OPINIÓN
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Vivir en Medellín

Muchos lectores toman muy a la tremenda
lo que en páginas como esta se consigna

 

Hace cinco años, en la edición 211 de este periódico-correspondiente a la primera quincena de octubre de 2001-, nació esta columna. Aquel debut consistió en una diatriba contra la falta de originalidad de los mercados de artesanías, inundados de fabricaciones industriales que, a ojos de este servidor, reemplazaban sin pudor la exclusiva gracia de los productos hechos a mano. En ese entonces yo era un profesor de cátedra con nueve meses de matrimonio a cuestas y una embrionaria promesa de paternidad de tres meses, y a pesar del sabor folclórico de mi primer escrito suponía que el oficio de columnista mucho tenía que ver con el sesudo comentario de la realidad nacional, la compleja geopolítica internacional -no hacía mucho se habían venido abajo las Torres Gemelas- o quién sabe que otro asunto digno de la discusión de gentes de corbata.

Hasta hoy sigo aplazando -y creo que indefinidamente- el inicio de las discusiones “serias” en esta columna, anclado aún en alegatos sobre asuntos cotidianos de la vida medellinense. Cinco años después, cuando he mejorado mi condición profesoral -ahora no soy un docente de cátedra sino uno, un poco menos infeliz, que llaman “ocasional”- y cuando son dos los hijos que pían cada mañana pidiendo su desayuno, mis archivos personales dejan ver un centenar de columnas sobre los asuntos más domésticos que se pueda imaginar, en buena hora tolerados por los lectores: arepas, carpinterías, escuelas, cementerios, gallinazos, buñuelos, recitales de poesía, taxistas, librerías apolilladas, predilecciones televisivas, estrellas del DIM y etcétera. Ahora que los compañeros de opinión en estas páginas han decidido bautizar sus columnas, se me ocurre -aunque la verdad es que se me ocurrió en octubre de 2001- que esta sección debería llamarse algo así como “Vivir en Medellín”.

Escribir columnas supone sus angustias, y posiblemente lo más apremiante sea encontrar un tema adecuado; parecerá tiempo suficiente los 15 días que van entre una y otra edición, pero siempre se cumple que, sobre la hora de cierre, el comentarista está pidiéndole a su editor una confianzuda prórroga para enviar un escrito que aún tropieza en las tinieblas mentales. Las dificultades se vencen cuando uno tiene en la cabeza un tema y dos o tres ideas sobre él, de tal forma que pueda seguirse el siguiente plan de trabajo: en el primer párrafo se escribe alguna cosa provocadora que sirva para presentar el tema; en el segundo se plasma la primera idea, aderezada con un ejemplo común y con otro grotesco, y en los siguientes párrafos se hace lo propio con las otras ideas, para, finalmente, cerrar la discusión en un párrafo que tenga algún olor de conclusión, toque de gracia o lamento definitivo. Sin embargo, la columna no estará lista aún: hará falta desgastarse media hora pensando un título feliz o, por lo menos, uno que no sea muy simplón ni patético, destino muchas veces inevitable.

Muchos lectores toman muy a la tremenda lo que en páginas como esta se consigna; a ellos -pero también a los que se entusiasman demasiado- quisiera advertirles que este ejercicio es más literario que moral, y que muchas veces el otro yo del columnista no está seguro de compartir las ideas plasmadas en el papel. ¡Es tan obligatorio fingir aquí un poco! ¡Cuántas veces hay que exagerar, sobreactuar, jugar a ser otro, inventar enemigos! Pero cuando se tiene como propósito poner en la cabeza de otros algunos asuntos que, por cotidianos, no se han pensado lo suficiente -hechos de nuestra vida banal que no han merecido los favores de nuestra conciencia-, tales triquiñuelas están más o menos justificadas: porque entonces no se trata de hacer prevalecer una opinión ni de jactarse de ser el más cuerdo, sino que, simple y llanamente, se trata de algo así como poner la carnada a los peces para que cada uno la mastique como le plazca (y, claro, siempre se da que algunos muerdan el anzuelo).

Ante el pastel que conmemora sus primeros cinco años, este columnista agradece infinitamente el interés y paciencia de muchos lectores y, sobre todo, el franco apoyo de quienes llevan las riendas de este periódico.

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¿Esperanzas en la Milla de Oro?

Quiero confesar mi respeto y expectativa
por esta obra

 

 
     
 

En la edición anterior apareció un artículo mío criticando la carencia total de pasos peatonales -en cualquiera de sus posibles diseños- para cruzar con relativa seguridad la Avenida El Poblado en el sector que nos gusta llamar Milla de Oro. Sin sustos, sin carreras. Y argumentando que hasta el momento ni las administraciones municipales, ni mucho menos el sector privado, cómodamente afincado en sus orillas, habían hecho algo concreto por resolver esta situación, inaceptable en una ciudad medianamente seria. Y concluyendo que en estas condiciones el pomposo remoquete “Milla de Oro” suena hueco, casi sarcástico.

