OPINIÓN
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¡Que pase el Rey…!

La visita del Rey a este pueblo montañero será única entre todas las eternidades

 
 

 
 

¿Y después de la saturación, qué?

Poco a poco sentirán la invasión
Hace tan solo 30 años El Poblado constaba fundamentalmente de fincas, algunas casas grandes y poquísimos edificios.

 
     

 
 

Peluquería Sansón

“Si fuere rapado, mi fuerza se apartará de mí,
y me debilitaré y seré como todos los hombres”

 
     

 
 

Medellín dos mil ochenta

La futurología debería ser un ejercicio cotidiano para mantener las mentes ágiles

 
 

 

 

 
 
 

Mitos urbanos sobre seguridad

He hecho el ensayo con cajas de trasteo, bolsas de mercado llenas, maletas cerradas y nunca pasa nada

 

 
     
 

Entre los muchos oficios que no quisiera desempeñar en la vida, uno de los más complejos sería el de director de seguridad. De cualquier cosa. De una fábrica, una oficina pública, un aeropuerto, un centro comercial, etcétera. Mi trabajo consistiría en lograr que las personas estén seguras en el edificio o instalación a mi cargo. Todos los días, todas las horas. Y que las actividades de mi empleador se puedan realizar sin mayores inconvenientes.

Tarea nada fácil en un mundo que a veces pareciera estar lleno de individuos o grupos que desean hacer el mal por aquí y por allá. Por supuesto, muchas cosas han pasado y podrían pasar y hay que tomar precauciones. Pero, ¿son apropiadas las precauciones? ¿Son inteligentes, son suficientes? ¿Se está exagerando con algunas que no valen la pena y pasando por alto otras?

Ya por ejemplo no podemos tomar un avión a Estados Unidos llevando a la mano armas tan recientemente peligrosas como una crema de dientes o un champú. Pronto será un avión a cualquier parte y, si a alguno (sobre todo si es musulmán) le da por hacer alguna broma, pronto nos estarán prohibiendo entrar líquidos y geles a teatros, centros comerciales, estadios y restaurantes. ¿Quién asegura que estas sustancias solo son peligrosas dentro de un avión en vuelo?

Miremos un par de situaciones en nuestra ciudad:

Entrando en carro a un centro comercial o al estacionamiento de un edificio público o privado, somos invitados a abrir el baúl para que el amigo vigilante eche una mirada de medio segundo al contenido e, invariablemente, nos permita la entrada. Es en serio. He hecho el ensayo con cajas de trasteo, bolsas de mercado llenas, maletas cerradas y nunca pasa nada. El vigilante simplemente mira y cierra de nuevo la tapa. “El siguiente!”.

Es lo más probable que esta ligerísima inspección no sea suficiente el día en que realmente alguien quiera hacer un daño. Pero bueno, algo hay qué hacer, algo que al menos dé la impresión de que alguien se está ocupando del problema. Claramente, la idea no es que la gente real y efectivamente esté más segura, sino que se sienta más segura.

O vamos a un estacionamiento público y, muy serio, el encargado nos pide por favor parquear en reversa. Curioso que soy, siempre les pregunto para qué. Invariablemente la respuesta es “para que en caso de una evacuación de emergencia la salida sea más rápida”.

¿Alguien se ha imaginado que, en caso de una emergencia real, la gente va a volver corriendo al estacionamiento donde dejó el carro para evacuar ordenadamente? ¿A estos expertos en seguridad realmente les cabe en la cabeza que una evacuación se hace cada uno en su automóvil?

En cambio en Estados Unidos, donde también son fanáticos de la seguridad, se espera que la gente estacione de frente, exactamente al revés que en Colombia. ¿Será que allá saben algo que nosotros no?

