OPINIÓN
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Enero

De la edición impresa (Edición 312)

Por más que se diga que tiene 31 días, enero es el mes más corto del año: nadie se siente habitándolo hasta que no caiga oficialmente el telón de la fiesta decembrina, y ella se extiende hasta un lunes festivo que la sacrosanta Ley Emiliani a veces arroja demasiado lejos; igualmente, tanto foco encendido y tanto santo gigante a la vera del río poco ayudan en esa preparación que el espíritu necesita para convencerse de que ha de empezar a rodar de nuevo. Además, el agüero de las cabañuelas tiene como uno de sus corolarios el de que el mes propiamente dicho solo pueda empezar desde el día 13 (cifra poco halagüeña, en verdad). Pero lo más diciente es, en sí mismo, inexplicable: la extrañeza de verse escribiendo una carta o llenando un formulario con la palabra “enero”… ¿acaso no era un mes para estarse tumbado al lado de una piscina? Sin embargo, como esas jornadas en que se tiene verdadera conciencia de que otra vez se está trabajando comienzan apenas el décimo o vigésimo día del mes, la ilusión dura poco, y pronto se está en ese mes sensato, sobrio y gigantesco de 28 días sin festivos que es febrero.


Controlen su diarrea, admirables señores

De la edición impresa (Edición 312)

La una figura entre las 3 empresas más grandes del mundo en su sector, tiene presencia en más de 50 países, sus ventas son gigantescas y su rentabilidad magnífica. La otra es una industria local formidable, posee claro liderazgo nacional y hace poco sorprendió con la compra de importantes empresas en su ramo, tanto en el país como en el exterior. Y su sede principal está en El Poblado.


Sobre el volcán

De la edición impresa (Edición 311)

En los apuntes del viaje que hizo a Bogotá entre diciembre de 1862 y enero 1863, escribe Eduardo Villa Vélez que el indio de la sabana da la mejor prueba de su apocada torpeza al despreciar olímpicamente las maravillas de la naturaleza. El señorito medellinense se indigna sobre todo al comprobar que el susodicho nativo “mira el agua fresca que baja del alto del raizal y que se encuentra mejor a medida que se gana en altura, como insípida bebida de bueyes”. En un siglo en que nadie podía dárselas de poeta sin registrar su oficio cantando de modo sublime a las mágicas aguas del Tequendama, tanta simpleza aborigen podía resultar, efectivamente, provocadora. Hoy, sin embargo, las cosas han cambiado drásticamente y, para muchos, quizá resulte que la actitud más salvaje sea sorprenderse por las exuberancias del paisaje. Vaya esta crónica, última del año, como advertencia en una época en que, por el mucho asueto y los viajes que se dan, más de una vez estaremos frente a algo más que cauces de agua fresca.


El tránsito: el más fiel reflejo de la (in)cultura ciudadana

De la edición impresa (Edición 310)

Del actual Alcalde de Medellín no esperaba milagros en infraestructura. Tal vez por falta de dinero, tal vez por priorizar la inversión social. En cuanto a temas tan complejos como inseguridad y desempleo, he aprendido a conformarme con mejoras en pequeña escala, siempre y cuando sean bien planificadas y se pongan en práctica con una mezcla saludable de autoridad y conocimiento.

Pero en otros temas más directamente asociados con la cultura y la participación ciudadana (su tema principal de campaña) sí espero y sí le exijo. Me refiero específicamente al tránsito vehicular y a su incidencia en la vida diaria de la mayoría de los habitantes de esta y de cualquier ciudad.

Nuestros problemas de tránsito son múltiples. A una infraestructura vial deplorable, se suma un diseño mediocre. Y termina por enredar las cosas una cultura –mejor, una incultura- que hemos dejado prosperar sin realmente intentar cambiarla. Estaba convencido (¿ingenuamente?) de que este Alcalde rápidamente asumiría un liderazgo firme y claro alrededor de un tema tan vital. Pero no lo ha hecho, ¡y se acerca ya al mediodía de su mandato!