Recibí comunicaciones casi inmediatas tanto de la Junta Administradora Local, como del Gerente del Plan Poblado, Luis Alberto García. Los primeros se mostraban interesados en promover con mayor intensidad el tema para asegurar una buena y pronta solución. Y el Gerente del Plan manifestaba que el problema sería enfrentado cabalmente con la segunda fase del Plan, o sea la remodelación del tramo de Avenida entre la quebrada La Presidenta y Oviedo.

Si bien la postura de esta columna tiende a ser crítica y escéptica, porque lo normal en los temas de tránsito e infraestructura en nuestra ciudad es la mediocridad y la improvisación, quiero confesar mi respeto y expectativa por esta obra, que aparentemente lograría el muy difícil doble efecto de favorecer a peatones y conductores. Algo que rarísima vez se ha logrado en esta ciudad, pero que, combinando buena planeación e impecable ejecución, es lo que siempre debería ocurrir.

Por supuesto, todo dependerá de un elemento clave, que también en esta columna se ha mencionado repetidamente: Contener la falta de educación de los conductores y su patológica agresividad.

Según informa Luis Alberto, en la primera fase del Plan Poblado, hicieron pasos peatonales que por el momento no han contado con semáforos. Se dejaron previstos pero no se instalaron. Esperando que a lo mejor no fueran realmente necesarios. En su lugar, se tuvo un equipo de Guías Ciudadanos y Gestores Pedagógicos de Tránsito durante varias semanas instruyendo a los conductores. Al parecer, tan pronto salieron estos volvió la ley de la selva y habrá que instalar los semáforos. O multar seriamente a los infractores, como tanto les gusta hacer con quienes no encienden las luces de día o los que no observan las restricciones del pico y placa.

Inevitablemente, tener más semáforos en la Avenida significa menos movilidad para los vehículos. Podrá ponerse uno, máximo dos, lo que claramente no será suficiente para los peatones en un segmento tan largo. Y en los cruces demarcados que queden sin semáforos, que se eduque para su buen uso, pero que también se castigue con firmeza su abuso. Tanto al conductor que no respeta al peatón, como al peatón cuando se lanza a la calle de manera irresponsable.

Estaremos, al igual que la Junta Administradora Local, muy pendientes del tema a medida que avance el Plan en su segunda fase. A ver si finalmente encontramos el liderazgo competente que tanto hemos anhelado.

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Los y las mujeres

Según entiendo, de lo que se trata es de que la mujer pueda elegir libremente ser una cosa o la otra

 

No hace mucho leí un artículo de María Cristina Restrepo sobre la exposición de retratos femeninos organizada por Suramericana. La comentarista, en el subtítulo del opúsculo, apunta que los rostros, actitudes y trajes de las mujeres dibujadas “revelan represión”. Yo, la verdad, no tengo ojos para tanto -finalmente soy miope en irremediable progresión- y lo único que veo es mujeres sentadas con las manos en el regazo, matronas rodeadas por sus hijos, los rostros serios y alineados de parejas luctuosas y una que otra libertaria desnuda. Pero represión, lo que se dice represión... Sin duda, hace falta estar bajo el efecto de algún entusiasmo especial para llegar a esa conclusión, y ya me imagino que en este caso algo tendrá que ver ese entre alucinógeno y cruzada justa que es el feminismo.

Por supuesto que la historia y las sociedades han perpetrado incontables barbaridades contra las mujeres, y pedir reparación de tanto estrago es imprescindible. Pero en el caso de nuestra comentarista de retratos hay otra cosa; no dudo de su buena fe, pero me parece que ve al Diablo donde nadie lo ha puesto, revelando que, en esto de la “justicia y reparación” de los crímenes contra la mujer, se miden los matices apenas sospechosos con la misma vara que se usa con las evidencias concretas. Un ejemplo riesgoso servirá para explicarme mejor: es indudable que hay intereses mezquinos tras la publicitada imagen de la mujer flacuchenta, pero de ahí a concluir como
concluyen la Alcaldía y su grupo de trabajo- que se trata de “un argumento político de dominación” posiblemente haya una distancia enorme. Se me viene a la cabeza una típica frase de agenda, en este caso de Antoine de Rivarol: “El déspota que solo ve viles carneros y el filósofo que solo ve altivos leones son igualmente necios y culpables”.

