus historias y también sugerir la eliminación de algunos de ellos.


Una herejía de leche tibia

De la edición impresa (Edición 301)

“En el pozo de sondeo número dos, entre una áspera muestra de suelo rocoso, se encontró un objeto fabricado en plástico duro, de forma cilíndrica, con una boca ancha a la que iba adosado lo que parece un adminículo para succionar, hecho en goma y con la forma del pezón humano cuando éste se dilata durante la lactancia del neonato, aunque quizá más alargado de lo habitual”. Más o menos así rezaría la noticia arqueológica a través de la cual las generaciones venideras tendrían conocimiento del tetero, ese contenedor de leche tibia que tan entrañable parece hoy pero que, según se colige de la opinión de muchos, podría tener sus días contados.


Orrego opina sobre la lluvia de sobres

De la edición impresa (Edición 300)

En una columna salpicada con apuntes de humor, Juan Carlos Orrego, columnista de Vivir en El Poblado, habla de esta modalidad de obsequio que muchos novios, quinceañeras y hasta quienes celebran su primera comunión están sugiriendo cada vez más en las tarjetas de invitación. No sólo hay anotaciones graciosas, sino que también hay una postura personal del autor sobre el significado de los regalos y de las celebraciones familiares.


Manual de civismo y obstetricia

De la edición impresa (Edición 298)

A causa de cierto paternalismo hacia la mujer que hace tiempo está de moda, se vienen repitiendo en los estadios las pésimas actuaciones arbitrales de Adriana Lucía Correa sin que nadie parezca tomar nota de sus yerros. No hace falta ser muy malicioso para sospechar que esa negligencia tiene que ver con el género: se la trata con especialidad por tratarse de una dama, sin importar que, con ello, se patrocine la mediocridad. Muchos no ven en Adriana un árbitro común y corriente -lo que sería de elemental justicia- sino algo así como una simpática mascota cuya única gracia es correr de aquí para allá con pantalones cortos. Pregunto yo: ¿A eso se llama una justa valoración de lo que puede hacer una mujer?


Manuscrito hallado en un cajón

De la edición impresa (Edición 297)

En este oficio de emitir opiniones es forzoso hacer de abogado de todos los diablos o dioses, pues, si se abandona uno a sus convicciones férreas, poco habrá para decir: no sé si Dios existe, los hombres son estúpidos y la única ciencia verdadera es pasar el rato. Cuando se trata de pensar sobre el papel, lo que uno escribe sobre las cosas depende de poco más que la humedad del ambiente, y después de varias decenas de columnas es imposible recordar qué se ha dicho de tanto asunto suelto, de modo que ser inexpugnablemente coherente resulta ser empresa solo para elegidos. Vaya un ejemplo de la opinión “variable y ondeante”.


Humano, demasiado humano

De la edición impresa (Edición 296)

En mi conciencia está claro que he hecho lo posible por no hacer de esta columna un espacio de comentarios futbolísticos o algo por el estilo, pero no es culpa mía que en los últimos meses se hayan producido tantas y tan singulares noticias relacionadas con la pelota pecosa: un atentado contra el entrenador campeón de América, un título continental ganado por los jóvenes de nuestro terruño, la canonización popular de tres futbolistas metidos a náufragos (usted, estimado lector, sabrá que sobre todo esto nos hemos pronunciado) y, ahora, el asesinato de un desesperanzado hincha del Santa Fe a manos de sus propios compañeros de tribuna. Además, si desdeñara estos temas me vería obligado a echar mano, supongo, de asuntos tan grises como las contiendas del Congreso, las operetas del proceso de paz y quién sabe qué otras zarandajas de esas que tanto interesan a los ejecutivos pero que a mí, debo decirlo, me aburren tanto como el ballet.

De la edición impresa (Edición 295)

Una vez estuve en el Cementerio San Pedro y sufrí un pavoroso escalofrío al ver, adornando lo que debía ser la bóveda de un niño, a un sonriente pero siniestro Mickey Mouse; adivinaba uno que los padres, en medio de su astronómico dolor, habían querido llevar hasta el nicho de su hijo a quien acaso había sido su mejor amigo, su héroe o, quizá, un símbolo del almita de la criatura. La visión era tan conmovedora que se olvidaba uno de la naturaleza farandulera del ratón, y de ningún modo se percibía que se violara la silente solemnidad del cementerio. Sin embargo, en los días que corren, otros monigotes, decididamente más profanos, han invadido con toda desfachatez la casa de los muertos, llenando de bulla y aplausos un aire que debería estar ocupado solo con el untuoso amén de los dolientes.


Los futbolistas

De la edición impresa (Edición 294)

Juan Carlos OrregoPara nadie es un secreto que el fútbol goza de la peor fama entre la mayoría de las “gentes educadas”, quienes ven del famoso deporte sólo su escoria: las turbas de hinchas que despedazan ventanales, los millonarios contratos que hacen pensar en trata de humanos, los jugadores achicharrándose bajo un sol africano por culpa de los horarios televisivos y, cómo no, las travesuras dementes de algunas estrellas que, en su tiempo libre, disparan tiros al aire o destruyen costosísimos automóviles. Umberto Eco, abanderado de los críticos ilustrados, escribe que “el fútbol ha estado desde siempre relacionado, para mí, con la falta de sentido y con la vanidad de todo, y al hecho de que el Ser no pueda ser otra cosa distinta a un hueco”.


Mi abuelo el Papa

De la edición impresa (Edición 293)

En mi cabeza hay un recuerdo de cuando yo tenía cuatro años y medio: de regreso de un paseo —creo que a La Pintada— voy en un carro con mi familia y, cuando vamos pasando por un puente, por el radio del vehículo se escucha la noticia de que el Papa ha muerto. En la memoria me ha quedado sólo ese vestigio sin rostros de aquel histórico episodio de 1978 en que, en menos de dos meses y medio, tres papas se sucedieron en la silla de San Pedro. Mi mamá tuvo que explicarme, años después, que aquel Papa muerto en el paseo había sido Paulo VI, pues, a su vez, ella recuerda que la misteriosa muerte de Juan Pablo I se la notificó mi papá al salir del baño, recién afeitado y en toalla.

Publicidad
 
PAUTA: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
REDACCIÓN: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
CLASIFICADOS: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.
DENUNCIAS: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.