En fin, definitivamente rechazaría la oferta, en el remotísimo caso de que me la hagan, de ser director de seguridad

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La tragicomedia del minero

Ese jolgorio estoico me hace recordar cuando se fue a un hueco un tal Nicolasito”

     

Por fortuna la realidad no es tan trágica como, a veces, se permite serlo la literatura. Si a Efe Gómez se le hubiera pedido algún vaticinio sobre la suerte de los cuatro mineros atrapados en aquel socavón de Remedios, muy posiblemente se habría inspirado en la negra suerte de un personaje suyo, Manuel, quien en “La tragedia del minero” acaba sus días atrapado en un organal. Eso sí, la entereza de Manuel es mayúscula, de acuerdo con las últimas palabras que dirige a quienes lo escuchan al otro lado de las piedras derrumbadas: “ya yo estoy resignao a mi suerte. Lo único que siento es no conocer el hijo que me va a nacer, o que me habrá nacido ya. ¡Pobrecitos güérfanos!”. Pero el destino puede ser más nefasto tratándose de esos hijos de mineros, como lo sugiere un cuento del siglo 19, “La compuerta número doce” del chileno Baldomero Lillo: un niño es obligado a trabajar en la mina, amarrado con una cadena, en reemplazo de otro que ha muerto aplastado; el padre, fingiendo compostura, así se justifica: “cumplió ya los ochos años y debe ganarse el pan que come, y, como hijo de minero, su oficio será el de sus mayores, que no tuvieron nunca otra escuela que la mina”.

No sé qué tengan pensado para sus hijos los cuatro mineros que protagonizaron las emisiones noticiosas del último puente, pero al menos es un alivio saber que el desenlace de su aventura no tuvo la fatalidad del que imaginó el cuentista de Fredonia. Y aunque es sobrecogedor el testimonio de esos corajudos topos, obligados a beber su propia orina para no deshidratarse, el asunto pudo haber sido realmente macabro de intervenir la imaginación de Ernesto Sábato, quien en “Sobre héroes y tumbas” describe así las ocurrencias de quienes, atrapados en un ascensor, se ven obligados a consumir algo más que sus propias excrecencias: “La sed puede apagarse con orines, que se recogerán en la mano para luego tomarlos, como también está comprobado. Pero ¿y el hambre? También está comprobado que nadie come sus propios miembros, si está cerca de otro ser humano [...] En fin, es probable, qué digo: es seguro, que al cabo de cuatro días, quizá menos, de encierro hediondo y salvaje, con rencores mutuos y crecientes, el más fuerte come al más débil”.

Nada tan ajeno al accidente minero de Remedios como esas siniestras escenas de papel. Las imágenes a través de las cuales se difundió el episodio del nordeste antioqueño dejaron ver muy otra cosa: conversaciones entre mineros enérgicos que planeaban el rescate sin lágrimas, ollas gigantescas en que se preparaban sancochos de batallón, un hombre tasajeando la pierna de una res como si se tratara de la carne comunitaria del cordero bíblico, semblantes optimistas, y, por supuesto, los atronadores aplausos de la solidaridad al paso de la procesión triunfal de las camillas que llevaban a los cuatro resucitados. Ese jolgorio estoico me hace recordar, inevitablemente, un suceso de hace más o menos un cuarto de siglo: cuando se fue a un hueco un tal “Nicolasito” -aunque muchos aseguran que éste jamás existió y que tras la historia buscaba ocultarse un plan narcotraficante-, pues también entonces una solidaridad alegre rodeó el hecho, sin importar que, al final, no pudiera rescatarse con vida al desventurado niño.

Tomás Carrasquilla, nuestro único clásico, ha pincelado inmejorablemente el cuadro entre conmovedor y alegre de ciertas tragedias. En “Mineros”, el negrito más vivaracho del barracón casi muere por un descuido de los peones, pero ello no impide que alrededor humee el caldo con arepa migada, el aguardiente y la guitarra. Inevitablemente habrá que concluir que, por la sazón que ponen en la vida gris del día a día, ciertos amagos de la muerte se convierten, a la postre, en aquellos males que solo vienen por bien y de los que con tanta convicción habla el refrán.