Es insoportable que, en nombre de la mujer liberada, se venga a sospechar de la vida tranquila de muchas que nunca se sintieron con cadenas. El ala fanática del movimiento reivindicatorio parece haberse convencido de que la única manera como la mujer puede vivir dignamente es estudiando en la universidad, ocupando cargos ejecutivos y manteniendo su soltería como un botín y, así, ve con desprecio la vida de las matronas amas de casa, las que eligieron criar una numerosa camada de hijos y aprender todos los secretos de la regencia de cocina. Según entiendo, de lo que se trata es de que la mujer pueda elegir libremente ser una cosa o la otra. E incluso puede que el asunto no sea tan romántico y que, a la hora de defender de acusaciones a las artesanas de la cena hogareña, convenga hacer ver que, en el caso de las profesionales liberadas, también hay presiones que obligan a elegir unas mismas cosas y moldes que se repiten, con monotonía, aquí y allá. ¿Algún analista tendencioso piensa que todas las amas de casa son amantes frustradas, carne de látigo, prisioneras de su propia casa y marionetas del capricho de un estúpido señor marido? Pues bien, antes que ver eso es más fácil percibir que infinidad de jóvenes feministas, por ejemplo, han cambiado su conversación cotidiana por un frío discurso conceptuoso, fuman para ser vistas, terminaron con su novio por considerarlo un gusano despreciable, llevan el pelo corto y piensan que sus santas y sometidas madres no han hecho otra cosa que pagar el precio de su ignorancia. ¿No habrá también allí -me pregunto- un argumento político de dominación?

La necesaria defensa de la mujer ha llegado, en ocasiones, a excesos ingenuos que poco ayudan al éxito del movimiento. El más notorio de esos deslices es aquel de ponerse a pelear contra el lenguaje, que eligió englobar la naturaleza femenina y la masculina en una sola fórmula por pragmatismo y no por interés de mortificar a nadie. Pero hay quien pierde el sueño porque se habla de los colombianos y no de las colombianas (incluso conocí a quien escribía “los y las costumbres”). Mientras tanto, nociones fundamentales como vida, muerte, patria y tierra son femeninas, y a ningún varón se le ha ocurrido protestar por ello. Bien se dice por ahí que quien ve la paja en el ojo ajeno no ve la viga en el propio: quienes creen que el idioma niega la diversidad en sus artículos se desquitan limitando el concepto de “género”, pues, en nuestros días, lo que se conoce como “estudios de género” no es otra cosa que estudios sobre la mujer. ¿Y el género masculino? ¿Acaso será una diablura política pedir su reconocimiento?

Que me apedreen si esa es la sentencia, pero yo lo único que veo es que la bandera del despotismo cambia de mano.

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¡Sálvese quien pueda en la Milla de Oro!

 
 
 

Para vergüenza de la ciudad y sus habitantes

Pasan y pasan alcaldes, pasan y pasan juntas administradoras locales y el problema sigue ahí.Como si no existiera. O tal vez sí, a lo mejor nuestras autoridades sí se han dado cuenta, pero no quieren, o no saben cómo plantearlo. Y mucho menos resolverlo.

 
 Y estamos en plena Milla de Oro, supuestamente el tramo vial más importante, más valioso de toda la ciudad. Y uno de los más destacados del país, donde trabaja la crema y nata del empresariado paisa y colombiano. A su vera se ubican orgullosas las oficinas centrales o sucursales de numerosos bancos y de gran parte de las empresas orgullo de Medellín. Es decir, las que aún no han decidido bogotanizarse… pero esa sería otra historia.

Hoy son miles y miles los empleados y visitantes que a diario deben cruzar a pie la Avenida El Poblado. Y esto sin incluir el enorme flujo que atraerán los centros empresariales y comerciales en construcción, como Forum, San Fernando y La Strada.Y próximamente Santa Fe.

Y sin embargo, para vergüenza de la ciudad y sus habitantes, ya muy avanzada la primera década del siglo 21, a lo largo de toda esta famosa milla ¡no hay cómo cruzar la calle! Algo tan elemental como permitir el paso tranquilo de un lado a otro de la Avenida El Poblado no hemos sido capaces de resolverlo.

¿Cómo podemos convivir con el hecho de que, justamente una de las vías que más gente debe cruzar a pie es justamente donde no hay la más remota ayuda al peatón?Y ni hablar del cruce de ancianos, discapacitados, niños pequeños, etcétera.

En esta zona es justo donde tienen su sede las empresas industriales y financieras líderes de Antioquia, donde son más costosas las oficinas, donde la tecnología no tiene nada que envidiar a países del primer mundo.

Estas empresas son modelo en muchas actividades. Empezando por el trato de su recurso humano. Comparado con el de otros países de la región, es admirable lo que hacen por sus empleados a nivel de capacitación, desarrollo profesional y familiar, préstamos, entretenimiento, etcétera. Hay que ver los balances sociales que cada año publican.

¿No habrá manera de que algo tan elemental como que, al llegar o salir de la oficina estos mismos empleados puedan cruzar semejante avenida con un mínimo de seguridad, empiece a ser de su incumbencia, ya que está claro que las autoridades no lo van a hacer?

¿Semáforos, puentes peatonales, cruces subterráneos? La solución no es fácil, pero cada día que se aplace la situación será peor y más vergonzosa para la ciudad.

¿Será que no hay ningún presidente o vicepresidente de estas empresas, ningún comité ad-hoc que lidere un proceso, integrando a la Alcaldía o a la Jal para que entre todos resuelvan semejante despropósito? ¿No habrá dentro de las (¡merecidas!) utilidades de la mayoría de estas empresas espacio para ayudar a financiar dos o tres soluciones peatonales a lo largo de la muy pomposamente llamada Milla de Oro?

