Jarlinson, Yubergen y el poderoso Nacional, que ni el desastre del Mundial de Clubes logra empañar: el sello de un 2016 para sacar pecho por la palabra colombiano. Así solo sea en el deporte
/ Santiago Hernández

No fueron los tres momentos de gloria más altos: ni el segundo del podio, ni de la imposición de la medalla o del levantamiento del trofeo. Fueron tres días, tres lugares, tres personajes, que nos hicieron emocionar hasta la lágrima. Puede que no sean los más taquilleros, los héroes de los afiches o los millonarios, pero estos tres acontecimientos, con sus personajes, redefinieron el concepto de orgullo colombiano, gracias a sus gestas. Momento para irnos hacia atrás en el calendario y darnos cuenta por qué el 2016 será un año inmejorable en nuestro deporte.

17 de julio: ya había pasado el Giro de Italia con la sonrisa de Esteban Chaves como protagonista, con un podio y una etapa lograda. En el Tour de Francia, las cosas no iban como las soñaba Nairo Quintana en la general, pero un hombre quería sacar lo mejor de sí en las cimas, y sobre todo, en los descensos. Jarlinson Pantano salió de la nada, cuando los favoritos se marcaban al milímetro, y nos dio una victoria épica. Acostumbrados a ver nuestros brazos en alto en las grandes cuestas, el caleño se valió de un arma casi suicida, el descenso, para ganar la etapa 15 del Tour, disputada un domingo entre Bourg-en-Bresse y Culoz.

Jarlinson hizo parte del genial año del ciclismo colombiano, que contó con el título general de la Vuelta a España de Nairo, con tercer lugar del Chavito; el mismo Chaves siendo segundo del Giro, y a Quintana como tercero de Tour; así como las 5 etapas y dos carreras de un día ganadas por el joven y raro embalador nacional Fernando Gaviria. Un año que quedará en la memoria como en el que Nairo reclamó el trono de mejor de nuestros tiempos, en el que Chaves mostró su sonrisa, y en el que Jarlinson, a la bajada, nos supo emocionar.

10 de agosto: Yubergen Martínez llegó a Río de Janeiro como uno de los 147 colombianos a los Juegos Olímpicos de verano, tan desconocido, que aún no se ponen de acuerdo si la tilde de su nombre se escribe con G o con J. Venía con los puños empacados desde Urabá, donde se había ganado la vida arreglando bicicletas, pero ahora quería que le dieran la gloria como boxeador. Y ese miércoles su sueño se cumplió.

El español Samuel Carmona era su rival, y el ganador del combate, pactado a tres asaltos, aseguraba metal. Tras la decisión, y con el aplauso lejano del europeo, Yubergen se arrodilló, agradeció al cielo y vio como su vida cambiaba de manera radical. Era la cuarta medalla de Colombia en los Juegos, pero era la representación de un sueño casi anónimo que se hacía realidad en la piel de un chico de 49 kilos de peso.

La medalla de Yubergen puede que no fuera dorada como la de Óscar Figueroa (pesas 62 kg), Caterine Ibargüen (triple salto) o Mariana Pajón (BMX). Apenas iguala a Yuri Alvear (judo 70 kg), y supera en metal a los bronces de Luis Javier Mosquera (pesas 69 kg), Ingrit Valencia (boxeo 51 kg), Carlos Ramírez (BMX) y las entregadas a posteriori a Leidy Solís y Ceiver Ávila. Pero el momento de emoción de Yubergen, de rodillas ante el mundo, es invaluable.

9 de mayo: Partido 2-1, minuto 93, un central de delantero y un par de minutos para que el poderoso Nacional de la primera ronda quedara eliminado ante Rosario Central. Centro de Andrés Ibargüen, cabezazo de Alexis Henríquez y Orlando Berrío que se vistió de héroe. Nacional, en el último minuto posible, lograba su paso a la semifinal de la Copa Libertadores (bochorno de por medio), pero empezaba a escribir su año grande en el fútbol internacional.

Ese duelo ante los argentinos forjó el carácter de un equipo que, durante toda una temporada, jugó como el mejor. Lo ratificó con el título el 27 de julio, agrandó su hazaña con el gesto de claudicar a la Copa Sudamericana en pro del Chapecoense, y hasta se fue al Mundial de Clubes. El equipo de Reinaldo Rueda firmó el mejor año de un club colombiano en su historia, con título, otra final, y sobre todo, un gran juego que ni el desastre del Mundial de Clubes logra empañar. Y fue el sello de un 2016 para sacar pecho por la palabra colombiano. Así solo sea en el deporte.
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