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Doble calzada:
¿para llegar más tarde?


Podemos correr más en las vías estrechas que en las amplias, incluso si son más empinadas

 
     
 

Ríos de tinta han corrido en este y otros periódicos para analizar la recientemente entregada Doble Calzada en la vía Las Palmas. Por consenso general, la vía mejoró lo que teníamos, pero se quedó corta frente a las expectativas. Algunos la critican por los taludes, otros por la anchura insuficiente, otros por que se dejaron demasiadas curvas, etcétera.

Digamos que el resultado final es aceptable, pero que no es la gran maravilla. Es una vía normalita, no una extraordinaria. No representa “lo mejor de la ingeniería nacional”, como leí que en algún momento decían los constructores. Ojalá no sea así, nuestra ingeniería realmente puede dar mucho más.

El punto que quiero comentar es el de las velocidades máximas permitidas en dicha vía. Que claramente fue construida para subir y bajar más rápido (perdón por la obviedad). Pero que al parecer terminaría siendo una de las vías más lentas de toda la ciudad. Mejor dicho, si por las autoridades de tránsito fuera, esa platica se perdió.

Veamos. Viniendo del Aeropuerto, entre Sajonia y la glorieta de Sancho Paisa, -es decir, todo el tramo que no es calzada doble- la velocidad máxima permitida es 60 kilómetros por hora. Pero al llegar a la doble calzada, la máxima baja a 40. También subiendo, la máxima es 40 km/h. Y eso que en el tramo de calzada simple, entre Sajonia y Sancho Paisa, la pendiente es aún mayor que en el tramo de doble.

Ah, y en la propia Loma de Los Balsos, muchísimo más estrecha y empinada que la doble calzada, donde nos ruegan que por favor bajemos en segunda o en primera, ahí podemos acelerar hasta 30 km/h. Mejor dicho, después de semejante inversión, podemos ir por la doble calzada 10 Km/h más rápido que en nuestras vías más peligrosas, estrechas y empinadas!

Lo cual lleva a las reflexiones siguientes:

Podemos correr más en las vías estrechas que en las amplias, incluso si son más empinadas.

Es tan ridículamente baja la máxima permitida en la doble calzada, que ningún vehículo la cumple. Incluyendo, por supuesto, todo tipo de autos oficiales. Salvo en un par de curvas estrechas, es bien difícil encontrar algún automóvil, camión o bus que circule a menos de 60 y si lo hay, seguro va por toda la izquierda.

Son tan tontas, tan poco aplicables, que la gente se acostumbra a no cumplirlas y se vuelven parte del paisaje. Y así ninguna señal será tomada en serio, ni en esta ni en ninguna otra vía. Me imagino la escena cuando un agente de tránsito, empiece a parar vehículos porque “señor, lo siento mucho, usted venía a 45 y esta es una vía de 40, ¿acaso no vio la señal?

Finalmente, también podría ser alguna de las opciones siguientes:

Que no nos avisaron, y las señales están en millas y no en kilómetros por hora.

Que tampoco nos avisaron y las señales indican la velocidad mínima y no la máxima permitida.

Que se agotaron a nivel nacional los números mayores de 40 pero tranquilos, próximamente llegará un embarque.

Los invito, señores Secretarios de Tránsito de Medellín y Envigado, a que suban o bajen por esta vía cumpliendo estrictamente las señales de velocidad. Como debe ser, por supuesto. Y después hablamos.

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  El Borges de Bioy Casares: ¡Oh Hipopótamo Totémico!