Y se trata de educar al ciudadano, sin duda. De enseñarle a peatones y conductores cómo usar bien la ciudad. Pero claro, si las propias autoridades parecen no conocer las “reglas de juego” básicas –o actúan como si no las conocieran- mucho menos podrán exigir su aplicación. ¿Tendremos que iniciar entonces por capacitar a las propias autoridades?

Veamos, como ejemplo, el tema de la circulación por la derecha en dobles calzadas:

Esta es una de esas reglas de juego básicas en la mayoría de ciudades del mundo: que los vehículos lentos –¡todos! ¡siempre!- circulen por la derecha, dejando la izquierda libre para vehículos más rápidos. ¿De qué sirve tener doble calzada si gran parte de la población “circulante” no quiere –o no sabe, que es lo más probable- circular por la derecha cuando va lento? Norma que aplica a todos, pero en particular a buses, micros, camiones y, sobretodo, a motos y bicicletas.

Restringir la circulación por la izquierda de vehículos lentos hace mucho más seguras y eficientes las vías de doble calzada. ¿Cuántas otras medidas de control tienen la doble virtud de reducir la accidentalidad y mejorar la circulación?

Señor Alcalde, hace mucho tiempo debería usted haber iniciado una campaña para educar a los conductores sobre este asunto tan vital. Si ya sabemos administrar algo relativamente tan complejo como un pico y placa (memorizar días, horas, vías en las que sí, vías en las que no), ¿cómo no vamos a ser capaces de aprender y asimilar la norma de circular por la derecha?
Entretanto, nos desgastamos con normas relativamente inocuas como la de llevar las luces encendidas (¡ahí sí aparecen las multas!) y nos olvidamos de lo verdaderamente importante.

Alcalde y Secretario de Tránsito, hagan algo pronto o seguiremos en la cultura del zig-zag y habremos desaprovechado en buena parte las altísimas inversiones que actualmente se hacen en dotar de doble calzada a las vías más críticas para acceder y salir de Medellín.




Huevos rojos

De la edición impresa (Edición 310)

Hace mucho tiempo viví cerca de dos centroamericanos que habían venido a Medellín a adelantar estudios en ciencias de las maderas. Un día, hablando con ellos sobre el cotidiano comer en esta ciudad, me preguntaron acerca de un producto de cocina que les había llamado poderosamente la atención: lo describieron como unos “huevos rojos” que se vendían en todos los rincones de la ciudad, e incluso sobre la propia calle en pequeñas cocinas rodantes. “¿Huevos rojos? Ni idea, no sé qué será...” “Sí, y por dentro vienen bien blanquitos, ¿no?, y son como esponj...” “¡Ah! ¡Los buñuelos!” “De veras, así nos dijo la señora que se llamaban”. Eso era, los buñuelos, y por tanto interés y expectativa puestos en la pregunta de ese par de latinoamericanos entendí que con esas bolas de masa se jugaba gran parte de nuestra identidad; esa identidad que convencionalmente ligamos a una bandeja paisa que más parece producto exclusivo de restaurantes que fabricación espontánea de las cocinas de barrio.


Navidad andina

De la edición impresa (Edición 309)

En medio del lluvioso noviembre, nuestros conciudadanos más fiesteros hacen todo tipo de comentarios, promesas y especulaciones a propósito del fin del invierno, pues la huida de las aguas significa, sobre todo, el arribo de los días decembrinos, plenos de luces, estallidos -algunos de ellos nefastos, por cierto-, porcinos inmolados, indigestión y bolsillos desangrados. Claro que aquellos que odian esas celebraciones también cuentan los días que dilatan su arribo, y supongo que por aquello de la guerra que, por avisada, no mató al soldado. Pero ya sea para salir radiante a las calles o para amargarse encerrado en casa -lo que no deja de ser paradójico- prevalece el deseo común de presenciar el arribo del verano: “¡Qué pereza un diciembre mojao!”, es lo que por estos días se oye aquí y allá, y cuando las lluvias se van, el 8 de diciembre -porque, el día anterior, ¿a quién no se le han mojado las velas?-, los sentimientos ya pueden expresarse en seco.


