Aunque los cuerpos son libres, la sexualidad es frustrante; aunque el dinero abunda, la experiencia de la carencia es insoportable; aunque la medicina está a punto de encontrar la inmortalidad, nuestra hipocondría se vuelve insistente
/ Juan Sebastián Restrepo

La felicidad debería ser nuestro único propósito en esta tierra. Pero se convirtió en nuestro despropósito. Ya no es ese robusto florecimiento de una sabiduría pagada con la vida misma, sino el barato espejito que conjuga la astucia del que engatusa y la pendejada del que lo compra. La felicidad actual es un pretexto, una mentira que nos hace dóciles consumidores.

Esta sociedad de consumo nos promete todo para ser felices: tecnología, dinero, viajes, los manualitos del prestidigitador terapéutico, los videos del gurú auto-iluminado de turno, mil posgrados, todo tipo de espectáculos con lucecitas, vitaminas, medicinas, likes, diplomas, tarjetas de crédito, viajes a ParÍs o Sri Lanka, aplicaciones de sexo, bares swinger, clases de yoga exprés dentro de un baño turco.

Pero aunque los cuerpos son libres, la sexualidad es frustrante; aunque el dinero abunda, la experiencia de la carencia es insoportable; aunque la medicina está a punto de encontrar la inmortalidad, nuestra hipocondría se vuelve insistente; y aunque estamos conectados por la tecnología, vivimos más que nunca la tragedia de la alienación. Si juzgamos el árbol por los frutos, debemos aceptar que la felicidad que nos vendieron es un paquete chileno.

Estamos obligados a ser felices. Pero la felicidad a la que estamos obligados, no nos hace felices. Esto nos lleva a una conclusión lógica: algo anda mal con nuestra noción de felicidad. Pero aquí viene uno de nuestros grandes problemas: a la hora de hacer cosas para lograr la felicidad que nos venden somos ingeniosos, hábiles y astutos. Pero a la hora de cuestionar qué es la verdadera felicidad y cómo se alcanza, somos más bien ingenuos e inconscientes. En otras palabras: somos muy inteligentes, pero poco sabios.

La felicidad que nos venden, para que nosotros compremos, se basa en presupuestos neoliberales: crecimiento, competencia, consumo y materialismo. Según esa lógica, soy feliz si gano más, si logro más, si me capacito más, si el metraje de mi apartamento crece con los años, si tengo más trofeos en mi lista de mujeres seducidas. Soy feliz si gano el reality, si izo la bandera, si venzo a la competencia, si soy la más bonita, la más famosa. Soy feliz si puedo comer aceite de trufas, si el whisky es sello azul, si me pude asolear el rabo en una playa de Fiji. Pero sobre todo, soy feliz con la materia, con las cosas muertas.

Los resultados de esa supuesta felicidad son desafortunados: la lógica del crecimiento nos conduce a vivir en la carencia, la lógica de la competencia nos lleva a la alienación, la lógica del consumo nos conduce a la avidez y el egoísmo, y el materialismo nos desvía del alma y del sentido.

Tal vez lo más terrible de esa felicidad frustrante es que funciona como la zanahoria que le ponen al burro: siempre está adelante, en el futuro, inalcanzable. Una vez llega al presente, ya no es felicidad. Y por eso nuestro paso es siempre frenético. Y cada que llega un poco de felicidad genuina le decimos: no me molestes, estoy buscando la felicidad.

Lo que me parece paradójico es que cada tradición espiritual, y cada filosofía del arte de vivir, nos han dicho precisamente lo contrario sobre la felicidad: no se alcanza sumando sino retornando a lo esencial, no se logra compitiendo sino compartiendo, no se alcanza consumiendo sino entregándose, nunca está en las cosas, sino en el sentido del corazón y el alma, requiere de un paso lento y es ahora o nunca.

Es hora de abrir los ojos y preguntarnos nuevamente por el sentido de nuestra vida en esta tierra y por las condiciones de la felicidad. Pero no crea que va a encontrar las respuestas del sabio en el ingenio de los publicistas.
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