Los amores y desamores de Borges corren por allí también, a veces pintados de manera cruel
 
     

 

 



Geopolítica animal

No debe sorprender que 18 hipopótamos vivan ahora, a sus anchas, en los ríos tibios vecinos al Magdalena

     

En “Dos años de vacaciones” -posiblemente la novela de Julio Verne con título más perturbador-, un puñado de colegiales perdidos en una isla chilena se topan, de buenas a primeras, con un hipopótamo: “En medio del lodo del marjal, a unos cien pasos de distancia, revolcábase un enorme animal que el joven cazador reconoció al instante. Era un hipopótamo, gordo y rosado”. La primera vez que leí esas líneas reputé de absurdo el episodio, y lo tomé como la prueba incontrovertible de que Verne, como indican sus biógrafos, escribió aventuras escenificadas en lugares que nunca conoció, armado con una enciclopedia que alguna vez tenía que fallar; porque -como se nos dijo en la tierna infancia- esas magníficas moles que son los hipopótamos solo se encuentra en África.

Sin embargo, los tiempos que corren han dejado comprobar cambios inesperados en las posibilidades y rutinas de la naturaleza, y no solo ha ocurrido que el clima enloquezcahasta hacer de enero un mes pasado por agua, sino que las fronteras de la vida animal se han deshecho como las de tantos países del oriente de Europa. Así, no debe sorprender que 18 hipopótamos vivan ahora, a sus anchas, en los ríos tibios vecinos al Magdalena, cerca de lo que antes fue la profana hacienda Nápoles. Lo que fue apenas una pareja de animales foráneos, importada al país como un frasco de refinado perfume o como un potente y exclusivo automóvil gracias al poder ilimitado de un Al Capone criollo, hoy es una respetable colonia. Es sumamente notable que los dos inmigrantes de hace veinte años hayan logrado constituir una familia saludable, contra todas las previsiones de los biólogos ortodoxos y para felicidad de los colegiales lugareños.

Pero no se crea que la obesa manada ha gozado de la completa aceptación del “Homo sapiens”: más de uno -adultos todos, sin duda- comienzan a verlos ya por el rabillo del ojo. Se habla de costumbres incontroladas, voracidad insaciable, peligros indefinidos y no sé qué otras acusaciones. Con apasionada mala intención -y sin reparar en que la gestación de estos gigantes no es, propiamente, tan frenética como la de las ratas- hay quien habla de “plaga”, y los amigos de las decisiones radicales -valga la pena el eufemismo- ya andan pensando en inyecciones letales y otras barbaridades; me imagino que en cuestión de días el asunto será de Estado, y se tocarán los complejos resortes de la identidad y el orden público. Parece una broma, pero aun el mundo animal debe soportar los odios mezquinos que son característicos de los humanos, quienes, obsesionados con los alambres de púas con que han cercado sus países, ven al diablo en la oscura piel de otro, en sus cejas y barba tupida o en su gusto por las bebidas fermentadas. Me pregunto si las garzas y babillas del Magdalena albergan para sus vecinos afrocolombianos una desconfianza semejante.

El ser humano es desconcertante por su hipocresía. Hace muchas décadas, cuando las montañas andinas abundaban en osos de anteojos y pumas, estos eran blancos cotidianos de cazadores y pastores vengativos, y las cabezas peludas se apreciaban notablemente como adornos colgantes en salas y comedores. Más adelante, cuando estos hijos de los bosques se vieron considerablemente diezmados, los dolientes colombianos decidieron cuidarlos y dibujarlos en afiches melancólicos. Hoy se quiere ultimar a los hipopótamos -los testimonios de los partidarios de la eutanasia, difundidos en las horas “pico” de los noticieros, no son otra cosa que una disimulada autorización para las cacerías más extravagantes-, pero supongo que, cuando solo queden en pie dos o tres, todas las palabras, dineros y recursos empleados en desprestigiar a los “caballos de río” se convertirán, como por encanto, en las magias de la salvación. Sin embargo, mientras llega ese día llega -y corrigiendo a Thomas Hobbes- el hombre es lobo del hipopótamo.

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Persistencia del Mal

Mientras más atroces los crímenes en EU, mayores recompensas mediáticas reciben los criminales

 
     

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