¿Sí caminaron descalzos sobre el suelo húmedo del bosque y se sentaron a escuchar durante un ratico el canto de los pájaros y el sonido del viento en las hojas de los árboles? Ojalá hayan podido hacer alguna de estas cosas, pues la sensación de paz y conexión que suelen traer es maravillosa
/ Rosana Arizmendi

Retomando donde terminamos la primera parte de este viaje, hoy les voy a contar un poco sobre la rizosfera, las micorrizas y otras cosas fantásticas que pasan en los bosques. Como les había dicho, la rizosfera es la parte del suelo que está cerca de las raíces de los árboles y plantas. En ella pulula la vida, principalmente en formas microscópicas (la densidad de microorganismos cerca a las raíces puede ser hasta 100 veces mayor que en el resto de zonas del suelo), pues allí, además de absorber agua y nutrientes minerales del suelo, las plantas también liberan azúcares, grasas y proteínas, creando un bufet delicioso y “barra libre” para todos los bichitos (lo digo con cariño) que deambulan por ahí. Este intercambio entre plantas y suelo se da a través de las raíces, aunque, vecinos, les cuento que ellas no actúan solas… (Imaginarse esa musiquita de misterio de las películas).


Para que las plantas puedan absorber todo lo que necesitan para vivir, ellas tuvieron que aliarse, desde hace mucho tiempo en la evolución, con unos personajes que, para la mayoría de nosotros, son ultra-desconocidos. Cha, chan: ¡los hongos! Resulta que estos seres son mucho más que champiñones, portobellos, trufas (sí, estas son hongos, crecen en el bosque y son uno de mis sabores favoritos de todos los tiempos), levaduras (sí, también son hongos) o esos famosos que dan “loquerita”. En realidad, los hongos son tan diversos, que existen de todos los tamaños, formas, colores y sabores, y se estima que en el planeta existen alrededor de 5.1 millones de especies. Wow. Además, no son plantas, ni animales, ni bacterias; son hongos. Es decir, forman un supergrupo (lo que en el colegio nos enseñaron que se llamaba reino) para ellos solitos, que está separado de los supergrupos de todos los otros organismos.

Pero, y ¿qué onda con los hongos y los bosques? se estarán preguntando. Bueno, pues ya se viene la explicación.

Para que empecemos a entender el grado de importancia de los hongos, no solo en los bosques, sino en general, les cuento que estos son unos de los principales descomponedores de materia orgánica muerta. O sea, todo lo que se muere, se descompone en grandísima parte gracias a ellos. En los bosques esto es vital porque garantiza que los nutrientes que había en esas hojitas y animalitos muertos queden otra vez disponibles en el suelo para que las plantas los puedan absorber y, así, seguir creciendo y viviendo, hasta que ellas o sus hojas se mueran, caigan al suelo y vuelvan a convertirse en minerales, cerrando el ciclo. Brutal, ¿cierto? Este proceso se conoce como “reciclaje de nutrientes” y, sin él, los ecosistemas dejarían de funcionar.

Sin embargo, además de reciclar nutrientes, los hongos también son fundamentales para las plantas porque las ayudan a expandir su área de absorción de minerales y agua de una manera “gulliveresca”: resulta que los champis (abreviación de champiñones) que uno ve cuando camina por el bosque, son solo la parte reproductiva de un organismo gigante que se esconde debajo del suelo (si a alguno le ha dado por escarbar un poquito debajo de la hojarasca, probablemente haya visto que entre la tierra negra se ven unos hilitos blancos o amarillos; esos hilitos, vecinos, se llaman “hifas” y son el cuerpo de los hongos - o sea, los hongos de los bosques son hifas que solo cuando se reproducen forman los champis que nos comemos). Cuando digo organismo gigante no estoy exagerando: debajo de uno solo de nuestros pasos en el bosque, ¡puede haber cientos de kilómetros de hifas! Re-wow.

Pero eso no es lo más bacano de todo… Una cosa muy bacana es que las hifas se meten dentro de las raíces de las plantas, incluso dentro de las células, y forman una simbiosis en la que la planta le proporciona azúcares y otros alimentos al hongo, y éste absorbe agua y minerales, a través de todos sus hilos, que luego transfiere a la planta. Peeroo, una cosa más bacana todavía (para mí, la más) es que las hifas comunican a los árboles entre sí. Sí, vecinos, así es. Los árboles pueden hablar entre ellos: a través de los hongos pueden comunicarse mensajes de alerta de enfermedades, compartir alimento, o, incluso, ¡reconocer a sus parientes! Re-re-woooowww.

Los dejo con ese dato. Y si esto les parece increíble (en todos los sentidos de la palabra) les recomiendo que se vean la charla TED “How trees talk to each other” de Suzanne Simard, y el capítulo sobre los bosques estacionales de la serie “How Nature works” de la BBC.
¡Salud!
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