Admisión

De la edición impresa (Edición 308)

No hace mucho -y como siempre ocurre por esta época- la clientela dominical de las parroquias se vio engrosada por un público no del todo convencional: jóvenes cercanos a los 18 años que, a pesar de su decidida apariencia de paganos, repetían las oraciones con toda unción, y que luego, después de tomar solemnemente la comunión, reflexionaban en sus puestos como si fueran cartujos filósofos dispuestos a componer el mundo con su sola devoción mental. Pero se trata de una realidad fácilmente explicable: toda aquella seráfica juventud poco o nada tenía que ver con esos ejércitos de adolescentes enloquecidos con el venerable y difunto Juan Pablo II, sino que allí estaban los asustadizos bachilleres que se disponían a marchar, al otro día, al patíbulo de un examen de admisión universitario.


Casa tomada

De la edición impresa (Edición 307)

Entrevistado ante las cámaras de algún noticiero, dijo un muchacho cuya casa había sido arrastrada por un alud de piedras: “Al principio oímos un ruidito y pensamos que era la rata”. Nótese que el damnificado no habló de “una” rata cualquiera y anónima, sino que, usando con nitidez y confianza el artículo “la”, le dio al roedor el estatus de cosa -casi persona- familiar y conocida. Pero realmente eso es lo que pasa en todas nuestras casas: a un lado de si se trata o no del más pulcro hogar, esas reinas de la alcantarilla terminan colándose a nuestros aposentos de vez en cuando, y poco después de su primera aparición -a la inesperada velocidad del rayo, por el patio o la cocina- la invasora de turno ya merece de la espantada y asqueada familia el tratamiento más natural: “¿Qiubo de la rata? ¿La han vuelto a ver?”


Gente de 4 en conducta

De la edición impresa (Edición 306)

En algún año desastroso de mi vida (aquel en que el DIM perdió el título por sólo un milímetro) me vi con una mano enyesada y traspasada por un alfiler gigantesco, y con una espinilla hecha una miseria, abierta en una herida cuyo recuerdo me será perenne, e hinchada hasta el extremo de obligarme a ir con pantaloneta a la universidad. Pues bien, buscando cumplir con los deberes que allí se me asignaron, fui con mi cruz a la Biblioteca Piloto y, allí, un funcionario criado bajo sabe Dios qué extraños preceptos morales estuvo a punto de echarme a patadas, pues a juicio suyo yo había cometido el horrible delito de estar en un templo de libros con las piernas al desnudo. Al final, quizá porque una mancha café pugnaba por salir desde dentro de la gasa, aquel Cancerbero, ceñudo, dio media vuelta sin insistir más, dejándome a mí la tarea de entender que podía quedarme y a él la refrescante convicción de saberse un hombre magnánimo.


Criaturas unicelulares

De la edición impresa (Edición 305)

Caminaba por ahí un día de estos, y cuando alcancé el extremo de una acera vi que desde el opuesto se acercaba una criatura extraña: vestía como un hombre normal -incluso con más elegancia que la de un transeúnte promedio: llevaba corbata y camisa de manga larga, aunque con una combinación de colores más propia de un cajero de banco que de un ministro-, pero se comportaba como un primate arborícola descendido a la tierra: acompañaba sus zancadas con movimientos caprichosos de sus manos y su boca; evoluciones que también parecían las de un malabarista jubilado, a quien le ha quedado la manía de lanzar y aparar naranjas que no existen. De vez en cuando, aquel engendro se llevaba la mano a un carrillo, como si en él le estorbara alguna verruga o un bolo de comida a medio masticar. En algún momento, estando muy cerca de él, vi que una masa extraña -un animal parásito o algo así- se adhería efectivamente a una de sus mejillas. A cinco metros de distancia vi que, como un tarado, el simio hablaba solo. Cuando apenas nos separaban dos pasos supe la estúpida verdad: era un hombrecito novelero hablando por un celular “manos libres”.

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