OPINIÓN
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Gracias por el hardware, Fajardo… y ¿qué pasa con el software?

De la edición impresa (Edición 318)

Vemos interesantes obras viales en El Poblado y en otras zonas de Medellín. Poco a poco los proyectos se vuelven realidad, cada uno resolviendo algún problema local: Doble calzada por allí, “broche” por allá, semáforos en tal cruce, etcétera. Y hay más proyectos en camino, que ojalá reduzcan el vergonzoso atraso de infraestructura que padece El Poblado.


El jurado

De la edición impresa (Edición 317)

Hace poco desempeñé por primera vez en mi vida el particular oficio de jurado de votación, y bajo la convicción de que ese trabajo poco se acerca a las atribuciones de un jurado tal y como lo define la Real Academia Española, pues, mientras las sagradas escrituras del lenguaje hablan de determinar culpabilidades, examinar méritos o deliberar en asuntos de diversa índole, la pomposa Registraduría solo quiere que sus árbitros desdoblen papeles y hagan rayitas en un formulario, y todo bajo la más rotunda desconfianza, pues ella misma, días después, recontará los votos en el refrigerado secreto de sus oficinas capitalinas.

Empezando por la prioridad número 42

De la edición impresa (Edición 316)

Listo. Ya pasó un año y ya nos acostumbramos. Aprendimos a punta de amenazas y multas y encendemos las luces siempre que salimos a carretera, a cualquier hora del día. ¡Bravo!



Convidados de piedra

De la edición impresa (Edición 316)

La mayoría de las veces, las funciones callejeras que nuestros artistas del hambre ejecutan para sobrevivir conmueven más por ciertos rasgos marginales que por los méritos puestos a prueba en ellas, y difícilmente podrá negar esto quien, aturdido por los sonidos desgañitados con que algún niño trataba de articular un vallenato, dio la moneda en solidaridad con la camisita raída del cantante improvisado. ¡Cuántas veces una guitarra destemplada y con remiendos, un uniforme de payaso con quemaduras de plancha o un rostro bonachón mal afeitado evitaron que la estrella callejera tuviera que bajarse del bus o del andén con los bolsillos vacíos!

Un pecado nada original

De la edición impresa (Edición 315)

El que estudia antropología acaba, casi siempre, albergando recelos frente a los misterios bíblicos o, por lo menos, frente a sus predicadores (aunque es paradójico que más tarde terminen arrodillados ante brujos amazónicos). Cuando los evangélicos iban a mi casa y yo les decía que estudiaba la ciencia del hombre, cerraban sus Biblias y, sin mediar explicaciones -ellos, los campeones de la tozudez-, se marchaban con la cabeza gacha. Sin embargo, así como descree de la existencia de las sustancias divinas, el científico social no tiene dudas sobre la importancia pública de los ritos, y por eso -aunque un tanto sudoroso- termina bautizando sus hijos para evitarles, años después, el ridículo de recibir la crisma al lado de una veintena de recién nacidos (porque ya quedó probado el fracaso de aquella práctica “hippie” de dejar a los hijos la libre elección de acoger tal o cual rito).

Contra toda evidencia, pero certificados

De la edición impresa (Edición 315)

Imagino que voy manejando muy borracho por plena Avenida El Poblado y que todos me ven cometiendo una imprudencia tras otra. Imagino que finalmente me detiene un guarda de tránsito que se acerca y me dice que está prohibido conducir embriagado. Yo, sabiendo el estado en que me encuentro, no me preocupo y le entrego un flamante certificado, vigente, legal y expedido por autoridad competente, que “certifica” que no estoy ebrio ni lo estaré hasta determinada fecha. El guarda me permite seguir mi incierto camino no sin antes pedir excusas, y partiendo en veloz y zigzagueante arranque alcanzo a escucharle “…hubiera jurado que ese señor venía borracho…”


¡Tan malo, que hasta una acera se le cae!

De la edición impresa (Edición 314)

Hace unos 20 años tuve la fortuna de trabajar en EPM como auxiliar de interventoría en subestaciones de energía. Yo, pichón de inge-niero civil, admiraba la manera tan estricta y profesional con que construíamos –o mejor, hacíamos construir- cárcamos, por ejemplo. Los cárcamos son canales subterráneos dentro de las subestaciones para conducir cables entre una estructura y otra. Todos bien hechos, bonitos, todos ciñéndose con exactitud a las numerosas normas entonces vigentes. Cualquier imperfección menor, aún en lo meramente estético, era motivo para no recibir la obra al contratista. Y si la tenía que demoler y hacer de nuevo, ¡muy merecido! Justo castigo por no haber ejecutado bien la obra desde el principio.



¿Nacho lee?

De la edición impresa (edición 314)

Posiblemente sea febrero el único mes del año en que todas las pelambres se alegran de estar en las aulas y de hacer sus tareas, desde los niños de preescolar que no veían la hora de volver a asolearse en las piscinas de pelotas hasta los universitarios que, ahora sí, van a tomar la cosa en serio y a mostrarle al mundo entero que en sus cabezas hay ricos filones de sabiduría. Sin embargo, algo hay en medio de semejante alegría que delata la impostura -o, más bien, la fugacidad- de semejante disposición: y es el ingenuo entusiasmo con que, creyendo que ahora serán leídas y disfrutadas, se exhiben en las vitrinas de los almacenes las obras clásicas de la literatura colombiana. Posiblemente uno llegue a creer que un muchacho de quince años, flamante dentro de su nuevo uniforme, quiera empezar bien sus estudios de álgebra para no verse penando a fin de año (a propósito: ¿existen aún asignaturas con números o ya fueron reemplazadas por rosados cursos de crecimiento personal?), pero ya es demasiado imaginarse que ese mismo bergante se dedique con interés a la lectura de María.

Máximo favorito para el Gran Oso de Lata

La Dirección del (algún día) prestigioso concurso El Oso de Lata se complace en anunciar a la ciudadanía pobladense que entregará en fecha próxima -aún por definir- su más codiciado galardón, el Gran Oso de Lata - categoría “Peor Imposible”, a una destacada y perdurable obra de ingeniería ubicada en El Poblado.



Crecimiento y desarrollo

De la edición impresa (Edición 313)

Hay cosas que, vistas tal como ocurren en la realidad, poco tienen que ver con lo que uno imaginaba de ellas al oírlas enunciar. Eso es justamente lo que se descubre cuando, con un infante, se asiste a una cita de “crecimiento y desarrollo”: pareciera, con solo escuchar esa sobria y justa descripción del tipo de control médico en cuestión, que un pediatra diestro y pragmático va a coger al infante por los pies y lo va a pesar en una báscula, para después someterlo a todo tipo de estímulos entre los que, quizá, se incluye un martillito de goma que habrá de golpear las rodillas tiernas. Pero las cosas no son exactamente así: en lo que parece la antesala de una piñata, decenas de madres con sus bebés están sentadas en redondel -a uno le parece que, en cuestión de segundos, alguna de ellas será llamada para ponerle la cola al burro-, y hasta ocurre que un par de bombas han sido colgadas de una pared para ambientar la escena. Mientras tanto, tres mujeres sonrientes y con batas blancas tratan de llamar la atención de los asistentes a pesar de que la tarea entrañe una especial dificultad, pues risas, gritos, chisporroteos de babas, voces adultas deformadas hasta parecer japonesas, aplausos y cascabeles se superponen en un solo segundo.

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