¿O será que ya el oro se está tornando en oropel?

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Retrato oblicuo de mujeres tristes


Doña Clementina, Doña Juana Pastor, Doña María Gutiérrez Mejía con su adorable bigotito, Doña Mercedes 
 

En el gran vestíbulo del edificio principal de Suramericana, hoy utilizado apenas dos o tres veces al año como sala de arte, se presenta hasta octubre la muestra “Retrato de mujer” –Desde la Colonia a Débora Arango. Una exhibición singular, no cabe duda, donde el espectador raso puede apreciar en vivo una serie de pinturas hasta ahora ocultas al público –pues reposaban en exclusivos salones familiares-, al lado de otras más conocidas por su pertenencia a colecciones públicas, más una extensa selección de fotografías, en su mayoría del archivo de la Biblioteca Piloto.

Aplicando la llamada lectura “oblicua”, “diagonal” o “hipertextual” pregonada en los años 90 por los últimos escombros de la teología posmoderna que llegaron a nuestra ciudad, hicimos un recorrido por la muestra que por poco termina con nuestros huesos en el Mental de Bello. En efecto, el grueso de la exposición ofrece un panorama desolador y opresivo, lindando con lo patológico, de la “imagen” de las mujeres antioqueñas de 200 años para acá, prácticamente –quién lo creyera- hasta “nuestros días”.

Según se apunta en las notas explicativas, gran parte de las pinturas del siglo 19 (y agreguemos que aun del 20) fueron encargadas por una clase adinerada “compuesta por mineros, comerciantes, agricultores ricos, abogados”, es decir, por los esposos muy bien pudientes de estas mujeres a las que mantenían a buen resguardo en sus hogares, bajo muchas cerraduras y prohibiciones, mientras ellos se dedicaban a acrecentar sus fortunas y aventuras galantes y procreativas en el ancho mundo exterior (No hablaremos aquí de sus negocios, de la explotación del hombre por el hombre, etcétera, para no meternos en camisas largas). Así, el espectador que siga el recorrido planteado se encontrará desde mediados del 19 y hasta muy entrado el 20 con un desfile de mujeres muy tristes que miran a quien las contempla, congeladas e inermes, sin un brillito en los ojos, desde esa época de brumas, crucifijos, camándulas y miserias del corazón (algo de lo cual ha dado cuenta, en parte, la novelista María Cristina Restrepo).

Juro que pasé tres noches sin pegar ojo, perseguido por estas imágenes pavorosas de nuestras bisabuelas y tatarabuelas, las “matronas de la raza antioqueña”, y de quienes –por infortunio descargado sobre nosotros por una Providencia temible- venimos todos nosotros: Doña Fructuosa, Doña Filomena, Doña Teresa, Doña Ana Rosa y Doña Carlota (fotografías retocadas), Doña Clementina, Doña Juana Pastor, Doña María Gutiérrez Mejía con su adorable bigotito, Doña Mercedes, la señora de Don Feliciano, las monjas por todas partes, las madres viudas de los pintores, todo tan negro, tan gris, tan gris, tan gris, incluso en las tablitas pintadas de Rómulo Carvajal, con sus humildes mujeres sonsoneñas “haciendo oficio” en gélidos caserones.

Solo entrado el siglo 20 uno que otro rayito de sol rompe tanta tiniebla, con algunas mujeres pedronelianas, o de la muy desconocida Graciela Sierra (Bañistas, 1933), de Sáenz(muy bellas), pero Débora Arango vuelve y se tira en todo y remacha para siempre la vocación sufrida de las antioqueñas con su expresionismo impío y venenoso, lleno de furia, denunciante y lujurioso, en el puro borde del pecado mortal. Casi el único oxígeno de oh libertad que perfumas lo hallamos, vea usted, señora, en los cuadros de putitas y desnudos (el homenaje a Rendón de Pedro Nel, “La última gota” de Cano), la niña de las rosas, la campesina idílica de Santa Elena.

En cuanto a las casi 200 fotos del invaluable Archivo de la Piloto, la fotografía no miente, no hacen más que confirmar lo hasta aquí expuesto: una multitud de mujeres en trajes negros, rostros adustos, espíritus encorsetados por la religión, procesiones, enfermedades espirituales y matrimonios infelices y, como en las pinturas, escasas sonrisas de estudio que nos piden socorro desde sus silenciosos purgatorios. Y aquí nuevamente solo el toque impúdico de la pícara Kira, la bailarina extranjera que enloqueció a los caballeros del pueblo con sus transparencias y desvestiduras a finales de los 30 y principios de los 40 en el teatro Junín, nos remite a la sospecha de que por aquí pudo haber algo de la dulce, cálida y alegre concupiscencia terrenal.

En suma, el contenido de la exposición “Retrato de mujer” podría sintetizarse en la leyenda que va en la parte inferior de la pintura apabullante y pesadillesca de Doña Simona Duque (c. 1921), que reza: “He aquí un tipo digno de estudio, merecedor de alabanza y capaz por sí solo de ilustrar un pueblo”. Felicitaciones en todo caso a los curadores y asesoras de la muestra, por tantos meses pasados en mortificación y penitencia. Mil años de indulgencia plenaria.

