Es preparar, como Pablo y Marcela, seis meses de un sueño: hacer cuentas, rebuscar tiquetes, pasaportes, itinerarios, hoteles (o simplemente camas), es poner tu vida en función de un par de partidos de fútbol
/ Santiago Hernández

Pablo y Marcela vendieron el carro, adelantaron vacaciones, vivirán 3 días entre aeropuertos y pasarán la Navidad en una sala de espera de Shanghái. Pero todo por cumplir un sueño: estar con Nacional en el Mundial de Clubes de Japón.

Pablo Ramírez y Marcela Garcés son novios, hinchas de Nacional, y desde el viernes 9 de diciembre, dos de los muchos viajeros que tomaron la ruta larga hacia un sueño: ver a su equipo amado en los lejanos Osaka y Tokio. Pero el camino no fue fácil. Vendieron su Spark para poder pagar los tiquetes y el alojamiento, y así no tener que sacar un crédito; harán un viaje Medellín-Cali-Madrid-Shanghái-Osaka, saliendo el viernes a la 1 pm y llegando el lunes al mediodía; regresarán en un itinerario parecido, pero pasando la noche del 24 de diciembre en China; y vivirán tres semanas como mochileros. Todo esperando un premio: “Ser parte de una fiesta diferente, como nosotros solo la vivimos”.

La idea de Japón es diferente. No es una final más, de esas a la que llegas solo con ocho días de anticipación y a la que puede viajar solo un grupito de privilegiados. Tampoco es la celebración de un título, que se vive un par de noches con desenfreno y se chicanea por redes sociales un tiempo.

Viajar al Mundial de Clubes, o antes a la desaparecida Copa Intercontinental, es un viaje de vida. Esa tradición que se reformó con el patrocinio de Toyota, ese premio de un carro que era expuesto en plena cancha y con una llave gigante como trofeo, se convirtió en fetiche para el hincha de fútbol que soñaba con un inhóspito territorio. Tiempos sin internet.

Japón es preparar, como Pablo y Marcela, seis meses de un sueño: hacer cuentas, rebuscar tiquetes, pasaportes, itinerarios, hoteles (o simplemente camas), es poner tu vida en función de un par de partidos de fútbol, así toque esperar un par de días más para darle un abrazo de Navidad a la familia. En los trayectos del viaje, la idea del grupo de hinchas es “que en todos los aeropuertos sepan que vamos a ver al verde y no de turismo simple”. Las escalas en Nueva York, Houston, Los Ángeles, París, Madrid y Tokio son tan ansiadas por el aficionado viajero como la lista de los 23 convocados o la salud siempre en riesgo de Alejandro el Lobito Guerra.

Desde hace meses se ven las en las tribunas del Atanasio Girardot las banderas de Japón, con el círculo en verde; las bandanas de Daniel-sang de Karate Kid con el escudo del verde de Antioquia; los tatuajes con letras japonesas ya acompañan los rostros de Andrés Escobar o René Higuita; y hasta cualquier paisano de ojos rasgados ya merece foto con la camiseta del equipo. Es una manera de vivir un partido que supera cualquier final con Olimpia, Boca Juniors o Independiente del Valle. Es un encuentro con algo más grande.

Y para el que se queda en Colombia no es diferente. La final entre el Nacional de Pacho Maturana y el Milan de Arrigo Sacchi, jugada el 7 de diciembre de 1989, le enseñó a Colombia que había fútbol en la madrugada, pues hasta ese momento no nos habían llegado los Mundiales de Corea y Japón o los juveniles de Oceanía. Hasta ese punto, el fútbol europeo de clubes, en su mayoría, llegaba en revistas, en partidos viejos retransmitidos en la Cadena 3, y en uno que otro duelo perdido en la TV por cable. Ese partido que obligó a un plan diferente, pues en las calles a ver el partido, y aunque todos sabíamos de Marco van Basten y Franco Baresi, esa vez los sentimos reales, a una hora irreal. La idea de madrugar a ver fútbol es tan diferente, por eso enamora al hincha que quiere diferenciarse del resto.

Esta semana es de fiesta para Nacional y sus hinchas. Tras unos días mediados por el dolor, con la tragedia del avión de Chapecoense, el fútbol volvió para hablar de los partidos, las nóminas mixtas y millas aéreas. Por fin llegó el momento placentero: el Mundial de Clubes de Japón, y la semifinal del 14 de diciembre. Allá estará Pablo junto a su novia, así como estará un puñado (más grande de lo que creemos) de hinchas que viven este viaje como el mejor de su vida. Porque el sueño de Japón es único, tan grande como cualquier vuelta olímpica. “Es un viaje único”.
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