Las taras que camuflamos, la verdad de nuestros engaños, las cobardías negadas, los fantasmas que nos atormentan y nuestro antihéroe personal. Todos escondemos un Kung Fu Panda o Pulgarcito interior

/ Juan Sebastián Restrepo

A Freud le debemos la consciencia de que no somos amos en nuestra propia casa, de que no somos “uno” como creemos, de que somos una relación, generalmente conflictiva, entre varios, y de que, en esa relación, hay un constante juego de luz y de sombra, de mostrar y de esconder.

Jung llamo “sombra” a ese terreno vedado donde yacen las partes nuestras que rechazamos, escondemos y evadimos. Ese cuarto oscuro que alberga nuestras vergüenzas, los deseos inconfesables, las taras que camuflamos, la verdad de nuestros engaños, las cobardías negadas, los fantasmas que nos atormentan, los diablos personales que nos legó el baloto de la vida, y nuestro antihéroe personal. Porque todos escondemos un Kung Fu Panda o Pulgarcito interior.

Y esa sombra siempre nos persigue y amenaza, se escurre por las grietas, por las palabras y los gestos, por los arrebatos que nos controlan, por esos sabotajes desagradables que alteran nuestros propósitos. La sombra es incómoda, terca, algunas veces monstruosa. Pero su fuerza y su poder destructivo residen, precisamente, en nuestra insistencia en no mirarla. Sartre lo dijo de una forma muy bella: es “la mala fe”, esa negación compulsiva, ese empecinamiento en el autoengaño, lo que le confiere su poder.

Por otro lado está esa otra parte que nos empeñamos en mostrar: la “máscara”. Todos mostramos una fachada, exhibimos un personaje ficticio, vendemos cuentos de hadas. Y esa máscara alberga una imagen idealizada que nos hacemos de nosotros, un héroe que idolatramos, una perfección que nos tortura, un orgullo susceptible, mandatos y prohibiciones incuestionados, fortalezas exageradas, y verdades mentirosas que pregonamos.

Pero la máscara siempre es endeble, siempre se siente amenazada, exige un sinnúmero de malabares para mantenerse en pie, exige un extenuante ejercicio constante de revoque y pintura. Es tiránica, porque no importa a qué costo, exige que sacrifiquemos partes nuestras que son incompatibles con el disfraz. Desprecia, tortura, obliga, trata a nuestra humanidad como una bestia de carga. Sus ejércitos son el miedo y el apego. Su ley el control, el poder y la seducción.

Y vivimos la vida crucificados entre la sombra y la máscara. Huyendo de la sombra, para caer en el yugo de la máscara. Pero la lógica de esta relación problemática, queda expuesta cuando entendemos un simple axioma que tiene una precisión matemática: “Dime de qué pregonas y te diré de qué careces”. Vista así la realidad, entendemos mejor la dinámica: detrás de todo homofóbico hay un núcleo homosexual, detrás de cada mujer que se mata por exhibir su belleza hay una persona que se siente fea, detrás de cada hombre con carro grande existe la percepción de algún tipo de pequeñez, detrás de cada violento hay un cobarde, detrás de cada payaso un triste fatalista, detrás de cada dramático hay una persona fría.

La máscara solo se construye en el intento de apartarse de la sombra. Es una construcción mentirosa, una quimera, una compensación. Es hija de la sombra y por eso nunca tiene la fuerza de la verdad. Pero una vez le damos la cara a la sombra, asumimos el coraje de prender la luz del sótano, de aceptar nuestras verdades incómodas, de asumir nuestros deseos negados, de confesar nuestros temores ocultos, de exponer nuestras debilidades tapadas, entonces empezamos a crecer desde la verdad. Cuando un ciego sabe que es ciego entonces ya no está tan ciego.

Por eso Jung decía que uno no llega a la iluminación fantaseando con luz, sino iluminando la oscuridad.
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