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Puro cuento

El relator de moda, quiere ser él el protagonista,y en esa vanidad está su fracaso

 

Este oficio de hacer columnas, aunque signifique el placer de explayarse como a uno le venga en gana, obliga a perpetrar algunas mezquindades. Entre ellas, la principal quizá sea exagerar el tinte negativo de gentes y actitudes que, en el fondo, poco o nada tienen de criminales y que solo son ingenuas o ligeras (o ni eso). A veces, la saña con que plasma sus puyas distrae al cronista y le empuja a cometer errores detestables -asunto gravísimo, toda vez que el criticón no puede dar pábulo para ser criticado- y, así, por ejemplo, este servidor embistió la quincena pasada contra el editor de un libro titulado “Bitácora desde el cautiverio” y no “Memoria de un secuestro”, como torpemente consigné en mi párrafo. Pero basta de prólogos y aclaraciones: mejor es hacerse el guiso con la liebre de turno.

Me vienen quitando el sueño los cuenteros, tan populares hoy en Medellín como los poetas de festival. Sospecho que los muchos aplausos que cosechan los cuenteros algo tendrán que ver con la idea general que se tiene a propósito de la tradición del oficio, supuestamente emparentado con las artes dicharacheras de arrieros, comerciantes intermunicipales y mineros jubilados. No solo lo sospecho yo sino muchos practicantes de este espectáculo gaseoso, quienes deliberadamente exageran algunas eses, dejos “arrastrados” y algunas interjecciones locales. Otros, más conceptuosos y sintiéndose cerca de los infatuados mundos artísticos, llevan bufanda, desconocen a Cosiaca y están a todas horas hablando de un tal Beckett. Éstos prefieren relatar historias sobre las aventuras cotidianas de hombres aparentemente banales que, cuando uno menos piensa, se convierten en fábulas que promueven trascendentales nociones co-mo la felicidad, el destino o el heroísmo. Ahora me acuerdo de un relato metafísico sobre un hincha del Medellín que murió sin paladear la gloria de la tercera estrella; edificante historia sobre el estoicismo y la resignación.

La cuentería contemporánea, en cualquiera de sus modalidades, poco tiene que ver con la vieja cuentería de la provincia antioqueña. La diferencia es clara: mientras el arriero refiere con incomparable gracia lingüística lo que le ha pasado o lo que ha oído contar -inventando solo matices, creando apenas un tono propio de exageración-, el cuentero de hoy -usualmente un universitario más o menos ufano de las muchas ideas que lleva en su cabeza- inventa sus propias historias y se confía a la “profundidad” de las mismas. Pero como tales historias son, en últimas, insípidas y patéticas, el cuentero se ve obligado a aderezar su número con todo tipo de recursos: imposta la voz, ejecuta gestos empalagosos y se esfuerza en creerse su propio cuento, aunque eso no haga otra cosa que ponerlo en evidencia. El montañero típico sabe que la fuerza está en la historia, real y definida en la sabiduría popular, y por eso no necesita esforzarse con monerías; el otro, el relator de moda, quiere ser él el protagonista, y en esa vanidad está su fracaso.

Creo que el actual auge de la cuentería es uno más de los muchos síntomas de una enfermedad de moda: la anorexia literaria. La falta de vigor para vérselas con las 250 páginas de un libro hace que puñados de anémicos prefieran las fáciles 2 horas del cine, la fugacidad de un comprimido poema de festival y la perorata personalizada de esos desesperados actores que son, en últimas, los cuenteros. Supongo que el ingenio de alguno de estos artistas despedazará mis argumentos, seguramente precipitados y gratuitamente despechados. De todos modos, antes de ser caricaturizado en algún escenario de la ciudad, lanzo mi último ataque: mientras que aún se cuenta la aventura de Peralta con la Muerte a pesar de haber sido escuchada por Carrasquilla hace más de 120 años, a las historias de la cuentería del siglo 21 se las lleva el viento y prueban que Borges no tenía razón cuando dijo que no existía el olvido... ¿O alguien recuerda aquel episodio imbécil de un príncipe que vendía aguacates y una rosa parlante que oyó, hace menos de una semana, en alguna estación del Metro?

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¿Hasta dónde llegan los derechos del Ayuntamiento?

Recomiendo a los funcionarios implicados que lean el magnífico cuento de Cortázar “La autopista del sur”, donde hallarán valiosos ejemplos y edificantes moralejas

 

Parodiando al mago español Anthony Blake, “todo lo que vais a leer no es más que un producto de vuestra imaginación”. Nunca será demasiado tarde para “filosofar con el martillo” –anotaba Nietszche-, acerca de un par de aspectos de la fiesta de las flores, extensibles a otros eventos de invasión masiva y abusiva que se realizan en Ciudad Fantasma, invasión que en efecto tiene una patógena semejanza con los neoplasmas que afectan los organismos. Para no ser tachados de neuróticos a morir, hablemos solo entonces del abominable estruendo y de las insoportables congestiones de tráfico que se apoderan del Valle de las Siliconas en tales ocasiones de “esparcimiento ciudadano”. Y hagámoslo en forma de preguntas:

Una: ¿Hasta dónde llegan los derechos del Ayuntamiento para ubicar en decenas de lugares de Motorcycle Town, incluyendo barrios residenciales, gigantescos tablados y pistas de baile con dudosa “música” amplificada a centenares de miles de vatios, en programas que se extienden a veces desde las horas de la tarde hasta casi la madrugada? Esta amplificación diseñada para subyugar especies jurásicas con discapacidad auditiva puede oírse, sin exagerar, hasta a más de un kilómetro de distancia, con el consiguiente perjuicio del sueño y la tranquilidad de los habitantes a quienes la tal música no solo les importa un bledo sino que los pone furiosos: ni qué decir de los ancianos, de los enfermos, de los que tienen que madrugar al arado completamente erizados por el obligado insomnio.

Dos: ¿Hasta dónde llegan los derechos del Ayuntamiento para cerrar largos tramos de vías principales durante “las fiestas”, produciendo las fenomenales congestiones de las que no acabamos de sobreponernos? El infarto vial del viernes 4 tuvo características históricas e histéricas, con incendio incluido. El taco de carros para entrar a Sin City (Ciudad Pecado) desde el sur arrancaba en “The Corner” (Léase: Ancón). Para ir desde The Treasure a la National University este cronista se demoró tres horas. Y es que un pobladito larguirucho como el nuestro, cuyas dos o tres “arterias” principales corren paralelas a la alcantarilla que llamamos río, se colapsa con solo cerrar una de ellas. ¿Cuántas decenas de miles de horas útiles perdimos entre todos los automovilistas y transportadores ese día abominable? En mi recalentado carro de balines viajaba un workaholic -adicto al trabajo- que por poco se deschupeta: sufre de la próstata. En todo ese viacrucis surrealista no vimos ni un “azul”. En diciembre, con los “alumbrados” eléctricos y humanoides, las estadísticas son de espanto.

Finalmente: desde hace varios años, quienes trabajamos hasta después de las 7 u 8 p.m. y debemos tomar después la callejuela (¿autopista?) hacia el sur, hemos perdido y seguimos perdiendo semana tras semana, también, infinidad de horas y de sosiego por el cierre de los carriles orientales en un tramo de más de 15 kilómetros para la ciclovía, todos los malditos martes y jueves de 7 a 10 de la noche. ¿Por qué no dejan esa actividad recreativa entre tinieblas solo para los soleados domingos? Dentro del “Plan de Lectura desde la Lactancia” de Ciudad Gótica recomiendo a los funcionarios implicados que lean precisamente el magnífico cuento de Cortázar titulado “La autopista del sur”, donde hallarán valiosos ejemplos y edificantes moralejas (internet: www.ciudadseva.com) de lo que puede suceder en un trancón. Y ahora repetid, repetid conmigo en voz alta: en los asuntos mencionados, ¿hasta dónde llegan los derechos del Ayuntamiento?

Enzima indigestiva: ¿De qué saco sacan los fu-turísticos estadísticos el dato de que 6 millones y medio de aldeanos disfrutamos la Flowers Celebration? ¿Acaso todo Vallestrecho se revolcó tres veces consigo mismo en esos diez días de aguardiente y éxtasis?

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Un mar de aplausos

 
 
 

“La piedra ha servido de medio a las palabras tanto como el papel”

El mundo libresco ha conocido muchas colecciones de literatura colombiana -en dos de ellas nuestro tricolor aparece sobre el lomo, como para evitar equívocos-, otras de literatura antioqueña y, siguiendo esa lógica hasta sus extremos de arrabal, algún día se editará algo así como la “Biblioteca de escritores de El Poblado”.

 
 

”. Probablemente, los poemas del hirsuto Pascual Gaviria -antiguo colaborador de estas páginas- serán incluidos en esa colección, o la obra en marcha del anónimo Carlos Bermudo. Lo que sí es seguro es que uno de los volúmenes será “Un mar” (2006), la magnífica novela de Ignacio Piedrahíta Arroyave, un geólogo que, aunque natural del Parque de Bolívar y ahora huésped de la República Argentina, se hizo hombre en Patio Bonito, donde todavía los viajeros y turistas pueden encontrar la casa de sus mayores.

Con alguna ingenuidad, lectores desprevenidos -o ni eso: apenas mirones de solapas- se han preguntado por la relación entre la vocación literaria y la ciencia de la tierra. Piedrahíta, sentencioso, ha dicho en una entrevista reciente: “La piedra ha servido de medio a las palabras tanto como el papel”. La salida es ingeniosa pero, igualmente, innecesaria: el hecho de escribir está ligado a todos los oficios y a ninguno, de modo que, si el novelista se interesa por las piedras, ello es un hecho tan natural como si reparara calzado, practicara un deporte extremo o se entregara a místicas flagelaciones en una discreta celda. Además, en “Un mar”, si bien la narración erudita sobre unos recónditos sustratos de caliza que habrán de convertirse en cemento llama la atención científica -sin descartar al asustadizo hijo de vecino, alérgico al conocimiento, que prefirió cerrar el libro-, lo que verdaderamente inquieta al lector es la historia de amor de una pareja adúltera que, convertida en sendas criaturas acuáticas -hay aletas de por medio que no son simples metáforas-, escapa entre una barrera de corales, algo sin precedentes en la literatura colombiana.

Con su novela, el habitante de Patio Bonito fue finalista en el Premio a novela inédita del Ministerio de Cultura, el año pasado, y poco después ganó la V Convocatoria de premios a la creación de la Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín, en la modalidad novela. Por fortuna, los fallos no siempre son fallos, pues “Un mar”, valientemente, se olvida de exóticas mujeres pistoleras, intrigas urbanas que suplican ser llevadas al cine y cantaleta narrativa para proponer personajes cuya fina banalidad acaba por hacerlos interesantes, una recóndita historia mineral y una prosa que, aunque cuidada, nada tiene de empalagosa. Algunas de esas calidades se dejan ver en el pasaje que explica por qué esta pétrea novela lleva como título un emblema acuoso: “Arenas identifica fácilmente el cerro donde lleva a cabo su exploración [...] Desde allí, la inmensidad parece estar en tierra firme, en los verdes que se prolongan más allá del cerro, como si éste fuera una gran ola de movimiento imperceptible”.

Por desgracia, el lector común colombiano -con más talento para las telenovelas y el cine esnobista-, previsible en sus emociones, ha caminado de la mano de los editores hasta beber en las aguas sucias de la aventura dietética en edición de lujo. Bien dijo Hemingway que no es conveniente fiarse de editores; el de “Un mar”, por ejemplo, prefirió reservar los bombos y platillos de su orquesta para lanzar, en la última Feria del libro de Bogotá, la memoria sensacionalista de un buen hombre que, como escritor, no podría ser menos que improvisado: “Memoria de un secuestro” de Gilberto Echeverri Mejía (¡la bendita superstición del perfecto antioqueño!). Escaso será el alcance de esta página, condenada posiblemente a cobijar aguacates o a dormir hecha un tarugo entre zapatos por estrenar; ella, sin embargo, alguna justicia hará a quienes no solo se dedican a vivir en El Poblado sino a leer y escribir. Dejo como colofón el inquietante epígrafe de “Un mar”, excavado y extraído por Piedrahíta de la milenaria obra de Ovidio: “Conchas marinas han quedado por tierra lejos del océano, y se han encontrado viejas anclas en las cimas de los montes”.

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JMC, ¿sardino de 21 o anciano de 80? (Parte 2 de 2)

 
 
 

Y mientras tanto, al Dorado en Bogotá lo reforman y contrarreforman, y actualizan el de Cali

(En la columna anterior, disponible aquí, se empezaban a enumerar las evidentes fallas en el diseño y operación del terminal del aeropuerto JMC, a pesar de ser uno de los más recientes de América Latina. Continúa la relación).

 
 
¿Almorzar en el aeropuerto? Si usted está presto a subir 32 escalones, arriba lo esperan dos maravillosos restaurantes de comida rápida. ¿Y no hay más? No, ¡no hay más! Si usted quiere una buena carne, una pasta o una sopa… o si va con ancianos, o con un niño en coche, o es minusválido, deberá contentarse con los pastelitos del piso principal. Y comerlos de pie, o en una de las escasas sillas de madera. Porque mesa no va a encontrar.

¿Comer algo luego de pasar los controles de seguridad? Ya en la sala de espera no hay posibilidad de comer ni beber nada. De acuerdo, las aerolíneas a veces regalan un dudoso café, y pare de contar. ¿Alguien conoce otro aeropuerto de su tamaño con semejante carencia?

¿Locales comerciales? ¿Quién habrá diseñado locales con 2 metros de profundidad (mídanlas si no creen), donde aún las insignes pastelerías trabajan hacinadas? ¿Cuál tienda importante o de cierto prestigio -por ejemplo un buen duty-free- aceptaría funcionar en tales condiciones?

¿Comprar un regalo? Además de las pastelerías, que son afortunada excepción (¡hay 6!), tiene usted a su disposición varias tiendas repletas de baratijas. Ropa exterior china, panties chinos, gorras chinas, carritos y avioncitos de juguete chinos, y un montón de artesanías de sospechosa calidad. ¡Ah!, y en licores, lo que quiera, siempre y cuando sea aguardiente o ron de la región.

¿Y un perfume o un reloj o un vino de calidad internacional? No. Ninguno. ¿Nadie cayó en la cuenta de que un aeropuerto de buen nivel necesitaba tiendas de buen nivel? Como un servicio para los usuarios –por algo todos los demás aeropuertos las tienen- y como una elemental fuente de ingresos para la Aerocivil.

¿Baños? Cierto, funcionan. ¿Pero ven cómo queda una superficie de fórmica barata –la de los lavamanos- luego de 21 años de uso intensivo? ¿Cuándo las cambiarán? ¿Y qué tal el jabón, que casi nunca hay? ¿Y los secadores, que a veces funcionan?

Y mientras tanto, al Dorado en Bogotá lo reforman y contrarreforman, y actualizan el de Cali. Y ni hablar de países vecinos. Casi todos los aeropuertos han sido remodelados recientemente y sí parecen tener en cuenta al pasajero.

Señoras y señores, si no tenemos puerto marítimo, si no tenemos carreteras de primer nivel hacia los puertos o la capital, si queremos atraer más inversionistas, más compradores, que seguramente llegarán y saldrán por avión, entonces al menos, algún día, por favor, tengamos un aeropuerto de primera calidad. Es urgente hacer algo por este pobre terminal si queremos “mantener la caña” de que Medellín pronto será una ciudad de primer nivel internacional.

¡Por el respeto! Como decía la que no respetaron.

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 La Plaza de la Luz o el urinario más grande del Universo

¿Alguien en sus sentidos ha visto la luz que nos brinda la Luna nueva?


Cada seis meses, por julio y diciembre, me toca ser anfitrión de parientes o amigos que vienen de la USA o de Europa en plan de descanso. Este año se agregaron otros más de la India. Ya casi todos conocían lo poquito que hay que ver en la ciudad:Museo de Antioquia, Catedral, Metro con su cable (el Jardín Botánico está “en obras”), el Tesoro, y se me ocurrió una mala noche llevar a un grupo a ver la tan mentada “Plaza de la Luz” o de Cisneros (nombre oficial). Y fue la vergüenza y el horror.

Yo ya iba prevenido por un artículo de El Mundo (junio 25) sobre lo que podría encontrar allí, pero las literalmente sombrías expectativas fueron superadas con creces. La Plaza de la Luz, de noche, llena de tinieblas el espíritu. En efecto, al contrario de lo que su nombre anuncia, el lugar funge como antesala de los reinos oscuros, la suciedad, el delito. A poco de bajarnos de los taxis en que íbamos, las mujeres temerosas ya querían irse. Grupos de bazuqueros se agazapaban bajo escuálidos guaduales a prender sus antorchas contra el viento. Al pie de decenas de los centenares de falos de cemento que conforman la fallida escultura urbana había un charco de lo que ustedes se imaginan. Un vigilante se hacía el bobo, a lo lejos, en la esquina de la Biblioteca Epm. Las “luminarias” no alumbraban ni deslumbraban con sus futuristas luces digitales (inexistentes) activadas por la luna, como se anunciaba hace tres o cuatro años cuando se adjudicó el proyecto. Cogidos de la mano los visitantes (los únicos arriesgados a esa hora, 8 p.m.) huimos a saltos de canguro a refugiarnos en el Salón Málaga, en Bolívar.

La experiencia nos mostró la negación total de lo que se pregonaba en un documento en marzo de 2003, que transcribimos: “El bosque (sic) de Luis Fernando Peláez tiene algo cósmico. Será un bosque de 10 mil metros cuadrados. Con 365 postes de 25 metros de altura, que se encienden (sic); elementos desmaterializados: de metal; conformados por círculos y secciones transparentes por donde se proyecta más o menos luz, según la luna: menguante, creciente, nueva y llena. Y, en esas transformaciones, se definen los volúmenes. (…) Al bosque artificial se le agrega uno de guadua, que juega con sol y sombras en el día. (…) Hay callejones de agua, piso de pizarra y piedra que se transforma en banca. El público, al penetrar, le da sentido”. Pero, ¿alguien en sus sentidos ha visto la luz que nos brinda la Luna nueva?

Por ninguna parte vimos “ni pizca” de tan prometedora poesía. Los postes no son de 25 sino de 18 metros. No son 365 sino 300. No alumbran ni deslumbran segúnlos ritmos milenarios de la Luna sino que están ensayando iluminarlos con reflectores electrónicos que costarán millonadas. No hay dónde sentarse, aunque en el proyecto anunciaron 500 bancas. Los callejones de agua están secos y llenos de basura. A mediodía, el Sol derrite el cerebro. En suma, el pregonado “bosque cósmico” es lamentablemente cómico. Los nueve mil millones de pesos invertidos se han escurrido por entre los desagües del meadero más grande del mundo diseñado por una alcaldía: en Barcelona hicieron un urinario lineal gigante pero no tan costoso ni ostentoso. En esto sí tenemos el Guinness. Que me caigan los rayos y centellas de la furia del bonachón escultor Luis Fernando Peláez, pero estas cosas hay que decirlas y remacharlas. En Medellín no hay ni un solo parque que merezca ese nombre. Todo es una burda consagración del cemento. ¿Cuándo tendremos uno “de verdad”?

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